Renè Guenon – Algunas observaciones sobre la doctrina de los Ciclos Cósmicos

Queridos Lectores,

Rene-guenon-1925René Guénon nació en Blois en 1886. Dedicó sus primeros años al estudio de la filosofía y las matemáticas. En París, entró en contacto con varios grupos espiritualistas, y en 1912 se inició en el sufismo y se convirtió al islamismo, adquiriendo la nacionalidad egipcia en 1948. Publicó Oriente y Occidente en 1924, y La crisis del mundo moderno en 1927, dos de sus obras más importantes. Las áreas de estudio de Guénon abarcan desde la metafísica y el simbolismo hasta la crítica del mundo moderno y las ciencias tradicionales. Una constante en su obra es la recuperación de las doctrinas tradicionales, ignoradas o perdidas debido al auge de la filosofía moderna. En esta corriente se inscriben El reino de la cantidad y los signos de los tiempos y La gran tríada. Fue fundador de la Escuela Tradicionalista.

En esta ocasion, publicamos su articulo aparecido en inglés en el “Journal of the Indian Society of Oriental Art”, número de Junio-Diciembre de 1937, dedicado a A. K. Coomaraswamy con ocasión de su sesenta aniversario. Despues fueretomado en “Etudes Traditionnelles”, octubre de 1938.

El concepto de Yuga o Era Cósmica es tratado aqui desde la vision mas detallada y amplia, a la vez que con una sabiduria exponencial. Es una visión en la que hoy en día no es demasiada conocida, y varía en distintos elementos y características de la analogía moderna con la superposición de las Eras Cósmicas con el período de la Precesión de los Equinoccios astronómico.

Se nos ha pedido a veces, debido a las alusiones que hemos tenido que hacer aquí y allá a la doctrina hindú de los ciclos cósmicos y a sus equivalentes que se encuentran en otras tradiciones, si podríamos dar de ellas, si no _visd_0000JPG0CDDHuna exposición completa, por lo menos una visión de conjunto que fuera suficiente para despejar sus grandes lineas. A decir verdad, nos parece que esta es una tarea casi imposible, no solamente porque la cuestión es muy compleja en sí misma, sino sobre todo a causa de la extrema dificultad que hay para expresar estas cosas en una lengua europea y de manera que las haga inteligibles para la mentalidad occidental actual, que de ningún modo está habituada a este género de consideraciones. Todo lo que realmente puede hacerse, en nuestra opinión, es intentar aclarar algunos puntos mediante observaciones como las que van a seguir, y que no pueden en suma tener otra pretensión que la de aportar simples sugerencias sobre el sentido de la doctrina de que se trata, más bien que la de explicarla verdaderamente.

Hemos de considerar que un ciclo, en la acepción más general de este término, representa el proceso de desarrollo de un estado cualquiera de manifestación o, si se trata de ciclos menores, el de alguna de las modalidades más o menos restringidas y especializadas de ese estado. Además, en virtud de la ley de correspondencia que une a todas las cosas en la Existencia universal, hay siempre y necesariamente cierta analogía tanto entre los diferentes ciclos de un mismo orden, como entre los ciclos principales y sus divisiones secundarias. Esto permite emplear, al hablar de ellos, un sólo y mismo modo de expresión, aunque a menudo éste no deba entenderse sino simbólicamente, siendo la esencia misma de todo simbolismo precisamente el fundarse en las correspondencias y analogías que existen realmente en la naturaleza de las cosas. Queremos sobre todo aludir aquí a la forma “cronológica” (1) bajo la cual se presenta la doctrina de los ciclos: al representar el Kalpa el desarrollo total de un mundo, es decir, de un estado o grado de la Existencia universal, es evidente que no podrá hablarse literalmente de la duración de un Kalpa, evaluada según una medida de tiempo cualquiera, más que si se trata de aquel que se relaciona con el estado del que el tiempo es una de las condiciones determinantes, estado que constituye propiamente nuestro mundo. Para cualquier otro caso, esta consideración de la duración y de la sucesión que ella implica no podrá ya tener más que un valor puramente simbólico, y deberá transponerse analógicamente, al no ser entonces la sucesión temporal más que una imagen del encadenamiento, lógico y ontológico a la vez, de una serie “extra-temporal” de causas y efectos; pero, por otro lado, como el lenguaje humano no puede expresar directamente otras condiciones distintas a las de nuestro estado, un simbolismo así está por eso mismo suficientemente justificado y debe considerarse como perfectamente natural y normal.

