Gaston Georgel – Definición tradicional del movimiento de la historia

Georgel - 1924Gaston Georgel fue un autor e historiador francés nacido en 1899. Su libro L’Ere future et le mouvement de le historie, de 1956, sobre el movimiento de la historia y sobre los ciclos, es un trabajo de referencia histórica.

 

Conceptos antiguos sobre el desarrollo de la Historia

ere_future.pngLa Antigüedad no se figuraba el Tiempo bajo el aspecto “de una duración monótona, constituida por la sucesión, según un movimiento uniforme, de momentos cualitativamente parecidos”. Al contrario, el tiempo les parecía más bien “un conjunto de eras, de estaciones y de épocas”.

Esta observación hecha por Marcel Granet a propósito del Pensamiento chino, vale igualmente para las tradiciones mediterráneas, inclusive la judía, en las cuales las eras y estaciones se convierten en los “Grandes Años” y las “Edades” de los poetas greco-latinos, o bien en los periodos jubilares de la Biblia.

En resumen, la Antigüedad admitía la existencia de un cierto orden de la duración temporal, que incluso constituía el objeto de una importante ciencia tradicional denominada doctrina de los ciclos cósmicos.

Según René Guénon, que ha sido el primero en exponer sus principios, esta doctrina puede resumirse así:

Por analogía con el destino del hombre individual, o bien a partir de ciertos principios metafísicos, la Antigüedad dividía la vida de una Humanidad, por una parte en periodos cíclicos de igual duración (ciclos polares, Grandes Años, etc.) y, por otra parte, en Edades de duraciones progresivamente decrecientes.1

Después, y siempre en virtud de la ley universal de analogía, los ciclos primarios precedentes (Edades o Grandes Años), podían dividirse o subdividirse a su vez en periodos o fases secundarias cada vez más cortas. Inversamente, la Biblia menciona las “semanas de años”, que luego agrupa en “semanas de semanas de años”, lo cual añadiendo el año jubilar terminal, desembocaba en el ciclo de cincuenta años, y a partir de ahí, doblado, en el siglo.

La duración teórica del Gran Año, es decir del periodo cósmico que los autores greco-latinos citaban más a menudo, sería según René Guénon de 12.960 años2 (13.000 años en números redondos), y se añade que la historia global de nuestra Humanidad debe constar en total de cinco Grandes Años, es decir 64.800 años. Además esta misma duración podría dividirse igualmente ya sea en tres ciclos polares (o tal vez glaciares), de 21.600 años cada uno, ya sea en cuatro Edades de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro, de duraciones cada vez más breves.

Notemos de pasada que ciertas divisiones cíclicas procedentes del Gran Año (y especialmente del Año cósmico de 2.160 años) parecen provocar en la historia repeticiones de acontecimientos, o más bien, analogías de situaciones históricas extremadamente curiosas, lo que ha hecho decir al R. P. Victor Poucel: “El paralelismo de los ciclos de la vida terrestre y de los ciclos superiores de las esferas sugiere al pensamiento que el individuo no sólo reproduce a aquéllos que sigue inmediatamente, es decir los padres, sino que vuelve a traer de distancias regladas cósmicamente ciertos elementos ancestrales que se manifestarán por él”.3

La significación metafísica de los diferentes periodos cíclicos está basada generalmente en las propiedades cualitativas de los números: tres, cuatro, cinco, seis, siete, diez, cuarenta, cincuenta, etc. Es así que el R. P. Victor Poucel, en su estudio sobre la morfología del cuerpo humano, ve en el ternario como un reflejo de la Trinidad. Igualmente podemos poner en relación los tres ciclos polares de nuestra Humanidad con las tres funciones, profética, sacerdotal y real, del principio cósmico llamado el “Rey del Mundo”. El número 4 se encuentra en las 4 fases de la luna y las 4 estaciones del año; de ahí por analogía las 4 edades de la vida humana y las 4 fases del Movimiento de la Historia. La sucesión de los 5 Grandes Años corresponde, a su vez, ya sea a la sucesión geográfica del Polo y los cuatro Orientes, ya sea correlativamente a una raza humana primordial y las cuatro razas clásicas (amarilla, negra, roja y blanca). Cada Gran Año corresponde así a la manifestación, es decir al periodo de expansión o apertura de una raza, y en consecuencia de un temperamento humano determinado.

En cuanto al septenario, ya lo encontramos en la sucesión de los siete días de la semana, la cual sabemos que constituye pura y simplemente una enumeración astrológica (Sol, Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno). En otros casos encontramos una serie de siete periodos cíclicos, seguido de una segunda serie simétrica de la primera, como el ciclo bíblico bien conocido de los siete años de abundancia (o de las vacas gordas), seguidos de los siete años de escasez (o de vacas flacas).

Metafísicamente podríamos decir que la primera serie (o de las siete vacas gordas) simboliza una fase de desarrollo o de crecimiento, y la segunda serie (de las siete vacas flacas), la fase siguiente de involución y de declive; tal era el caso del ciclo simétrico de 154 años estudiado a propósito de los Ritmos en la Historia, y tal es igualmente el caso para el ciclo crístico de 2.000 años aproximadamente que será examinado en el curso del presente estudio.

La división del Manvántara, o ciclo de una Humanidad en cuatro Edades de duraciones decrecientes procedía de otro punto de vista que podríamos llamar “descendente”, ya que se trata, de hecho, de lo que la Biblia denomina la “Caída”. La progresión decreciente de las duraciones simbolizaría así la degradación de la naturaleza a lo largo de la historia (por analogía con las cuatro estaciones del año), o la aceleración creciente de la “Caída” desde la Edad de Oro original hasta la Edad Negra final. Según Platón, efectivamente, el mundo “salido de las manos de su autor gozó primero las ventajas de una obra nueva, cuyo movimiento y fuerzas no han sido todavía alterados por nada, pero que con el tiempo se altera y se usa, y que sería destruída para siempre si el gran demiurgo, sensible a sus desgracias, no cuidara de repararla y devolverle su última perfección.”

Esta concepción platónica del sentido de la Historia, que supone una caída continua, una regresión de la sociedad desde el origen hasta el fin del ciclo, se encuentra igualmente, y bajo una forma muy explícita, en una antigua tradición árabe citada por René Guénon:

“En los tiempos más antiguos, los hombres solamente se distinguían por el conocimiento; luego se tomó en consideración el nacimiento y el parentesco; más tarde hasta la riqueza vino a considerarse como una marca de superioridad; por fin, en los últimos tiempos, no se juzga a los hombres más que por las apariencias exteriores.”

Como estos son los puntos de vista respectivos de las diferentes castas, podemos concluir el predominio de la casta sacerdotal de los clérigos sabios (los que saben) durante los tiempos más antiguos (la Edad de Oro), después de la nobleza hereditaria durante la Edad de Plata siguiente, luego de la clase de los mercaderes durante la Edad de Bronce, y del pueblo, al fin, durante la última Edad o Edad de Hierro. De esta forma encontramos, contemplado según el sentido descendente o regresivo tradicional, el proceso histórico de la sucesión de las cuatro castas sociales en la escena política, es decir, hablando en términos actuales, el proceso mismo del “Movimiento de la Historia”, que se encuentra así claramente definido, y que inmediatamente vemos que se identifica, en el fondo, con la antigua doctrina tradicional relativa a las cuatro Edades de la Humanidad.

No obstante, se puede plantear aquí una objeción puesto que, según ciertas concepciones recientes, el Movimiento de la Historia desembocaría no en un “descenso”, una “regresión”, sino al contrario en una ascensión: la “promoción obrera”. Ahora bien, no es difícil de demostrar que tal punto de vista resulta en realidad de una ilusión óptica análoga a aquella del observador que, desde lo alto de un embalse, viese el agua deslizarse rápidamente río abajo. Mirando así en el sentido del avance de la onda, al cabo de algunos instantes la cresta del embalse parece desplazarse río arriba, en sentido inverso a la corriente. Es una ilusión, evidentemente, que se disipa muy deprisa cuando el paseante dirige su mirada hacia las orillas inmóviles o, volviéndose, levanta los ojos río arriba; pero es una ilusión lógica sin embargo, ya que expresa la relatividad del movimiento para cualquiera que no se refiera a señales fijas. En el dominio de las apariencias, mirar el agua que fluye río abajo desde un embalse equivale -relativamente- a desplazarse río arriba.

