Manuel Plana – Algunas observaciones sobre el simbolismo de los Equinoccios

Manuel Plana es director de la revista-blog Mundo Tradicional, en internet. Escribe artículos sobre simbología en relación a la Tradición Antigua, aquello que el mundo moderno occidental ha perdido desde hace tiempo, y que pronto esperemos que recupere.

Equinoccio significa literalmente: “noche o noches iguales”, ya que es en los equinoccios de primavera (Marzo) y de otoño (Septiembre), cuando la duración de los dias y las noches se igualan, quedando equilibrada la proporción entre luz y tinieblas. Como muchas otras derivaciones (ecuador, equidad, equilibrio, etc…) esta palabra proviene del latin aequus, cuyo sentido etimológico expresa la idea de lo igual, lo idéntico y también como veremos, de lo homogéneo, lo uniforme, lo liso, lo plano y lo horizontal.

Si en el ciclo anual los solsticios de verano e invierno marcan el eje vertical Norte-Sur, (relativamente vertical pues son determinaciones del mismo plano terrestre) los equinoccios marcan el horizontal Este-Oeste, marcando ambos la cruz o cuadratura del círculo anual. En efecto, estos puntos cardinales, al entrar en relación directa con las estaciones señalan la unidad indisoluble del tiempo y el espacio y en otro aspecto, como veremos, la del Cielo y la Tierra. En el día o ciclo diario, que es el microcosmos del año, estos mismos puntos señalan el amanecer y el atardecer, los que auguran el nacimiento y la muerte del sol en relación a la línea del horizonte (del griego horizón, de horizo: “yo delimito”), pues sale por el Este (Levante) y se pone por el Oeste (Poniente), línea que delimita así dos niveles de realidad diferentes, el cielo y la tierra; o también el cielo y el inframundo o mundo subterraneo, siendo el horizonte mismo el plano intermedio. Estos tres planos de la realidad natural los encontramos en todas las tradiciones simbolizando los tres niveles o “mundos” de la cosmogonía, respectivamente el espiritual, el anímico y el corporal terrestre. A veces el mismo esquema varía intercambiándose los niveles, cuando por ejemplo, es la atmósfera el mundo intermedio y la tierra el nivel más inferior, o cuando toda la manifestación cósmica es relativamente subterranea en relación al Principio (como la caverna de Platón y la cosmogonía de algunas tradiciones de centroamérica). Pero en todo caso, la idea de dos mundos opuestos y uno intermedio que los une y separa a la vez, es consustancial a la naturaleza misma de todo lo creado.

La horizontalidad designa lo terrestre marcando el “plano de reflexión” de lo celeste, señalado por los rayos rectos y verticales del Sol. Proverbialmente, la Tierra o el estado de manifestación que le corresponde, es el espejo del Cielo, como el devenir espacio-temporal es, según Platón, la “imagen movil de la eternidad”, es decir, de los estados “verticales” y simultáneos del Ser universal.  En el simbolismo astrológico, al Este y la primavera y al Oeste y el otoño, le corresponden respectivamente los signos zodiacales de Aries y Libra, que junto a Capricornio y Cancer son los llamados “cardinales”. Y efectivamente, para el sol, para el tiempo y para el espacio, estos puntos son realmente críticos, dado que en ellos se opera una transformación importante en la naturaleza de las cosas y en las cosas de la naturaleza. Y ya hemos visto que es en estos signos y en estas direcciones del espacio que el sol reitera perennemente el sacrificio mítico de su caída y elevación, de su muerte y resurrección anual y diaria.

Dentro del año la primavera (*) es estación de comienzo y renovación, como el amanecer y la mañana lo es del día. El signo de Aries, el carnero, regido por Marte, es también el impulso vital primero, el primer motor que mueve la rueda del ciclo y en él se exalta el Sol. El otoño, al contrario, es estación de madurez, muerte y transformación, lo cual se hace patente en el ciclo agrario del mundo vegetal y en los que rigen la fertilidad animal. Libra o la Balanza es el 7º signo astrológico marcando con Aries los puntos de unión entre entre el Cielo y la Tierra, es decir, del hemisferio superior e inferior del Zodiaco.