No tenemos la intención de ocuparnos ahora de los ciclos más extensos, tales como los Kalpas; nos limitaremos a los que se desarrollan en el interior de nuestro Kalpa, es decir a los Manvantaras y sus subdivisiones. A este nivel, los ciclos tienen un carácter a la vez cósmico e histórico, pues conciernen más especialmente a la humanidad terrestre, aunque están al tiempo estrechamente vinculados con los acontecimientos que se producen en nuestro mundo fuera de ésta. No hay en ello algo que debiera sorprender, puesto que la consideración de la historia humana como aislada en cierto modo de todo el resto es exclusivamente moderna y claramente opuesta a lo que enseñan todas las tradiciones, que afirman al contrario, unánimemente, una correlación necesaria y constante entre los órdenes cósmico y humano.

Los Manvantaras, o eras de Manús sucesivos, son en número de catorce, formando dos series septenarias de las cuales la primera comprende los Manvantaras pasados y aquél en el que estamos actualmente, y la segunda rene_guenon_a_sa_table_de_travail_egyptelos Manvantaras futuros. Estas dos series, de las que una se refiere así al pasado, junto con el presente que es su resultante inmediata, y la otra al futuro, pueden ponerse en correspondencia con las de los siete Swargas y los siete Pâtâlas, que representan el conjunto de los estados respectivamente superiores e inferiores al estado humano, si se sitúa uno en el punto de vista de la jerarquía de los grados de la Existencia o de la manifestación universal, o anteriores y posteriores con relación a este mismo estado, si se sitúa uno en el punto de vista del encadenamiento causal de los ciclos, descrito simbólicamente, como siempre, bajo la analogía de una sucesión temporal. Este último punto de vista es evidentemente el que más importa aquí: permite ver, en el interior de nuestro Kalpa, como una imagen reducida de todo el conjunto de los ciclos de la manifestación universal, según la relación analógica que anteriormente hemos mencionado, y, en ese sentido, podría decirse que la sucesión de los Manvantaras marca en cierto modo un reflejo de los demás mundos en el nuestro. Puede también señalarse, para confirmar esta aproximación, que los dos términos Manú y Loka se emplean igualmente como designaciones simbólicas del número 14; hablar a este respecto de una simple “coincidencia” sería dar prueba de una completa ignorancia de las razones profundas que son inherentes a todo simbolismo tradicional.

También puede considerarse otra correspondencia con los Manvantaras, en lo que concierne a los siete Dwîpas o “regiones” en los que está dividido nuestro mundo. En efecto, aunque estos se representen, según el sentido mismo del término que los designa, como otras tantas islas o continentes repartidos de una determinada manera en el espacio, hay que guardarse bien de tomar esto literalmente al considerarlos simplemente como partes diferentes de la tierra actual. De hecho, “emergen” por turno y no simultáneamente, lo que equivale a decir que solo uno de ellos está manifestado en el dominio sensible durante el curso de un determinado período. Si este período es un Manvantara, habrá que concluir de ello que cada Dwîpa deberá aparecer dos veces en el Kalpa, es decir, una vez en cada una de las dos series septenarias de las que hemos hablado hace poco; y, de la relación entre estas dos series, que se corresponden en sentido inverso, como ocurre en todos los casos similares y en particular con las de los Swargas y los Pâtâlas, puede deducirse que el orden de aparición de los Dwîpas, en la segunda serie, deberá igualmente ser el inverso del que ha tenido lugar en la primera. En suma, se trata aquí más bien de estados diferentes del mundo terrestre, antes que de “regiones” propiamente hablando: el Jambu-Dwîpa representa en realidad a la tierra entera en su estado actual, y, si se dice de él que se extiende al sur del Mêru, o de la montaña “axial” alrededor de la cual se efectúan las revoluciones de nuestro mundo, es porque en efecto, al identificarse simbólicamente el Mêru con el polo Norte, toda la tierra está situada verdaderamente al sur con respecto a él. Para explicar esto más completamente, habría que poder desarrollar el simbolismo de las direcciones del espacio, según las cuales están repartidos los Dwîpas, así como las relaciones de correspondencia que existen entre este simbolismo espacial y el simbolismo temporal sobre el cual reposa toda la doctrina de los ciclos; pero, como no nos es posible entrar aquí en estas consideraciones que exigirían por sí solas todo un volumen, debemos contentarnos con estas indicaciones sumarias, que por otro lado podrán completar fácilmente por sí mismos todos aquéllos que tiene ya algún conocimiento de lo que se trata.