Igualmente, para el historiador progresista obstinadamente orientado hacia el futuro y cuya mirada está clavada en la “Corriente de la Historia”, las clases populares parecen “ascender”. Pero la ilusión es fácil de disipar cuando se trata, también aquí, de un movimiento relativo. En realidad no es el pueblo que “asciende”, sino la burguesía que “desciende” y tiende a confundirse con el proletariado, a diluirse en él. No obstante, tal ilusión óptica provocada por un punto de vista demasiado estrecho y demasiado exclusivo no impide al “Movimiento de la Historia” existir y expresar un orden de hechos muy real, que merece ser observado y estudiado seriamente.

Esto es lo que vamos a hacer ahora, empezando por el estudio, al menos sumario, de las tradiciones antiguas, paganas y judeo-cristianas, que se refieren a esta importante cuestión.

Las cuatro etapas del Movimiento de la Historia en las Tradiciones antiguas

Lo que hoy en día llamamos “Movimiento de la Historia” ya era conocido por la Antigüedad, pero con otra forma y otro nombre. Siendo así, parece útil examinar como el proceso conjunto del descenso cíclico fue considerado por las principales tradiciones de la Antigüedad clásica, tanto de Oriente como de Occidente.

Consultemos, para empezar, la venerable tradición hindú:

En los textos sagrados de la India, las cuatro edades sucesivas son designadas respectivamente por los términos de: Krita-Yuga, para la edad de oro; Treta-Yuga, para la edad de plata; Dwapara-Yuga, para la edad de bronce y Kali-Yuga para la edad de hierro; los tres primeros términos están en relación etimológica con los números: cuatro (para Krita), tres (para Treta) y dos (para Dwapara), mientras que el último término “Kali”, significa sombrío, oscuro, de aquí la traducción: Kali-Yuga = Edad sombría. La razón de las denominaciones de las tres primeras edades está expuesto en el siguiente pasaje de Dupuis:

“Esta misma degradación de la felicidad y de la virtud del hombre durante el gran periodo dividido en cuatro edades, ha sido designado por los hindúes mediante otro símbolo. Representan la virtud bajo el emblema de una Vaca que se sostenía sobre sus cuatro patas durante la primera edad, sobre tres en la segunda, sobre dos en la tercera, y que hoy, en la cuarta, no se sostiene más que sobre una pata. Estas cuatro patas eran la verdad, la penitencia, la caridad y la limosna. Pierde una de sus patas al final de cada edad, hasta que al final, después de haber perdido la última, las recobra todas y comienza de nuevo el círculo que ya ha recorrido.”4

A la idea de degradación moral retenida únicamente por Dupuis debe añadirse igualmente la idea complementaria de un desequilibrio progresivo que parte de la estabilidad perfecta original simbolizada por la vaca plantada sólidamente sobre sus cuatro patas, para desembocar, sucesivamente, en la inestabilidad catastrófica del animal en equilibrio sobre una sola pata. La importancia de esta observación no podría estar aquí más subrayada, en razón de la concordancia visible, con los hechos de la idea de desequilibrio progresivo sugerido por el precedente simbolismo.

Efectivamente, todo el mundo está de acuerdo en constatar que la evolución de la humanidad, primero muy lentamente durante los numerosos milenios del paleolítico, ha comenzado a progresar poco a poco a partir del neolítico para acelerarse cada vez más desde la edad de bronce hasta alcanzar el aspecto de cataclismo de la época actual -evidentemente utilizamos la palabra cataclismo en el sentido propio del término, puesto que en el punto en que nos encontramos, el hombre ya no es dueño de las espantosas fuerzas de destrucción que ha desencadenado, de tal manera que una catástrofe final es inevitable.

En otro sentido que parece haber sido observado por los autores de la Evolución Regresiva, la Caída provoca, a partir de un estado primordial esencialmente fluido, lo que René Guénon ha denominado el proceso de “solidificación” creciente, o también de esclerosis y endurecimiento progresivo de la sociedad humana en el curso de las tres últimas Edades de su historia. Esto permitiría simbolizar la fluidez característica de la Edad de Oro (o Krita Yuga) mediante las olas móviles de un río en primavera, después del deshielo, mientras que la “solidez” de la última etapa se figuraría mediante la corteza de hielo que cubre el río tras los grandes fríos de invierno; solidez por otra parte precaria y equívoca, como la del hielo a punto de derretirse.

Esta idea de una “solidificación” progresiva también se sugiere en el siguiente texto, en donde se dice que “Kali está acostado, Dwapara es lento en sus movimientos, Trêta permanece en su lugar, fijo, de pie, y Krita viaja y erra”5 lo que significa evidentemente que si la edad Krita (o edad de oro) es la de la movilidad, o si se prefiere de la ausencia total de limitaciones o de coacciones, la edad Kali es al contrario la de la rigidez, es decir de la coacción, o para emplear un término moderno, de la “dictadura totalitaria”.6

Por otro lado, ciertos textos tradicionales aportan indicaciones preciosas, concernientes a las relaciones entre las duraciones de las cuatro Edades sucesivas. Según Dupuis en efecto: “Los hindúes suponen que su gran periodo es de 4.320.000 años, y que se divide en cuatro periodos o edades, de las que tres ya han transcurrido.

La primera, dicen, ha durado 1.728.000 años
La segunda 1.296.000 años
La tercera 864.000 años
La cuarta durará 432.000 años

“Vemos que estas cuatro cifras son absolutamente las mismas que las que hemos encontrado estableciendo una progresión de cuatro términos, que sigue la de los números naturales, 1, 2, 3, 4 y cuyo primer término o el elemento generador fue el periodo caldeo o el año de restitución, 432.000 años.

“El abad Mignot informa según el Ezour-Vedam de una tradición india que da otra duración a cada una de estas edades. La primera dura 4.000 años, la segunda 3.000, la tercera 2.000 y la última solamente 1.000 años. A pesar de la prodigiosa diferencia que reina entre las dos tradiciones, observamos siempre la misma progresión decreciente.”

Las anteriores citas ya proporcionan unas precisiones útiles en lo que concierne a la progresión decreciente de las duraciones, como la de los cuatro números de la Tetraktys pitagórica, 4, 3, 2 y 1 cuyo total vale 10. Por contra, respecto a las cifras propuestas para las mismas duraciones, se impone una reserva, ya que según René Guénon:

“Lo que cabe considerar en estas cifras, de una manera general, es solamente el número 4.320., y en absoluto la mayor o menor cantidad de ceros que le siguen.”

Este número 4.320, o más bien 432, pertenece en efecto a la serie de números cíclicos fundamentales y, de hecho, lo encontramos en la base de un cierto número de periodos cíclicos, principales o secundarios, como podremos constatar efectivamente.

Después de los textos indo-iranios, he aquí ahora la tradición greco-romana que, en razón de su carácter social y religioso, insiste sobre todo en las consecuencias materiales y morales de la degradación cíclica o “envejecimiento” de la humanidad en el transcurso de su historia. Según Hesíodo:

“De oro fue la primera raza de hombres perecederos que crearon los Inmortales, habitantes del Olimpo. Era cuando todavía reinaba Cronos en el cielo.

“A continuación, una raza de hombres muy inferior, una raza de plata, fue creada más tarde por los habitantes del Olimpo. Y Zeus, padre de los dioses, creó una tercera raza de hombres perecederos, raza de bronce, muy diferente de la raza de plata, terrible y poderosa. Y cuando el suelo hubo cubierto de nuevo esta raza, Zeus, hijo de Cronos, creó todavía una cuarta sobre la gleba alimenticia, más justa y más valiente, raza divina de héroes que llamamos semi-dioses y cuya generación nos ha precedido sobre la tierra sin límites. y plazca al cielo que yo no tuviese que vivir en medio de los de la quinta raza, y que yo hubiese muerto más pronto o nacido más tarde. Ya que es ahora la raza de hierro.”7

Es sorprendente constatar que el poeta griego describe aquí cinco razas en lugar de las cuatro que solamente menciona la tradición hindú; pero, si nos atenemos al simbolismo de los metales, es muy evidente que hay que eliminar la raza de los héroes integrándola en la raza de hierro de la cual constituye en realidad la rama primitiva (o si se prefiere la primera fase). Lo que es extremadamente curioso, de cualquier forma, es que también el Génesis hace una pequeña alusión a esta raza enigmática de héroes, que sin embargo ya no figura en la tradición latina, como podemos juzgar según los pasajes siguientes de Ovidio y de Virgilio:

“La edad de oro nació primero. (bajo el reino de Saturno). Sin embargo Saturno es precipitado al tenebroso Tártaro, y el imperio del mundo pasa a manos de Júpiter: desde entonces empieza la edad de plata, menos pura que la edad de oro.