Libra es domicilio de Venus, diosa del amor y de la generación de las formas, iniciadora de los hombres a los secretos de la Naturaleza y el Cosmos (1). En la mitología grecorromana son famosos a este respecto, los amores de Venus y Marte, regente éste último de Aries (Afrodita y Ares, cuya relación es solar o a través del Sol, con el que también está relacionado Eros, el Amor), amores de cuya unión nace Harmonía, siendo la estabilidad y el equilibrio algunos de sus atributos relacionados precisamente con la linea equinoccial.

Siguiendo con el mismo signo de Libra, vemos que en él se “exalta” Saturno, regente de Capricornio (el signo del solsticio de invierno) y de Acuario, el cual se halla en cambio “caído” en Aries. En un trabajo anterior ( ) veíamos que Saturno es dios de la edad de Oro o primordial (también Ilamada “primaveral”) entre griegos, romanos e hindúes (el Satya-Yuga), como también veíamos en relación a él la importancia iniciática de su simbolismo junto al del Sol, con el cual se combina. Y que también rige el tiempo una vez asimilado a Cronos (2). Exaltar, aquí, es elevar, transponer a otro nivel, y se opera en sentido vertical, lo cual aplicado al tiempo exige una transposición análoga a un estado o categoría superior de sí mismo. Esto equivale de algún modo, a la transferencia de lo que supone un orden de realidad sucesivo a otro simultaneo (tiempo axial), lo cual entonces y en relación al movimiento temporal, supone una detención o “salida” del tiempo, (la reinversión o “enderezamiento de los polos”) y de las condiciones que éste impone al ser creado. Igualmente y con respecto al espacio, esto mismo supone la abolición de todo su caracter limitativo y material. El cielo de las estrellas fijas, la más cercana al “Motor inmovil”  y al Empíreo, coincide en la cosmología tradicional antigua con la simultaneidad de la realidad arquetípica y con su rigurosa actualidad, siendo el cielo de Saturno el más próximo a ella. En efecto, es el ciclo planetario más abierto, el tiempo más lento, más quieto y universal, abarcando por lo tanto todos los ciclos temporales menores, de los cuales responden en este cosmograma las demás órbitas planetarias. Sin duda, ésto podría relacionarse también con el sentido de la propia palabra “tarde” o atardecer, cuyo sentido etimológico significa precisamente detención o acción de lentificar: (de ahí: llegar tarde, retardar, etc…). En efecto, es cuando se “para el tiempo” o se lentifica a su mínima expresión -al armonizarse o equilibrarse sus tensiones- cuando aparece como simultaneo, su condición mas primordial, la de eterno presente. También en el amanecer y el crepúculo el tiempo parece detenerse creando un espacio distinto, como una fisura en la rueda del perpetuo retorno. Esa es la idea de un tiempo mítico-sagrado, el “no-tiempo” de una realidad primigenia cuya manifestación perenne y constante da origen al propio tiempo sucesivo, recreándolo como algo siempre actual. Lo mismo vale decir del espacio con el que forma un todo unitario sin solución de continuidad, aunque sin confusión. También la palabra solsticio significa “estar detenido”, siendo el de invierno el domicilio astrológico de Saturno como hemos visto.

Los equinoccios nos hablan en lenguaje astronómico del equilibrio que a traves de la horizontalidad (3) se establece entre las dos tendencias impulsoras principales del universo, una ascendente y otra descendente, (solar y lunar; diurna y nocturna), asimiladas al Yang y el Yin en la tradición china, las propias de los polos o vórtices verticales de los solsticios, (de Capricornio a Cancer y de Cancer a Capricornio) a partir de los cuales la marcha del astro solar se invierte (4). Iniciaticamente, este equilibrio horizontal se refiere a la primera parte de la obra, la rectificación a la que hace referencia el pasaje de Isaias que cita San Juan Bautista en su predicación (Lucas 3, IV): “Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos”. Es la preparación alquímica de un “plano de reflexión” apto para proyectarse la luz celeste, Sabiduría o Gnosis que encarna la propia doctrina esotérica y que se hace efectiva en el corazón o centro del ser una vez despojado de todas sus escorias. Es el Fanâ del sufismo, la extinción del mi que permite la proximidad y presencia del verdadero Sí universal. Esta primera parte de la Gran Obra produce, después de la rectificación, el desarrollo de las posibilidades del ser en el sentido de “amplitud”, para hacerlo después en el sentido vertical de la “exaltación” ; esta segunda fase se corresponde entonces con los solsticios y con el simbolismo de las Puertas que le es inherente.