Esta manera de encarar los siete Dwîpas se encuentra también confirmada por los datos concordantes de otras tradiciones en las cuales se habla igualmente de las “siete tierras”, especialmente el esoterismo islámico y la Kábala hebrea: así, en esta última, estas “siete tierras”, aunque representadas exteriormente por otras tantas divisiones de la tierra de Canaán, se ponen en relación con los reinos de los “siete reyes de Edom”, quienes corresponden bastante manifiestamente a los siete Manús de la primera serie; y se hallan comprendidas todas en la “Tierra de los Vivientes”, que representa el desarrollo completo de nuestro mundo, considerado como realizado de modo permanente en su estado principial. Podemos observar aquí la coexistencia de dos puntos de vista: uno de sucesión, que se refiere a la manifestación en ella misma, y el otro de simultaneidad, que se refiere a su principio, o a lo que podría llamarse su “arquetipo”; y, en el fondo, la correspondencia de estos dos puntos de vista equivale de alguna manera a la del simbolismo temporal y el simbolismo espacial, a la que precisamente hemos hecho alusión hace un momento en lo que se refiere a los Dwîpas de la tradición hindú.

En el esoterismo islámico, quizá más explícitamente aún, las “siete tierras” aparecen como otras tantas tabaqât o “categorías” de la existencia terrestre, que coexisten y se interpenetran de alguna manera, pero de las que sólo una puede alcanzarse actualmente por los sentidos, mientras que las otras permanecen en estado latente y no pueden percibirse más que excepcionalmente y en ciertas. condiciones especiales; y, también aquí, están manifestadas exteriormente por turno, en los diversos períodos que se suceden en el curso de la duración total de este mundo. Por otra parte cada una de las “siete tierras” está regida por un Qutb o “Polo”, quien corresponde así muy claramente al Manú del período durante el cual su tierra está manifestada; y estos siete Aqtâb están subordinados al “Polo” supremo, como los diferentes Manús lo están al Adi-Manú o Manú primordial; pero además, en razón de la coexistencia de las “siete tierras”, ellos ejercen también sus funciones, bajo un cierto aspecto, de una manera permanente y simultánea. Apenas es necesario señalar que esta designación de “Polo” se relaciona estrechamente con el simbolismo “polar” del Mêru que hace poco hemos mencionado, teniendo además el mismo Mêru por exacto equivalente la montaña de Qâf en la tradición islámica. Añadamos también que los siete “Polos” terrestres son considerados como los reflejos de los siete “Polos” celestes, quienes presiden respectivamente en los siete cielos planetarios; y esto evoca naturalmente la correspondencia con los Swargas en la doctrina hindú, lo que acaba de mostrar la perfecta concordancia que existe en este tema entre ambas tradiciones.

Consideraremos ahora las divisiones de un Manvantara, es decir los Yugas, que son en número de cuatro; y señalaremos en rimar lugar, sin insistir en ello largamente, que esta división cuaternaria de un ciclo es susceptible de aplicaciones múltiples, y que se encuentra de hecho en muchos ciclos de orden más particular: pueden citarse como ejemplos las cuatro estaciones del año, las cuatro semanas del mes lunar, las cuatro edades de la vida humana; aquí también, hay correspondencia con un simbolismo espacial, relacionado en este caso principalmente con los cuatro puntos cardinales. Por otro lado, se ha subrayado a menudo la equivalencia manifiesta de los cuatro Yugas con las cuatro edades de oro, plata, bronce y hierro, tal como las conocía la antigüedad grecolatina: en una y otra parte igualmente, cada período está señalado por una degeneración con respecto al que le ha precedido; y esto, que se opone directamente a la idea de “progreso” tal como la conciben los modernos, se explica muy sencillamente por el hecho de que todo desarrollo cíclico, es decir en suma, todo proceso de manifestación, al implicar necesariamente un alejamiento gradual del principio, constituye realmente, en efecto, un “descenso”, lo que además es también el sentido real de la “caída” en la tradición judeo-cristiana.