“A estas dos edades les sucede la edad de bronce: el hombre es más feroz y está más dispuesto a tomar las armas que siembran el terror: no obstante se abstiene del crimen; la última edad es la edad de hierro.

“Al instante, todos los crímenes salen a la luz, en este siglo del más vil metal.”8

La gradación descendente de las cuatro edades está aquí bien indicada, sobre todo si tenemos en cuenta la definición que Virgilio da de la edad de oro:

“Llamamos edad de oro los siglos durante los que Saturno fue rey: gobernaba los pueblos en la tranquilidad y en la paz. La tierra producía por ella misma con tanta liberalidad que nadie la solicitaba.”

Vistas estas definiciones, sería interesante compararlas con las que nos proporciona la tradición hindú:

“Cuando el órgano interno, la inteligencia y los sentidos participan sobre todo de la Bondad (Sattwa = tendencia ascendente, luminosa), entonces reconocemos la edad Krita, durante la cual nos complacemos en la ciencia y la austeridad.

“Cuando los seres se dedican al deber, al interés, al placer, entonces es la edad Trêta, en la que domina la Pasión (Rajas = tendencia expansiva).

“Cuando reinan la concupiscencia, la inestabilidad, el orgullo, la impostura, la envidia, en medio de obras interesadas, entonces es la edad Dwapara, en la que dominan la pasión (Rajas) y la oscuridad (Tamas = tendencia descendente, tenebrosa).

“Cuando reinan el engaño, la mentira, la inercia, el sueño, la maleficencia, la consternación, la pesadumbre, el desorden, el miedo, la tristeza, se llama edad Kâli, que es exclusivamente tenebrosa” (tendencia descendente, “Tamas” exclusivamente).9

Notemos aquí que la tendencia ascendente o “Sattwa” que predomina en la edad Krita se simboliza por la luz del conocimiento, o luz espiritual; evidentemente se deduce la identificación de la edad de oro de los greco-romanos con la Krita-Yuga de los hindúes, los que la denominan además Satya-Yuga o edad de la verdad.

Por comparación, la edad de plata no será más que el reflejo de la edad de oro, de la misma manera que la luz blanca de la luna no es más que el reflejo de los rayos dorados del sol. Además sabemos que la plata corresponde también a la casta noble cuya tendencia dominante es “Rajas”, la Pasión.10

En cuanto a la correspondencia entre las cuatro castas y los cuatro metales, particularmente significativa desde el punto de vista social, se encuentra con todas sus letras en Platón: “Vosotros que formáis parte de la ciudad, sois todos hermanos., pero el dios que os ha formado ha mezclado oro en la composición de aquellos de vosotros (los sabios) que son capaces de mandar; también son los más preciosos; ha mezclado plata en la composición de los guardianes (los guerreros); hierro y bronce en la de los labradores y otros artesanos.”11

Incluso la fragilidad de las tiranías de la Edad de Hierro, simbolizada en la Biblia por los pies de barro de la estatua de Daniel, está expresamente anunciada por el gran filósofo griego: “El Estado perecerá cuando sea guardado por el hierro o por el bronce.”

Así se verifica el perfecto acuerdo de las diferentes tradiciones en cuanto a la doctrina de las cuatro edades (por tanto del Movimiento de la Historia), al menos en lo concerniente a la denominación, el sentido y la sucesión de las cuatro Edades tradicionales. Queda por verificar ahora si lo mismo ocurre en el caso de la tradición judeo-cristiana, tanto desde el punto de vista del simbolismo como de las proporciones entre las duraciones de las cuatro fases sucesivas del Movimiento de la Historia.

El simbolismo del Coloso con los Pies de Barro

La teología cristiana moderna parece ignorar totalmente la doctrina de los ciclos, y más particularmente, la teoría relativa a la sucesión de las cuatro Edades de la Humanidad, teoría que sin embargo se encuentra en la mayor parte de los autores greco-latinos desde Hesíodo y Platón hasta Virgilio y Ovidio. La Biblia también encierra, velados bajo el simbolismo del Coloso con los pies de barro, la mayor parte de las enseñanzas que las otras tradiciones nos brindan abiertamente.

Es lo que vamos a constatar ahora, a propósito del texto que sigue de Daniel12:

“Tú, ¡oh rey!, mirabas y estabas viendo una gran estatua. Era muy grande la estatua y de un brillo extraordinario; estaba en pie ante ti, y su aspecto era terrible. La cabeza de la estatua era de oro puro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro, los pies parte de hierro y parte de barro. Tú estuviste mirando, hasta que una piedra desprendida, no lanzada por la mano, golpeó a la estatua en los pies de hierro y de barro, destrozándolos. Entonces el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro se desmenuzaron juntamente y fueron como tamo de las eras en verano, y el viento se los llevó sin que de ellos quedara traza alguna; mientras que la piedra que había golpeado a la estatua se hizo una gran montaña y llenó toda la tierra. “He aquí el sueño; su interpretación la daremos delante del rey.

“Tú, ¡oh rey!, rey de reyes, a quien el Dios del Cielo ha dado el imperio, el poder, la fuerza y la gloria. El ha puesto en tus manos a los hijos de los hombres, dondequiera que habitasen; a las bestias de los campos, a las aves del cielo, y le ha dado el dominio de todo; tú eres la cabeza de oro. Después de ti surgirá otro reino menor que el tuyo, y luego un tercero, que será de bronce y dominará sobre toda la tierra. Habrá un cuarto reino, fuerte como el hierro; como todo lo rompe y destroza el hierro, así él lo romperá todo, igual que el hierro, que todo lo hace pedazos. Lo que viste de los pies y los dedos, parte de barro de alfarero, parte de hierro, es que este reino será dividido, pero tendrá en sí algo de la fortaleza del hierro, aunque viste el hierro mezclado con el barro. Y el ser los dedos parte de hierro, parte de barro, es que este reino será en parte fuerte y en parte frágil. Viste el hierro mezclado con el barro porque se mezclarán por alianzas humanas, pero no se pegarán unos con otros, como no se pegan el hierro y el barro. En tiempo de esos reyes, el Dios de los cielos suscitará un reino que no será destruido jamás y que no pasará a poder de otro pueblo; destruirá y desmenuzará a todos esos reinos, mas él permanecerá por siempre. Eso es lo que significa la piedra que viste desprenderse del monte sin ayuda de mano, que desmenuzó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro.

“El Dios grande ha dado a conocer al rey lo que ha de suceder después; el sueño es verdadero, y cierta su interpretación.”

Según ciertos autores, y especialmente el canónigo Crampon, “la cabeza de oro figura la monarquía babilónica personificada en Nabucodonosor, su más ilustre representante; el segundo reino sería el imperio de los Medos y de los Persas; el tercer reino, el de Alejandro Magno; y el cuarto, el mismo gran imperio romano. La piedra caída del cielo representaría el Mesías descendido del cielo”. En realidad, una interpretación tan literal de un texto profético es muy insuficiente y, en efecto, los autores cristianos de la Edad Media supieron identificar la sucesión de los cuatro reinos de Daniel con la de las cuatro Edades tradicionales de nuestra humanidad. Nos basta como prueba el pasaje siguiente de la Divina Comedia, en el que Dante retoma a su vez el mismo símbolo del Coloso con pies de barro (Infierno, canto XIV):

“En medio del mar hay un país medio destruido, llamado la isla de Creta, que fue gobernado por un rey bajo cuyo reinado el mundo vivió en la castidad. Allí hay una montaña conocida por el nombre de Ida: en otro tiempo bañada por fuentes y coronada de bosques; ahora está desierta, como algo que ha envejecido. Rea la escogió secretamente como cuna de su hijo; y para ocultarlo mejor, cuando lloraba hacía que se produjesen grandes ruidos. En la ladera de la montaña, se ve un enorme anciano en pie, que está de espaldas hacia Damieta, con la mirada fija en Roma como un espejo; su cabeza está formada de oro fino, sus brazos y su pecho son de plata, sus costados de cobre, el resto del cuerpo se termina en hierro escogido; pero el pie derecho es de arcilla, y sobre este débil apoyo reposa la masa entera. Todas las partes, excepto la de oro, presentan ciertas hendiduras por las que se deslizan las lágrimas que se infiltran en la montaña. Su curso se dirige hacia este valle en que dan nacimiento a Aqueronte, la Estigia y el Flegetón: finalmente, descienden por los más bajos círculos de este imperio, donde se convierten en la fuente impura del Cocito”.