Como su propio nombre indica, Septiembre, el mes de Libra, es el séptimo del año si contamos su comienzo en Marzo (equinoccio de primavera) como hacen muchas tradiciones, número el siete igualmente relacionado con el equilibrio -Balanza- y la estabilidad, con el centro, la perfección y el acabamiento, entre otras cosas. Aries, veíamos, es el primero del Zodíaco, la energía inicial, y algo que establece también una relación complementaria entre ambos signos equinocciales es el simbolismo numérico; reducido a su raíz factorial, el 7 es 1+2+3+4+5+6+7 = 28. 2+8=10. 10 = 1+ 0 = 1. Aunque ocurre lo mismo con los otros dos signos solsticiales, el 4: Cancer y el 10: Capricornio, 4 = l+2+3+4 = 10. 10 = l+0 = 1, lo cual revela precisamente su condición de “cardinales”, es decir, de aspectos o manifestaciones principales de la Unidad o “Motor Inmovil”, palabra que procede del latín cardo: gozne, pernio, bisagra, y cuyas implicaciones simbólicas solo podemos señalar de paso. En otro aspecto del mismo simbolismo, este papel lo cumplen los cuatro signos llamados “fijos”, Tauro, Leo, Escorpio y Acuario, encarnados en el cristianismo por los cuatro evangelistas, resp. Lucas, Marcos, Juan y Mateo, y cuyos respectivos evangelios representan las cuatro expresiones principales del mismo Verbo eterno.

Sin embargo, el aspecto quizá más destacado del signo otoñal de Libra es el relacionado con la Thule hiperbórea de los griegos, sede de la Tradición y la Humanidad Primordiales, palabra que significa precisamente Balanza y que en las diferentes tradiciones indoeuropeas y precolombinas guarda el mismo sentido y raíz -la Aztlan de Toltecas, Mayas y Aztecas- y que antiguamente designaba entre los chinos la constelación de la Osa Mayor, incluida posteriornente al mandala zodiacal (5), lo cual encierra todo un complejo simbolismo relacionado con la constitución de ciertas formas tradicionales en diferentes periodos cíclicos, simbolismo el de los ciclos directamente relacionado en la gran mayoría de tradiciones con la precesión de los equinoccios, estando en la base del cálculo de las grandes eras (ver nota 5), simbolismo también vinculado con las direcciones del espacio, en tanto representa la transferencia de un orden polar a otro solar, lo que marca un cambio cualitativo del ciclo. En efecto, la vertical de los solsticios es relativa y como un reflejo de la auténtica, ya que se refiere al mismo plano terrestre o de la eclíptica; la verdadera es la que forna el eje del Zenit y el Nadir celeste, situándose la Estrella Polar en el primero y la Cruz del Sur en el segundo. Quizá este hecho explicaría también la condición de “caído” que astrologicamente el Sol (el Apolo hiperboreo de los griegos) tiene en este signo, como también la exaltación de Saturno, regente de Capricornio y de la Edad de Oro, signo que se ubica en el Norte del año, como también el Paraíso terrestre. Tampoco es casualidad que Jesús nazca en el solsticio de invierno bajo este último signo zodiacal, y muera y resucite en Pascua, el equinoccio de primavera y el signo de Aries, y ya se sabe que en la tradición hebrea el Paraíso se ubica en el Este, en Oriente.

En la Cábala y el cristianismo uno de los atributos principales, junto a la espada, del Príncipe de los ángeles, San Miguel, es la balanza, símbolo por excelencia del equilibrio (o paz) y la justicia o equidad, aspectos que sintetiza en sí el Eje del Mundo. Es San Miguel el encargado de la Psicoestasis o pesaje de las almas, como lo fuera Anubis entre los egipcios, pesaje, juicio o discernimiento por el que son glorificadas o condenadas, es decir, ascienden o descienden por entre los múltiples estados del ser. San Miguel se celebraba antiguamente el 27 de Septiembre, en el equinoccio de otoño, momento de la muerte anual del Sol y comienzo de su viaje por el inframundo. Es así que San Miguel posee igualmente un papel psicopompo, guía de las almas e iniciador a los misterios del más allá.