De un Yuga al otro, la degeneración va acompañada de una disminución en la duración, que además se considera influye en la extensión de la vida humana, y lo que importa ante todo en ese sentido, es la relación que existe entre las duraciones respectivas de estos diferentes períodos. Si la duración total del Manvantara se representa por 10, la del Krita-Yuga o Satya-Yuga lo será por 4, la del Trêtâ-Yuga por 3, la del Dwâpara-Yuga por 2, y la del Kali-Yuga por 1; estos números son también los de los pies del toro simbólico del Dharma que se figuran como reposando sobre la tierra durante los mismos períodos. La división del Manvantara se efectúa pues según la fórmula 10 = 4 + 3 + 2 + 1, que es, en sentido inverso, la de la Tetraktys pitagórica: 1 + 2+ 3 + 4 = 10; esta última fórmula corresponde a lo que el lenguaje del hermetismo occidental llama la “circulatura del cuadrante”, y la otra al problema inverso de la “cuadratura del círculo”, que expresa precisamente la relación del fin del ciclo con su comienzo, es decir, la integración de su desarrollo total; hay en ello todo un simbolismo a la vez aritmético y geométrico, que no podemos más que señalar también al pasar para no apartarnos demasiado de nuestro tema principal.

250px-Guenon-authoEn cuanto a las cifras indicadas en diversos textos para la duración del Manvantara, y consecuentemente para la de los Yugas, debe comprenderse bien que de ninguna manera hay que considerarlas como constituyendo una “cronología” en el sentido ordinario de la palabra, queremos decir como expresando números de años que debieran tomarse al pie de la letra; por ello precisamente, ciertas variaciones aparentes en esos datos no implican en el fondo ninguna contradicción real. Lo que hay que considerar en esas cifras, de una manera general, es solamente el número 4.320, por la razón que vamos a explicar a continuación, y no los ceros más o menos numerosos de los que va seguido, y que pueden incluso estar destinados sobre todo a despistar a quienes quisieran entregarse a ciertos cálculos. Esta precaución puede parecer extraña a primera vista, pero sin embargo es fácil de explicar: si la duración real del Manvântara fuese conocida, y si además, su punto de partida estuviera determinado con exactitud, todo el mundo podría extraer sin dificultad de ello deducciones que permitirían prever ciertos acontecimientos futuros; ahora bien, ninguna tradición ortodoxa ha promovido nunca aquellas investigaciones por medio de las cuales puede el hombre llegar a conocer el porvenir en mayor o menor medida, al presentar ese conocimiento en la práctica muchos más inconvenientes que auténticas ventajas. Por ello el punto de partida y la duración del Manvantara, siempre han sido disimulados más o menos cuidadosamente, ya sea añadiendo o sustrayendo un determinado número de años a las fechas auténticas, o bien multiplicando o dividiendo las duraciones de los períodos cíclicos de manera que solamente se conserven sus proporciones exactas; y añadiremos que en ocasiones también el orden de ciertas correspondencias se ha invertido por motivos similares.

Si la duración del Manvantara es 4.320, las de los cuatro Yugas serán respectivamente 1.728, 1.296, 864 y 432; pero ¿por qué número habrá que multiplicarías para obtener en años la expresión de estas duraciones? Es fácil observar que todos los números cíclicos están en relación directa con la división geométrica del circulo: así, 4.320 = 360 x 12; no hay por otra parte nada arbitrario o puramente convencional en esta división, pues, por razones que proceden de la correspondencia que existe entre la aritmética y la geometría, es normal que ella se efectúe según múltiplos de 3, 9, 12, mientras que la división decimal es la que conviene propiamente a la línea recta. No obstante, esta observación, aunque verdaderamente fundamental, no permitiría llegar muy lejos en la determinación de los períodos cíclicos, si no se supiera además que la base principal de éstos, en el orden cósmico, es el período astronómico de la precesión de los equinoccios, cuya duración es de 25.920 años, de manera que el desplazamiento de los puntos equinocciales es de un grado en 72 años. Este número 72 es precisamente un submúltiplo de 4.320=72 x 60, y 4.320 es a su vez un submúltiplo de 25.920 = 4.320 x 6; el hecho de que para la precesión de los equinoccios nos volvamos a encontrar los números relacionados con la división del círculo es por lo demás otra prueba del carácter verdaderamente natural de esta última; pero la pregunta que se plantea es ahora ésta: ¿qué múltiplo o submúltiplo del período astronómico del que se trata corresponde realmente a la duración del Manvantara?