De este texto tan notable de la Divina Comedia, y que completa felizmente el sueño de Nabucodonosor, el caballero de Montor ha dado en su traducción el siguiente comentario, en el que se desvela el verdadero sentido del simbolismo de la estatua (o del anciano) con los pies de barro: “Esta gran imagen justifica alegorías que todos los comentaristas, desde Bocaccio, han explicado ampliamente. Sin embargo, tal vez vale más ver sólo lo que es, una idea un poco gigantesca, pero poética, del Tiempo, de las cuatro Edades del mundo, y de los males que han hecho llorar a la raza humana en cada una de estas edades, excepto en la primera, a la que los poetas de todos los tiempos han dado el nombre de edad de oro. Podemos añadir a todo ello que Dante ha tomado esta imagen del sueño de Nabucodonosor”.

Una explicación tan clara parece no necesitar de ninguna demostración complementaria, tanto más cuando el mismo Dante hace preceder la descripción del Coloso con pies de barro por una evocación a la edad de oro, en la que reina Saturno (el rey bajo cuyo reinado la gente vivía en la castidad). En estas condiciones, podemos identificar desde ahora los cuatro reinados de Daniel con las cuatro edades tradicionales de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro, según la siguiente tabla:

El primer reinado, figurado por la Cabeza de oro: la Edad de Oro.

El segundo reinado, representado por el Pecho y los Brazos de Plata: la Edad de Plata.

El tercer reinado, simbolizado por el Vientre y los muslos de bronce, corresponde a la Edad de Bronce.

El cuarto reinado, descrito bajo la imagen de las Piernas de hierro y los Pies de Barro = Edad de Hierro.


Una vez admitida esta interpretación del símbolo de la estatua con los pies de barro, es importante conocer porqué: Primeramente, ¿por qué razón la Cabeza de oro representa el primer reinado de Daniel así como la primera Edad o Edad de Oro de nuestra Humanidad? Ocurre que la cabeza, con los ojos, órganos de la visión, y la boca que habla (la palabra, es el verbo), la cabeza figura el Conocimiento, es decir el carácter contemplativo de los hombres de la Edad de oro, de los que se ha dicho que “vivían en presencia de Dios”. En cuanto al pecho y a los brazos de plata, simbolizan el carácter eminentemente real de la Edad de Plata (emblema de la realeza es el brazo que blande la espada o que tiene el cetro).

A su vez, el simbolismo del vientre de bronce no es menos claro; el vientre siempre ha representado, en efecto, la naturaleza inferior y las necesidades materiales cuya satisfacción incumbe a la casta de los mercaderes; y la mentalidad de ésta caracteriza propiamente la Edad de Bronce.

Por último, la curiosa imagen del hierro mezclado con el barro combina las enseñanzas de la doctrina hindú, que muestra la casta inferior nacida de la tierra, con las de la tradición greco-romana y de la Historia relativas a la duración, y también a la fragilidad de las tiranías de la Edad de Hierro.

Además, no es tan sólo en este último caso que se observa un perfecto acuerdo entre las dos tradiciones hindú y judía. Así en la India, la casta sacerdotal que rigió la Edad de Oro surge de la cabeza de Brahma, mientras que la casta real procede de los brazos de Dios, y la tercera casta, la de los mercaderes, de sus muslos.13

En cuanto a la progresión descendente de las cuatro partes del ser desde la cabeza, dominio de lo mental y cuya “frente contempla”, hasta los pies, “confundidos con la tierra que les sirve de soporte”, esta progresión constituye el símbolo más notorio que el espíritu humano ha encontrado jamás para figurar las cuatro edades de la Caída, desde la antigua Edad de Oro (o época paradisíaca) hasta la actual Edad de Hierro. Para darse cuenta de ello basta con observar las cuatro partes del Hombre de pie, remontándose, con Victor Poucel, desde los pies hasta la cabeza (lo que vendría a ser como remontar simbólicamente el curso de la Historia, desde nuestra época oscura o Edad de Hierro hasta los días radiantes del Edén primordial):

“La línea se levanta desde el suelo, confundida primero con la materia pura: pies y pedestal son para el espíritu un mismo soporte. Después en las plantas superiores, una progresión se afirma: la región abdominal más cercana al suelo, cargada de transferencias de la materia viva, con las funciones de conservación y crecimiento por la nutrición y la sexualidad. A partir del diafragma, esta vida primaria, puesta al servicio del pensamiento individual, en el misterio de las funciones de los pulmones y del corazón. En el plano superior, más evidentemente todavía, los sentidos elaboran, en provecho del ser pensante, los despojos del mundo, después, el pensamiento, a su vez, se apodera de estos granos y los encierra en la materia cerebral cuyas fibras se orientan en vista de la acción.

“La misma progresión se afirma en una disposición equivalente de las partes como en el todo. Bajo el rostro la mandíbula es más animal, seguidamente el paladar, la nariz son órganos de finura y de discernimiento; los ojos vehiculan la inteligencia, la frente contempla”.

Al contrario y volviendo a la descripción “descendente” del Coloso con los pies de barro, vemos que el curso descendente de la Historia está representado como sigue: cabeza, pecho y brazos, vientre, y finalmente, pies y pedestal, que simbolizan respectivamente, para la cabeza, la sabiduría de la Edad de Oro; para el pecho, el coraje (y la pasión) de la Edad de Plata; para el vientre, los apetitos de la Edad de Bronce, y finalmente, para los pies y el pedestal, el materialismo y la ignorancia de la Edad de Hierro.14

La progresión descendente de los cuatro metales, oro, plata, bronce y hierro, vienen a completar notablemente las enseñanzas precedentes basadas en el simbolismo del cuerpo humano:

¿Qué es pues el oro en el hermetismo cristiano sino el reflejo del Sol en el orden mineral, o dicho de otro modo, el símbolo de la Luz y del Verbo? Es por esta razón que los hindúes llamaban Satya-Yuga, o Edad de la Verdad, a la Edad de Oro de los Greco-Romanos.

En cuanto a la plata, sabemos que es a la Luna lo que el Oro es al Sol, y del mismo modo que la pálida luz de la Luna no es más que el reflejo de la luz dorada del Sol, igualmente la plata no es más que el reflejo del oro. Podemos deducir que, igualmente, la Edad de Plata se presentará también, como el reflejo de la Edad de Oro anterior, o además, en otro sentido, como un ciclo “lunar” que sucede al ciclo “solar” precedente.

El bronce, a su vez, no es otra cosa que el metal de Venus, la diosa del amor carnal y de la sensualidad, incluso de la lujuria, y todo esto caracteriza maravillosamente una época simbolizada por el vientre y los muslos.

Y lo mismo, por último, con el hierro “negro”, que constituye el pedestal del Coloso (piernas y pies); este hierro es el metal consagrado a Marte, el dios de la guerra, que reina como amo tiránico durante esta Edad de Hierro en la que sólo se oye hablar “de guerras y ruidos de guerras”.

Así, nuestro breve estudio de la imagen bíblica del Coloso con pies de barro no solamente ha revelado la notable riqueza de enseñanzas escondidas bajo el simbolismo del sueño de Nabucodonosor, sino que además ha venido a confirmar el perfecto acuerdo de las distintas tradiciones en cuanto a la doctrina de las Cuatro Edades, al menos en lo concerniente al carácter propio de cada una de estas cuatro grandes eras de la historia humana, así como el sentido y orden de su sucesión. Pero para poder afirmar que el texto bíblico es tan completo como, por ejemplo, la tradición hindú, queda todavía por verificar si las proporciones respectivas de las duraciones de las cuatro Edades son las mismas en la Biblia que en los textos hindúes o iraníes. La cuestión es particularmente importante, ya que hasta el presente, la Biblia había podido parecer, en este punto particular, inferior (por incompleta) a los libros sagrados de la India o de Persia. Vamos a ver sin embargo que no es así, sólo que las enseñanzas bíblicas están tan bien escondidas bajo el simbolismo de la estatua que hasta ahora el secreto no había sido nunca desvelado.

He aquí ese secreto desvelado por vez primera:

Las proporciones de las duraciones de las cuatro Edades tradicionales de Oro, Plata, Bronce y Hierro son las mismas, pero en sentido inverso, que las de las cuatro partes del Coloso con pies de barro: Cabeza de Oro, Pecho y Brazos de Plata, Vientre y Muslos de Bronce, Piernas y Pies de Hierro y de Arcilla.