El eje de los equinoccios Aries-Libra es el que marca el Oriente y el Occidente, viniendo de ahí también, de Oriente, la palabra orientarse, siendo el punto por donde nace el Sol la referencia espacial por excelencia, pues es la luz la que crea y configura el espacio. De más esta decir la importancia simbólica de este punto cardinal en todas las tradiciones, formas y ritos iniciaticos. Es interesante observar que en la logia masónica, como en el templo cristiano medieval, el eje equinoccial oriente-occidente asume el de coordenada principal, del mismo modo que el cenit y el nadir con el que aquel se cruza en el punto geométrico del altar. En el caso de Occidente, tampoco es casualidad que muchos nombres que designan en diferentes lenguas la tarde y el otoño designen pueblos y tradiciones de proveniencia occidental, como los hebreos, de la raíz eber, poniente; o también paises de esta región como España, la antigua Iberia (6). Directamente relacionado con ésto está también el sentido direccional de las diferentes formas de escritura tradicionales, ya sea de derecha a izquierda las orientales y a la inversa las occidentales.

Como se sabe, en la antiguedad grecorromana la estación otoñal estaba dedicada a Dionisos-Baco, dios del vino, la vid y la vendimia, sacerdote del Soma o licor de inmortalidad y de la embriaguez divina producida por el Conocimiento de los Misterios, tradición a la cual se refiere igualmente el sacrificio de Cristo en Pascua de primavera o “florida” y el misterio que el vino encierra en la eucaristía, en cuanto substituto de su sangre, símbolos de la Gnosis y la inmortalidad. (También en hebreo la palabra que designa el vino: iain, significa conocimiento al mismo tiempo, siendo Noé en este caso, el sacerdote del Soma y el padre de los tres principales linajes humanos (postdiluvianos). Como Cristo, Dionisos detenta la clave del misterio sacrificial y se lo describe coronado con pámpanos de vid y también muchas veces con una balanza en la mano y con un cuerno de la Abundancia en la otra (el cuerno de la cabra Amaltea que amamantó a Hércules), símbolos de equilibrio, justicia y fecundidad espiritual. Un mismo carácter “sacrificial” preside, en efecto, la función espiritual de Cristo, Dionisos y San Miguel, sacerdotes y holocaustos a la vez del rito cósmico, situándose dentro del calendario sagrado en idénticas fechas.

El ciclo del Sol en su recorrido anual y diario, inspira la estructura simbólica de los principales mitos y ritos cosmogónicos, directamente relacionados con la iniciación a los Pequeños Misterios y a sus diferentes grados y etapas; de ahí el símil directo entre el iniciado, el héroe mítico y el Sol. Y también entre la iniciación y el “segundo nacimiento” o renacimiento que se produce en el mundo espiritual tras superarse una serie de muertes y pruebas.

Toda forma de iniciación implica siempre una muerte (al estado profano) y un “descenso a los infiernos” (recapitulación de los estados anteriores), lo propio del Sol en el otoño y la tarde. Precisamente, en la tradición hebrea la obra de la creación empieza en otoño y viceversa, los Maestros Herméticos aconsejan iniciar la Obra “cuando el Sol entra en el signo del Carnero” (Aries); en todo caso, a toda muerte le sigue un nacimiento simultaneo, operaciones incluidas en el sentido igualmente sacrificial de ambos signos, como también en el carácter solar del Agnus Dei (el Agni védico) y de Dionisos y San Miguel. Éste último es “el angel de occidente”, como San Gabriel lo es de oriente, y no solo es juez y psicopompo, sino también “guardian del umbral” y patrón de las iniciaciones, el que guia en el viaje póstumo y/o iniciatico. El nombre hebreo Miguel significa: ¿Quien como Dios?, pregunta que parece fornular la propia muerte a todo ser manifestado en el momento de su transfornación.