El período que más frecuentemente aparece en diferentes tradiciones, a decir verdad, es menos quizá el propio de la precesión de los equinoccios que su mitad: es ésta, en efecto, la que especialmente corresponde a lo que era el “gran año” de persas y griegos, evaluado a menudo por aproximación en 12.000 o 13.000 años, siendo su duración exacta 12.960 años. Dada la importancia tan particular que de ese modo se atribuye a este período, ha de presumirse que el Manvántara deberá de comprender un número entero de estos “grandes años”; pero entonces ¿cuál será ese número? A este respecto por lo menos, encontramos, en otro lugar distinto a la tradición hindú, una indicación precisa, y que parece lo bastante plausible como para poder aceptarse esta vez literalmente: entre los caldeos, la duración del reino de Xisuthros, quien es manifiestamente idéntico a Vaiwasvata, el Manú de la era actual, está fijada en 64.800 años, es decir exactamente en cinco “grandes años”. Observemos incidentalmente que el número 5, al ser el de los bhûtas o elementos del mundo sensible, debe tener necesariamente una importancia especial desde el punto de vista cosmológico, lo que tiende a confirmar la realidad de una evaluación así; quizá incluso habría lugar a considerar cierta correlación entre los cinco bhûtas y los cinco “grandes años” sucesivos de los que se trata, tanto más cuanto que, de hecho, se encuentra en las tradiciones antiguas de América Central una asociación expresa de los elementos con ciertos períodos cíclicos; pero esta es una cuestión que exigiría ser examinada más de cerca. Sea como fuere, si esa es en verdad la duración del Manvantara, y si se continúa tomando como base el número 4320, que es igual al tercio del “gran año”, es pues por 15 que este número deberá multiplicarse. Por otra parte, los cinco “grandes años” se repartirán naturalmente de modo desigual, pero según proporciones simples, en los cuatro Yugas: el Krita-Yuga contendrá 2, el Trêtâ Yuga 11/2, el Dwâpara-Yuga 1, y el Kali-Yuga 1/2; estos números son desde luego la mitad de los que teníamos precedentemente al representar por 10 la duración del Manvantara. Evaluadas en años ordinarios, estas mismas duraciones de los cuatro Yugas serán respectivamente de 25.920, 19.440, 12.960 y 6.480 años, formando el total de 64.800 años; y se reconocerá que estas cifras se mantienen por lo menos en unos límites perfectamente verosímiles, pudiendo muy bien corresponder a la antigüedad real de la presente humanidad terrestre.

Detendremos aquí estas pocas consideraciones, pues, por lo que se refiere al punto de partida de nuestro Manvantara, y, en consecuencia, al punto exacto de su curso en el que nos hallamos actualmente, no vamos a arriesgarnos a intentar determinarlos. Sabemos, por todos los datos tradicionales, que estamos desde hace ya largo tiempo en el Kali-Yuga; podemos decir, sin ningún temor a equivocarnos, que estamos incluso en una fase avanzada de este, fase cuyas descripciones según los Pûranas responden además, de la manera más sorprendente, a los caracteres de la época actual; pero ¿no sería imprudente querer precisar más?, y, por añadidura, ¿no llevaría ello inevitablemente a ese tipo de predicciones al que la doctrina tradicional ha opuesto, no sin graves razones, tantos obstaculos?

Rene Guenon

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Una respuesta a Renè Guenon – Algunas observaciones sobre la doctrina de los Ciclos Cósmicos

  1. Josep dijo:

    Interesante de verdad, en algunas cosas como soy un poco ignorante! pero indagare para entender lo que no se. Un saludo maestro de campo y buena labor en los proyectos.

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