Expliquémonos: hemos recordado anteriormente que, según las tradiciones antiguas, las duraciones respectivas de las cuatro Edades de Oro, Plata, Bronce y Hierro eran proporcionales a los números 4, 3, 2 y 1, cuya suma es 10. Dicho de otro modo, la duración de la Edad de Bronce es doble que la de la Edad de Hierro, mientras que la Edad de Plata dura tres veces y la Edad de Oro cuatro veces más que dicha Edad de Hierro terminal. Ahora bien, si se examina atentamente las diferentes partes de la estatua simbólica del sueño de Nabucodonosor, se advierte que la primera, es decir la cabeza, mide el décimo de la altura total del cuerpo (desde la cúspide del cráneo hasta el inicio de la columna vertebral, o si se prefiere, hasta la nuca). A continuación, desde la nuca hasta el diafragma, la segunda parte de la estatua (o del anciano de Dante) mide dos décimos de la altura total. Descendiendo otra vez tres décimos de esa misma altura total a partir del diafragma se llega a los muslos, lo que se corresponde bien con la tercera parte de la estatua: vientre y muslos. Por último, queda para la cuarta y última parte de la estatua (piernas y pies) una altura igual a cuatro décimos de la altura total. De todo ello resulta finalmente que las proporciones respectivas de las cuatro partes de la estatua (o del cuerpo humano) son proporcionales a los números 1, 2, 3 y 4, lo que representa bien, pero en sentido inverso, las proporciones respectivas de las duraciones de las cuatro Edades: 4, 3, 2 y 1.

En cuanto a la razón de ese sentido inverso, se encuentra en el texto fundamental de la Tabla de Esmeralda15: “Lo que está arriba es como lo que está abajo, pero en sentido inverso“. Aquí, lo que está arriba es el ciclo global de nuestra humanidad (o macrocosmos) y lo que está abajo es lo representado tanto por la estatua de Daniel o el anciano de Dante, es decir, el individuo (o microcosmos). Además es fácil constatar, como ya lo habíamos mostrado en Las Cuatro Edades de la Humanidad, que las proporciones de las cuatro partes de la estatua son las mismas que las de las cuatro edades de la vida humana: infancia, juventud, edad madura y vejez. Ello es tan cierto como que el estudio del simbolismo en general, y más aún el del simbolismo del cuerpo humano, se revela rico de enseñanzas verdaderamente inagotables.

Observación relativa al sentido directo de la Profecía:

Según la interpretación clásica propuesta por el canónigo Crampon, los cuatro “Reinos” anunciados por Daniel serían los siguientes:

La cabeza de oro figura la monarquía babilónica personificada en Nabucodonosor, su más ilustre representante.

Otro reino, el imperio de los Medos y los Persas.

Un tercer reino, fundado por Alejandro Magno, quien unió la dominación de Oriente a la de los Griegos.

Un cuarto reino: según muchos comentaristas, el imperio romano. Las piernas de hierro que se le atribuyen en el versículo 33 se relacionan sin duda con el primer periodo de su historia, periodo de fuerza irresistible; durante el segundo periodo, el del hierro unido a la arcilla, la debilidad se unirá a la fuerza.”16

En cuanto al quinto reino, que debía ser fundado por el Mesías (la piedra arrancada) y suceder a los reinos paganos precedentes tras haberlos aniquilado, hay que ver en él evidentemente la imagen de la Iglesia, o mejor, de la nueva Cristiandad que surgió de las ruinas del mundo antiguo.

Dicho esto, examinemos ahora las fechas principales de los reinos anteriores:

La monarquía babilónica había comenzado modestamente en el momento del declive de Nínive (segunda mitad del siglo séptimo) antes de alcanzar su apogeo bajo Nabucodonosor, para hundirse a continuación, bruscamente, con la toma de Babilonia por Ciro, en el 538 a. C. Así, se puede atribuir a este imperio, teniendo en cuenta sus inicios modestos, una duración de aproximadamente un siglo.

Por contra, el reino vencedor y sucesor de Babilonia, el reino persa, está perfectamente circunscrito entre dos fechas extremas: 538 a. C. (toma de Babilonia que preludió la conquista del Asia Menor por la monarquía persa) y 331 a. C.: ruina definitiva del imperio persa en la batalla de Arbelles; ¡son aproximadamente dos siglos de dominación persa!

Viene a continuación el imperio de Alejandro, que comienza en el 331 con las conquista de Persia y termina definitivamente después de la derrota de Cleopatra y Antonio en Actium. Habiendo sido conquistado por Roma el penúltimo de los reinos griegos surgidos del imperio de Alejandro, Siria, en el año 63, no quedaba más que Egipto, el cual se convertirá en provincia romana tras Actium en el 31 a. C., es decir, tres siglos después de Arbelles.

Por último, el mismo imperio romano, considerado en tanto que reino pagano opuesto o perseguidor del cristianismo, durará alrededor de cuatro siglos tras el advenimiento de Augusto como emperador, desde la victoria de Actium en el 31 a. C. hasta la muerte del último emperador pagano, Juliano el Apóstata, muerto en Oriente en un combate contra los Partos, en el 363 d. C. El propio paganismo no había de durar mucho más tiempo: en el 394, Teodosio lo abolió definitivamente. Un año más tarde, en el 395, el gran imperio romano, partido en dos, había terminado su carrera y el quinto reino de Daniel, la cristiandad medieval, iba a comenzar.

Resumamos:

El 1er reino, babilónico (la cabeza de oro) duró aproximadamente 1 siglo.

El 2º reino, persa (pecho y brazos de plata) duró aproximadamente 2 siglos.

El 3er reino, griego (vientre y muslos de bronce) duró aproximadamente 3 siglos.

El 4º reino, romano (piernas de hierro y pies de hierro y arcilla) duró aproximadamente 4 siglos.

O sea, una duración global de 10 siglos para los 4 “reinos”.

Y aquí volvemos a encontrar las proporciones de las cuatro partes de la Estatua simbólica. En otros términos, las duraciones de los cuatro “reinos” sucesivos anunciados por Daniel son directamente proporcionales a las alturas de las cuatro partes del Coloso de pies de barro.

Además, si a la duración global del ciclo de 2600 años se resta el milenio pagano correspondiente a los cuatro reinos precedentes, queda como duración del quinto reino un periodo de aproximadamente 1600 años, y se constata que la razón de ambos números, 1600/1000, es igual al Número de Oro.17

Así se verifican de una manera admirable las enseñanzas de Victor Poucel, que conviene recordar una vez más en función de su importancia capital:

“Entre las medidas del tiempo hay un orden de proporción cuyo uso preconcebido es bastante sorprendente en las Escrituras. Generalmente atentas a fijar los acontecimientos, las Escrituras indican por medio de ello la importancia que parecen atribuir a las proporciones numéricas, mayor de lo que comporta su uso común; como si esas proporciones determinasen la forma misma de las obras divinas. Y de ello resulta que a las relaciones numéricas de duración se le vinculen semejanzas simbólicas.”

Volvamos ahora al cuarto reino, el imperio romano, simbolizado por las piernas de hierro y los pies en parte de hierro y en parte de arcilla. Es sabido que, según la mayoría de los comentadores, las piernas de hierro se refieren al periodo de crecimiento y apogeo del imperio romano, mientras que los pies de hierro y de arcilla simbolizan el declive del Imperio con las invasiones bárbaras. Ahora bien, resulta que el reinado de Marco Aurelio (168-180), que marca el apogeo del imperio y el inicio de su declive, se sitúa precisamente a la mitad de los cuatro siglos del imperio romano (pagano).

Es este emperador, en efecto, quien deberá repeler las primeras invasiones bárbaras; es él quien agravará las persecuciones contra los cristianos, y tendrá como sucesor un incapaz que provocará disturbios civiles.