El dia de los difuntos, la versión cristiana del culto arcaico de los ancestros, se celebra en estas fechas otoñales. Los verdaderos ancestros encarnan, en el contexto sagrado e iniciatico, a la propia Tradición, considerándose como espiritualmente vivos y presentes en ella; son aquellos que moran en el Oriente eterno, y nunca dejan de invocarse en las Cadenas de Unión masónicas.

Manuel Plana

*.- Etimologicamente la palabra primavera proviene del latin ver, veris, liter: primavera, que con el prefijo prima significa: “al principio del estio”. También la palabra verano procede de la misma raíz latina, por lo que su sentido es el mismo, entendiéndose como “tiempo primaveral” o la época – de estío – que comienza en estas fechas.

1.- Las antiguas tradiciones occidentales veían en Venus-Afrodita una doble o triple faz, como es el caso de otros númenes del Panteón; ya fuera Venus Urania (celeste) y Pandemia (terrestre), ya en su hipóstasis de las Tres Gracias: Cástitas, Voluptas y Pulcritudo, asimiladas también al poder espiritual de dar, aceptar y devolver según los Filósofos Herméticos del Renacimiento. La escolástica medieval también distinguía dos aspectos opuestos-complementarios de la misma Naturaleza: Natura Naturans y Natura Naturata, activa y creadora la primera y pasiva y plástica la segunda.

2.- Cronos-Saturno, dios de la Edad de Oro entre los grecorromanos e hindúes, rige los ciclos y rítmos cósmicos más lentos y universales, como es el caso mismo de la órbita del planeta que Ileva su nombre, pero también es responsable del poder anquilosante, compresivo y limitador del tiempo (Saturno devora a sus hijos), especialmente cuanto más se acelera, como es el caso al final de un ciclo (la asimilación del Saturno primordial al tiempo cronológico es historicamente posterior), haciéndose extensiva esa influencia a las energías individuales mas densas, pesadas, solidificadas y constrictivas, ligadas al Plomo alquímico. Ese mismo poder anquilosante lo encarna Set-Tifón, el espiritu de la contrainiciación entre egipcios y griegos, y también la única mortal de las tres Górgonas, Medusa, capaz de convertir en piedra al que la mira directamente. Ver René Guénon (Aperçus sur I’Esoterisme chrétien. Editions traditionnelles. Paris 1980. C.IV. Pg.48). También: El simbolismo de los cuernos, en Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada.

3.- Además de la escuadra, en el simbolismo masónico, el nivel, simbolo de la rectitud u horizontalidad, es uno de los instrumentos relacionados con la tierra y la “rectificación”. También en la Alquimia el símbolo de la Sal es un círculo con el diámetro horizontal destacado. Junto al Azufre y el Mercurio, la Sal conforma el ternario de los principios herméticos referidos respectivamente al Espíritu, el Alma y el Cuerpo, siendo aquí la Sal o el Cuerpo el resultado, equilibrio o cristalización de la mutua acción combinada de aquellos.

4.- Como decíamos, en el cuaternario la dualidad vertical cósmica se estabiliza al bi-polarizarse, creando un plano entre ambas fuerzas donde las polaridades dejan de oponerse para equilibrarse. Los tres Gunas o tendencias universales de Prakriti (Substancia y Naturaleza primordial) en el hinduismo, expresan igualmente esta idea, la de un equilibrio expansivo y horizontal (Rajas) que se produce entre una energía ascendente (Satwa) y otra descendente (Tamas). En el simbolismo geométrico lo propio de la verticalidad es el equilibrio, atributo de todo lo espiritual y celeste, que aquí vemos rebatido en lo horizontal como firmeza y estabilidad, las propias también del Centro o punto que marca la intersección de las dos coordenadas. La tierra toma aqui un sentido superior, (la Sal o Tierra Pura), asumiendo atributos espirituales relacionados con la permanencia, la sede, la residencia o la presencia de un Principio. Ver también René Guénon. El simbolismo de la cruz. Ed. Obelisco. Barcelona.

5.- Ver René Guénon. Formas tradicionales y ciclos cósmicos. Obelisco. Barcelona 1984.

6.- Ibid, pg 40.

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