Pero eso no es todo. Según la tradición griega relatada por Hesíodo, la cuarta Edad (simbolizada aquí por las piernas de hierro y los pies de hierro y arcilla), esto es, el imperio romano en el caso que se contempla aquí, se divide en dos fases o “razas”. La primera, más justa y más brava, que corresponde a las piernas de hierro de la estatua, es la raza divina de los Héroes que se designan como semi-dioses, y se convendrá en que ello se aplica perfectamente a los grandes Emperadores de esta época: Augusto, Vespasiano, Tito, Trajano y todos los Antoninos. La segunda, que Hesíodo llama la raza de hierro, está simbolizada por los pies en parte de hierro y en parte de arcilla; desde su aparición “todos los crímenes saldrán a la luz “, lo que, desde el punto de vista histórico, define precisamente al emperador Cómodo, hijo de Marco Aurelio, así como a la mayor parte de sus sucesores, y especialmente a los Treinta Tiranos, en la época de la anarquía militar. Habrá sin duda emperadores enérgicos como Diocleciano, si bien fue este último, no obstante, quien provocó la persecución sangrienta contra los cristianos llamada la Era de los mártires.

Una última observación para acabar: al Milenio pagano anunciado por el sueño de Nabucodonosor le sucede, simétricamente, el Milenio cristiano del Apocalipsis de San Juan (313-1313), con un encabalgamiento, es decir, un periodo “crepuscular” de transición de cincuenta años (313-363), durante el cual paganismo y cristianismo coexistieron más o menos pacíficamente.

Resumen: Las cuatro fases del Movimiento de la Historia
Por consiguiente, en las diferentes tradiciones de Oriente y Occidente, cada una de las cuales expone y desarrolla un aspecto particular de la cuestión de la que la Biblia da, con el símbolo del Coloso de pies de Barro, una visión sintética y total, hemos vuelto a encontrar las ideas esenciales de la teoría moderna del Movimiento de la Historia, a saber, la lucha por el poder y la preponderancia sucesiva de las diversas castas. Mejor aún, esas ideas se precisan y completan aquí, sobre todo en lo que concierne a las proporciones respectivas de las cuatro fases sucesivas; y este punto es muy importante, puesto que sin esto no sería posible ninguna cronología ni, por tanto, ningún estudio serio del Movimiento de la Historia.

Dicho esto, y habida cuenta de lo que se ha expuesto precedentemente, denominaremos “Movimiento de la Historia” al proceso de evolución “descendente” de la sociedad durante el curso de un ciclo determinado, proceso que se realiza pasando por cuatro fases análogas (y proporcionales en cuanto a duración) a la serie de las cuatro Edades tradicionales de Oro, Plata, Bronce y Hierro; de ahí las definiciones siguientes de las cuatro etapas sucesivas del Movimiento de la Historia.

Primera fase del Movimiento de la Historia (duración teórica: 4/10 del ciclo total). Debe verse en ella el reflejo, en el periodo global considerado, de la Edad de Oro primordial. Es pues la fase primitiva del ciclo durante la cual las preocupaciones espirituales pasan (en sentido relativo, se entiende) al primer lugar, de lo que resulta una cierta superioridad del Sacerdocio, superioridad por lo demás moral, permaneciendo el poder temporal casi siempre, desde los tiempos históricos, en manos de las otras castas, y más particularmente de la nobleza. La santidad y el conocimiento de las cosas divinas honran grandemente; es la época en que florecen los Sabios, los Santos y los Doctores. La vida es generalmente simple, a veces tosca; las clases inferiores, a menudo poco diferenciadas, no piensan en ofenderse por su condición modesta, ya que los hombres aman la paz y se esfuerzan en merecerla por sus virtudes y sus buenas obras. La literatura incluye sobre todo (y a veces exclusivamente) obras espirituales: metafísica, filosofía o, en otros tiempos, epístolas y escritos diversos de los Padres de la Iglesia. Las artes se consagran a la gloria de Dios: así, durante la primera fase del Milenio cristiano, los primeros y más bellos monumentos serán iglesias espléndidas con muros revestidos de mármol y mosaico, con techos recubiertos de oro.

Segunda fase del Movimiento de la Historia (duración teórica: 3/10 del ciclo total). Esta segunda fase representa a su vez la pendiente de la segunda Edad, o Edad de Plata, de los autores antiguos. Se puede constatar, desde su inicio, la desaparición de la mentalidad relativamente primitiva de la primera fase. Las aspiraciones espirituales de los tiempos antiguos son sustituidas de manera creciente por preocupaciones puramente temporales. La casta feudal, que posee la tierra, predomina e impone a la sociedad su ideal caballeresco de lealtad, nobleza y honor.

Aparecen los poemas épicos, que cantan las hazañas de los valerosos caballeros y alaban la belleza de sus nobles damas, pues esta época ya no es la del Conocimiento, sino la del Amor. De manera pareja, la arquitectura, que hasta entonces era religiosa, se convertirá en real o militar y celebrará la gloria y la magnificencia del príncipe, o si no, protegerá la ciudad contra el enemigo de afuera.

El sacerdocio continúa ejerciendo su ministerio, pero su papel exterior, oficial si así puede decirse, pasa a segundo plano, y ya se ven aparecer las tendencias heterodoxas inspiradas por la mentalidad racionalista propia de la casta noble. Además, la vida se vuelve más fácil, se busca cada vez más el lujo y el confort, el comercio cobra importancia, la casta de los mercaderes se enriquece y adquiere de este modo una influencia creciente. De todas formas, el recurso supremo no es aún el dinero, sino el sable; la tierra sigue siendo la base de la riqueza, y esta tierra se transmite de padre a hijos, al igual que los títulos nobiliarios. En suma, es la época en la que se toma en consideración el nacimiento y el parentesco; en otras palabras, en la que conviene antes que nada ser “bien nacido”.

Tercera fase del Movimiento de la Historia (duración teórica: 2/10 del ciclo total). Es la imagen de la Edad de Bronce de Hesíodo y Ovidio. Las consecuencias del descenso cíclico, de la “Caída”, ya se dejan sentir seriamente: la mentalidad de los hombres se vuelve más y más interesada con tendencia al materialismo. El ideal de honor y de lealtad de la edad anterior cede el paso a la búsqueda del provecho; el Rey-Dinero se vuelve todopoderoso y los hombres se distinguen entre ellos por su grado de riqueza. La moral del interés sustituye a la de la salvación o del deber y sirve de base a nuevas ideologías políticas.

La burguesía, es decir la casta de los comerciantes y los banqueros detentadora de la riqueza mobiliaria, se hace predominante, pero ella se interesa mucho más en los negocios que en la política que manda o dirige gracias a su “Caballería de San Jorge”. Las castas superiores permanecen, pues, generalmente en sus puestos pero en segundo plano, y de hecho se puede constatar que la nobleza tiende a aburguesarse mientras que los burgueses, por otra parte, pronto penetran hasta los más altos grados de la jerarquía religiosa.

Esta tercera Edad verá a la industria tomar vuelo mientras que el comercio alcanza su apogeo; las artes y las letras se benefician del enriquecimiento general; la burguesía adquiere hábitos de lujo y placer; pero todo este progreso material es al precio de una regresión espiritual correspondiente. Las herejías se multiplican, el ateísmo comienza a propagarse, la metafísica es abandonada por filósofos puramente utilitarios; en una palabra, el agnosticismo, es decir, la ignorancia progresa rápidamente.

Pero el aspecto más sombrío de esta fase de Bronce resulta de su carácter guerrero: “El hombre, más feroz, está más presto a tomar las armas, que siembran el terror; no obstante, se abstiene del crimen.” De hecho, las “guerras infernales” de los tiempos modernos, esas luchas sangrientas y desmesuradas son, en su origen por lo menos, empresas burguesas; pero, por desgracia, esas guerras se van a hacer más sangrientas todavía con la proximidad de la cuarta y última fase del ciclo.

Cuarta fase del Movimiento de la Historia (duración: 1/10 del ciclo total). Es la siniestra Edad de Hierro que los poetas antiguos maldecían así: “Al instante, todos los crímenes saldrán a la luz en este siglo de un vil metal.”

En efecto, durante el curso de la Edad precedente, la de la burguesía, el rey-dinero había acabado por corromper a los hombres, mientras que la extensión creciente del materialismo ateo hizo caer las últimas barreras morales. Desde entonces, en una sociedad tal, en la que los valores espirituales decaen (ellos no desaparecen jamás del todo; si no, la sociedad se hundiría inmediatamente), en la que la propia moral del interés tan cara a la burguesía se encuentra desprestigiada, sólo puede subsistir la moral del éxito, basada en la astucia y la fuerza. Por otra parte, con el advenimiento de la clase popular, las castas acaban por confundirse, toda jerarquía normal basada en la verdadera naturaleza de los seres tiende a desaparecer y el gobierno de los hombres, no pudiendo contar más que con la violencia y el terror, desemboca en la tiranía o en la dictadura “totalitaria”.

Además, con la proliferación de organismos sociales destinados a las clases populares, el Estado se hace cada vez más invasor en perjuicio de las libertades individuales, que se rebajan. El comercio se convierte en servidumbre y pasa a veces a un segundo plano, pero la industria adquiere un desarrollo prodigioso en el sentido exclusivo de la cantidad; a partir de ese momento, ya no se trata de la belleza y la perfección del trabajo, sino de la producción en masa.

Por otra parte, con la aceleración cada vez más rápida de la historia, los hombres, arrastrados por el torbellino de una vida cada vez más agitada, ya no se preocupan del fondo de las cosas sino solamente de su apariencia exterior. Es el tiempo, en efecto, en el que el hábito hace al monje, el fin justifica los medios y el éxito lo justifica todo.

No obstante, pese a todas estas taras, esta Edad no es totalmente negra sino que presenta igualmente reflejos de aurora, pues es la época bendita tanto por los himnos de los Vedas como por los suras del Corán y las parábolas del Evangelio: el tiempo de la Undécima Hora, es decir, el crepúsculo anunciador del alba próxima, el oscuro Adviento en el que ya estalla la alegría de la Navidad, las tinieblas del Viernes Santo de donde va a brotar la gloria del alba de Pascua.

Tales son las cuatro Edades de la Historia humana, cada una de las cuales pasa a su vez por cuatro fases análogas y de duraciones igualmente decrecientes. Así cuando un cierto periodo, la Edad de Plata por ejemplo, alcanza las nueve décimas partes de su transcurso, luego el momento de entrar en su cuarta y última fase, entonces el proceso del descenso cíclico se embala y se enloquece bruscamente, el populacho se desenfrena y los acontecimientos se precipitan. Ya no es un motín, sino una Revolución la que, en primer lugar, derriba el Antiguo Régimen y, en ocasiones, aniquila la antigua clase dominante. A continuación, provocando los excesos de la anarquía un inmenso deseo de autoridad, surge un dictador que vuelve a introducir orden en el caos, desescombra las ruinas y, sobre el solar limpio, reedifica una cuidad nueva basada en la predominancia de otra casta, en este caso la burguesía. Después viene la hora en que el dictador, perdido o consumido por el exceso de su genio, desaparece de la escena de la historia. Entonces vuelve a comenzar, en un mundo renovado pero a un nivel espiritual y social inferior, la primera fase de la Edad siguiente.

¿Puede concluirse de este resumen sucinto de la doctrina tradicional de las cuatro Edades y de la consiguiente teoría de las revoluciones que la cuestión del movimiento de la Historia es muy simple en realidad? En absoluto, y ello por diversas razones. Para empezar, y como se verá a continuación, vienen a superponerse al Movimiento de conjunto que parece regir el destino de los pueblos del Mediterráneo y de Eurasia (cuando no del planeta entero) numerosos movimientos secundarios que afectan a ciertos pueblos, reinos o imperios. En particular, se concibe que existe un ciclo inglés bien distinto de los ciclos portugués o prusiano, igual que el ritmo de evolución de la joven república americana de los U.S.A. debe diferir grandemente del ritmo de la vieja Rusia.

Por último, todavía hay que añadir a esto que cada acontecimiento de la humanidad puede ser considerado igualmente como la resultante de una multitud de periodicidades históricas o cósmicas, tales como el periodo undecimal de la actividad solar, la generación social de aproximadamente 33 años, el siglo, el “gran año” de Virgilio o el periodo de cinco siglos de Remy Brück (520 años), el Año cósmico de 2160 años y sus divisiones, etc.

En estas condiciones, el estudio del Movimiento de la Historia, si se le quisiera considerar en su totalidad, presentaría una complejidad excesiva, y a decir verdad, en una exposición didáctica jamás sería posible llegar a una verdadera síntesis, la cual no puede ser realizada más que a través del simbolismo como se puede constatar en todas las tradiciones antiguas y particularmente en la Biblia.

Así, en los capítulos que siguen no consideraremos más que la aplicación a las grandes Épocas de la historia clásica de la doctrina bíblica, es decir, católica, de la Cuatro Edades de la Humanidad o, en términos más modernos, de las cuatro fases del Movimiento de la Historia.

Los grandes periodos de la Historia
Según Daniel, Dios había revelado al rey Nabucodonosor, bajo el símbolo del Coloso de los pies de barro, “lo que debe suceder al final de los días”.18 Esto parece significar bien que esta estatua soñada figuraba el gran periodo de la historia que se extiende desde el reinado del gran rey de Babilonia hasta el fin del mundo actual (que no será forzosamente el “Fin del Mundo”).

Ahora bien, el reinado de Nabucodonosor se sitúa al principio del siglo VI anterior a nuestra era (604-561), y resulta que en él encontramos “una barrera que no es posible franquear con ayuda de los medios de investigación de que disponen los investigadores ordinarios. A partir de esta época, en efecto, se dispone en todas partes de una cronología bastante precisa y bien establecida; para todo lo que es anterior, por el contrario, no se obtiene en general más que una muy vaga aproximación, y las fechas propuestas para los mismos acontecimientos varían a menudo en varios siglos”.19

La existencia de una “barrera” tal de la historia supone que ocurrió un cambio profundo en la mentalidad de los hombres hacia el principio del siglo VI y, en efecto, se puede constatar que todas las grandes filosofías que han regido las civilizaciones de Eurasia desde entonces datan de esa época: filosofía de Pitágoras en Grecia, religión de Zoroastro en Persia, budismo en la India, taoísmo y confucianismo en China. Y cuando todas estas filosofías hayan desaparecido al mismo tiempo, lo que no debería tardar en suceder a juzgar por la actual tendencia mundial al nihilismo intelectual, podrá decirse que se habrá cumplido una gran era de la Historia, un “Gran Año”. De este modo, y admitiendo que las cosas pudiesen durar aún hasta el inicio del próximo siglo -lo que parece un máximo-, se podría evaluar la duración global de este gran periodo, que por otra parte se confunde con la propia historia clásica, en aproximadamente veintiséis siglos. Ahora bien, por una singular coincidencia, resulta que ésta es igualmente la duración de una de las divisiones secundarias del Gran Año, unos dos mil seiscientos años.20 Como la historia total de nuestra humanidad suma cinco Grandes Años (es decir, veinticinco fases secundarias de veintiséis siglos) y estamos en “el final de los días” según Daniel, se concluye que el periodo actual anunciado por el sueño de Nabucodonosor sería el vigésimoquinto y último de nuestra Humanidad: ¡su vigésimoquinta Hora!

Para cada una de las principales regiones de Eurasia, la unidad espiritual, o por lo menos mental, de este gran periodo de veintiséis siglos reside en la tradición aportada por los grandes sabios de la Antigüedad: Pitágoras, Zoroastro, Buda, Lao-Tse y Confucio. El hecho es particularmente fácil de constatar en Europa, donde la doctrina pitagórica ha regido el pensamiento del mundo occidental desde la Antigüedad hasta nuestros días: en la Antigüedad, por intermedio de Hipócrates, Sócrates, Platón, Aristóteles y Plotino; más tarde, durante la Edad Media, por la Suma Teológica de Santo Tomás, inspirada en Aristóteles; por último, en el Renacimiento, por los humanistas nutridos del pensamiento griego. Y de la misma manera, cuando la Franc-Masonería se oponga a la Iglesia a principios del siglo XX, será también a partir de una doctrina de origen pitagórico (por lo demás, en parte olvidada), de manera que no es exagerado decir que el pensamiento pitagórico jamás ha dejado de inspirar el mundo mediterráneo y occidental desde el siglo VI a. C. hasta el siglo XX d. C. Pero con el actual “Fin del Humanismo” se puede prever que este pensamiento dejará de vivificar la mentalidad del mundo occidental pronto, y entonces habrá caducado un gran periodo de la historia.

En China se podría mostrar de igual modo que la enseñanza confuciana jamás ha dejado de alimentar el pensamiento chino desde la Antigüedad clásica hasta nuestros días. Pero su influencia, comprometida ya por la invasión de las ideas modernas con motivo de la Revolución de Sun Yat Sen en 1911, parece tener que desaparecer pronto si, como ha informado la prensa, los comunistas chinos se ponen a cerrar las escuelas confucianas que aún subsistían. La misma observación sirve igualmente para el budismo, el cual, especialmente en Japón, se encuentra seriamente amenazado por la invasión de las ideas modernas de origen occidental.

Tal es, pues, el primero de los grandes periodos históricos que vamos a estudiar aquí, y es evidente que es el de mayor longitud ya que la historia no comienza hasta el siglo VI a. C. Efectivamente, remontándonos más arriba saldríamos de la historia propiamente dicha para entrar en el dominio de la leyenda o de la protohistoria cuyas fechas son muy inciertas y su mentalidad difícil de comprender.

Para poder establecer la cronología de las diferentes fases o Edades sucesivas de este gran ciclo de veintiséis siglos bastaría con fijar su punto de partida (evidentemente, es inútil hablar de su final, el cual, situándose en el futuro, permanece desconocido). Ahora bien, hay que reconocer que no disponemos aquí de ninguna indicación fija, de ningún acontecimiento destacado, y sin duda es totalmente necesario que así sea, sin lo cual el cálculo de la cronología de los “Ultimos Tiempos” no sería más que un juego de niños. Esta dificultad proviene quizás de la existencia de fases de transición o “crepúsculos” que unen y separan a la vez las Edades de la Historia. Los ciclos se superponen durante toda la duración de estos periodos crepusculares, de manera que ya no se sabe muy bien en qué era, antigua o moderna, se encuentra uno en realidad. No obstante, y dado que el estudio del Movimiento de la Historia se haría extremadamente fastidioso a falta de una cronología por lo menos aproximada, deberemos adoptar una, pero con la restricción fundamental de que, en la realidad, la fecha de inicio del ciclo, y por consiguiente la de su final, son totalmente inciertas. De hecho, deberemos contentarnos con “periodos” iniciales y terminales en vez de fechas precisas, y de ello nos será fácil encontrar un caso parecido en el Libro de Daniel. En el capítulo IX, versículo 25, la muerte de Cristo (un ungido, un jefe) se sitúa en el curso de la septuagésima semana de años después del edicto ordenando reconstruir Jerusalén, y no en tal o cual fecha precisa.

Son igualmente válidas las mismas reservas en lo que concierne al segundo de los grandes periodos de la Historia que estudiaremos a continuación, a saber, la propia era cristiana, a la cual un cálculo basado en los datos escriturarios nos conduciría a atribuir una duración teórica de dos mil años. Admitiendo este cálculo, la incertidumbre comienza cuando se trata de determinar el punto de partida: ¿es el nacimiento de Cristo, es decir, su Epifanía? ¿O es su muerte, puesto que la Iglesia data de Pentecostés?

He aquí ya una primera cuestión a la cual es imposible dar una respuesta cierta si no es acaso que el intervalo entre esos dos acontecimientos extremos, la Epifanía y Pentecostés, es decir, la duración de la vida terrestre de Jesús, constituye el periodo inicial de transición entre el mundo pagano y el mundo cristiano, o bien entre la Antigua y la Nueva Alianza. En este caso, para ser precisos, nos basta partir de una u otra de esas dos fechas extremas para fijar nuestra cronología de la Era crística. Desgraciadamente surge una nueva dificultad aquí, en el sentido de que no conocemos con certeza ni la fecha de la Encarnación ni la de la Crucifixión. Para la primera se han propuesto los años 7, 5 o 4 de la era antigua, y para la segunda, los años 27 o 30 de la era cristiana, según se interprete el texto de Lucas “El decimoquinto año de Tiberio César” en un sentido o en otro: sea desde la sucesión de Augusto o sea desde la asociación al Imperio, lo que nos traslada a tres años antes.

No obstante, y ya que hay que adoptar una u otra de estas fechas aunque no sea más que a título de hipótesis de trabajo, escogeremos junto al canónigo Crampon el año 30 de nuestra era como fecha de la Crucifixión, con la reserva de que se trata de una fecha aproximada y no cierta. Resulta de ello la fecha -aproximada- del 2030 para el fin de ciclo (suponiendo que los dos mil años se inician en Pentecostés). Por contra, si hubiese que partir de la Encarnación y no de Pentecostés, los 2000 años se hubieran acabado en el 1993 de nuestra era, lo que concuerda, por una parte, con las enseñanzas de los libros sagrados de la India, y por otra, con el fin del ciclo de 26 siglos de Daniel puesto que el sueño del rey de Babilonia tuvo lugar hacia el 601 a. C. Además, el intervalo 1993-2030 incluye la fecha de 1999 indicada por Nostradamus para la invasión de “Israel”, es decir, de la Cristiandad, por las armas de Gog venidas del país de Magog (Ezequiel, capítulo 38). Podemos concluir de ello que el periodo 1993-2030 representa la fase terminal del ciclo crístico de 2000 años al igual que del ciclo de Daniel, de unos 2600 años.

Una vez fijado este punto de la cronología, deberemos volver a encontrar, y reencontraremos en el curso de esos 2000 años de vida de la Iglesia, en primer lugar, el Milenio cristiano anunciado en el Apocalipsis, y a continuación un periodo más corto durante el cual Satán será “desencadenado por poco tiempo” para seducir a todas las naciones de la Tierra. Veremos además que este periodo se identifica exactamente con el mismo Ciclo moderno, cuya futura “Nueva Era” representa su última fase.

Hechas estas observaciones, podemos volver ahora al ciclo de Daniel para estudiar sus diferentes Edades, en el bien entendido que la fecha del 2030 que hemos adoptado para el fin del ciclo no es más que aproximada y que de ningún modo se tratará aquí de determinar el día, la hora o el año exacto del segundo Advenimiento. Se ha visto anteriormente que eso es imposible en razón de la incertidumbre que reina sobre fechas tan importantes como las de la Epifanía y Pentecostés. Por otra parte, es sabido, desde el punto de vista metafísico, que en el final del ciclo “la Carrera Cósmica” se detiene, la “Rueda del Devenir” cesa de girar y “ya no hay Tiempo”. Luego si este instante terminal de la historia humana se sitúa fuera del Tiempo -o más exactamente, en el “Centro de los tiempos”-, ¿cómo puede atribuírsele una fecha cualquiera? En verdad, ya no es de fecha de lo que conviene hablar en este caso, sino, por emplear el lenguaje matemático, de “paso al límite”; en términos metafísicos, se hablaría de “retorno al Principio”, y ello porque esta fase última está descrita como un “Juicio” del cual sólo el Padre conoce el Día y la Hora.

Notas:

1. Capítulo I de L’Ere Future et le Mouvement de l’Histoire. La Colombe, Paris 1956.

2. Esta cuestión está desarrollada en Les Quatre Ages de l’Humanité.

3. Esta duración es igual a la mitad de la del ciclo astronómico de la Precesión de los Equinoccios.

4. Victor Poucel: La Parabole du Monde (p. 97). La cuestión de las repeticiones cíclicas se expone y desarrolla en nuestra obra sobre los Ritmos en la Historia. Se podrá constatar que el problema de las repeticiones cíclicas es, en realidad, muy complejo.

5. Dupuis: Origine de tous les Cultes, en el capítulo “Disertación sobre los grandes ciclos”. Los textos hindúes correspondientes figuran en la obra citada anteriormente Les Quatre Ages de l´Humanité.

6. Ait. Brah. VII, 15.

7. Señalamos igualmente que la idea de “solidificación” es solidaria de la de “envejecimiento”, o también de la de “esclerosis”.

8. Hesíodo: Los Trabajos y los Días, Mito de las razas.

9. Ovidio: Metamorfosis.

10. Bagavata Purana.

11. Es así como en el simbolismo cristiano, las dos llaves de oro y de plata corresponden respectivamente a la iniciación sacerdotal (cuyo jefe es el Papa), y a la iniciación real (representada por el Emperador).

12. República, 415.

13. Daniel, II, 31-46.

14. Para más detalles sobre estas cuestiones remitirse a nuestra obra Les Quatre Ages de l’Humanité.

15. Cf. la expresión popular: “tan bestia como sus patas“.

16. Tabla de Esmeralda: Uno de los textos principales del hermetismo medieval.

17. Traducción Crampon. Daniel, capítulo II (notas).

18. El valor numérico exacto del número de oro viene dado por la ecuación de segundo grado: f 2 = f + 1, de donde f = (1 + raíz cuadrada de 5) / 2, es decir, en primera aproximación, f = 1,6.

19. Daniel, II, 28

20. R. Guénon: La Crisis del Mundo Moderno. Cap. I.

21. Les Quatre Ages de l´Humanité Cap. VIII y cap. IX, p. 156.

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