Manuel Plana – Reflexiones sobre el Evolucionismo a la luz de la Metafísica y la Física Tradicional

Queridos Lectores,

Manuel Plana es director de la revista-blog Mundo Tradicional, en internet. Escribe artículos sobre simbología en relación a la Tradición Antigua, aquello que el mundo moderno occidental ha perdido desde hace tiempo, y que pronto esperemos que recupere.

“Contempla, o Prithi, Mis formas.” 

(Bhagavad Gîta. 11.5)

(…) El Pândava  contempló entonces, en el cuerpo del Dios de Dioses, el Universo  entero con múltiples diferenciaciones unido en una sola forma.”  

                                                                                                      (Bhagavad Gîta. 11.13)

“En verdad, esta Mi Forma que acabas de ver (Arjuna), es muy dificil de contemplar.”

 (Bhagavad Gîta. 11. 52)

La hipótesis moderna de que la consciencia y la vida proceden de la materia por evolución de la misma, y también el ser humano, que lo hace a partir de un tipo de simio que ha seguido una evolución transformista por adaptación temporal, se apoya en unos ejes principales que cabe examinar no solo a través de la “lógica” materialista de la ciencia moderna, sinó también de la física y la metafísica tradicional, cuya competencia al respecto en ningún caso ha devaluado aquella.

El primero de estos ejes es una concepción exclusivamente lineal, homogénea, uniforme y progresiva del tiempo, es decir, mecanicista, la única que podría concebir un desarrollo indefinido del ser vivo en una sola dirección y en una sola dimensión.

El segundo, una concepción confusa y puramente cuantitativa de la materia limitada a lo sensible, es decir, la materia “extensa”, separada e independiente de todo principio agente, plasmador y formativo.

Y otro axis, quizá el más curioso, es la creencia en un “azar” como substituto de una consciencia, voluntad o entidad creadora, azar que sería el responsable de la aparición de la vida química de la materia tanto como de las leyes naturales, de su evolución formal, siempre in crescendo, como de la consciencia misma. Nos centraremos de momento en estos tres puntos aunque sin duda podríamos encontrar más.

Naturalmente, hablar de estas cosas requiere de una perspectiva, como aquí es la puramente materalista, pues, es la perspectiva la que marca la conclusión. Desde puntos de vista perfectamente reales y válidos pero no “materialistas”, no hay creación ni materia ni nada que se “cree” y después se “descree”, es más una cuestión de percepción que de establecer puntos de vista monolíticos, pues, la naturaleza objetiva de la realidad es inseparable de su percepción subjetiva. Y es en este sentido que todo es relativo desde su propia “horizontalidad”, y toda pretendida “objetividad”, por “científica” que se pretenda, estará siempre afectada por lo mismo. Decir que “todo está en la consciencia” no es una figura retórica del lenguaje espiritual, sinó una verdad “científica” y rigurosamente literal. La “realidad” depende de ella, ella la consigna y la certifica según sus luces. “Como en la teoría de Kant (y de la física cuántica de Heisenberg), el mundo es correlativo del sujeto humano que conoce, y por lo tanto, tiene la estructura fundamental de nuestra manera de conocer. Esto significa que el tiempo, el espacio y la causalidad no son entidades “objetivas” o extrañas, sino categorías mentales en las que todo está moldeado. La existencia y la forma de todas las cosas dependen de la mente. El saber es un producto mental. Y el mundo, tal como se ve desde la mente, es un mundo subjetivo y privado, que cambia continuamente en concordancia con la inquietud de la mente misma.” (Maurice Frydman. Introducción. Yo soy Eso. Nisargadatta Maharaj)

El evolucionismo ha necesitado primero del materialismo y éste del mecanicismo (que sucede al “organicismo”), pues, estas concepciones no aparecen espontáneamente en el tiempo ni en Europa por casualidad, sinó que “evolucionan” gestándose a partir de cierto momento de su historia como resultado o reacción racionalista (pronto atea, materialista y mecanicista) en contra de modelos tradicionales anteriores, mal explicados por unos y peor comprendidos por otros, en este caso, del “creacionismo” religioso y de su inherente lógica dual proclive a entrar en contradicción consigo misma. Como dice el profesor Juan-Ramón Lacadena: “Las ideas evolucionistas que se formularon durante la Ilustración se debieron más a un determinado clima intelectual que a los avances concretos llevados a cabo por las ciencias biológicas”.

Pero el creacionismo contemporáneo no es católico sino protestante. Según el mismo autor: “Muchos consideran a Henry M. Morris como el padre del creacionismo en EE.UU. a partir de la publicación en 1961 de su obra en colaboración con John C. Whitcomb, The Genesis Flood (“El Diluvio del Génesis”). Hay quien dice que esta obra es al creacionismo lo que el origen de las especies de Darwin fue al evolucionismo. Los seguidores del creacionismo siguen la interpretación literal del Génesis para describir la creación del universo y la formación de la vida.” (Creación y evolución, creacionismo y evolucionismo. Dpto. de Genética. Facultad de Biología Complutense). En efecto, el creacionismo se fomenta entre las iglesias fundamentalistas norteamericanas como reacción deísta confesional al evolucionismo ateo ya desde su difusión. Pero ellas interpretan literalmente el texto del Génesis, atribuyéndo arbitrariamente además la cifra de mil años a cada “Día” de la Creación. Evolucionistas creyentes como el profesor Francisco de Ayala, han señalado que: “El término <creacionismo> está mal utilizado intencionalmente por sus proponentes para presentarse a sí mismos como los próceres de la religión en contra del ateísmo. De hecho, muchos evolucionistas tienen convicciones religiosas y aceptan la creación del mundo.” (Ibid. Creación y Evolución, creacionismo y evolucionismo. pg. 118)  “La Iglesia Católica, dice el Sr. Lacadena en el mismo texto, no es creacionista si se entiende este término con el significado con el que se usa en EE.UU, es decir, como lectura literal del libro del Génesis de la Biblia. La Biblia es un libro religioso, no científico. Sin embargo, evidentemente, la Iglesia Católica es creacionista en el sentido de que acepta a Dios como <creador de todo lo visible e invisible>.”

Según la versión religiosa más común, Dios crea el mundo de una “nada” misteriosa que al parecer le sirve para todo; lo crea con ella y después se retira a descansar mientras el mundo, por la inercia de su impulso inicial, sigue su marcha buscando siempre hasta su fin un equilibrio estable entre la efusión expansiva de la gracia y la constricción del rigor divinos. Pero ahondando en el tema, pues, el lenguaje bíblico es obviamente simbólico y no literalista, esta materia que al principio era opaca e indiferenciada: “La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo…” (Génesis 2), necesita de un principio complementario correspondiente que actúe sobre ella para diferenciarla y así crear todas las cosas con ella como soporte (substancia: sub-stare, estar por debajo, soportar. Materia: mater, madre, principio femenino receptivo, plástico-generativo). Este principio correspondiente está prefigurado ya desde el principio: “… y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Génesis 2.) para actualizarse después en tanto luz primordial: “Dijo Dios: Haya luz, y hubo luz” (Génesis 3).

Aquí entran en juego un principio agente luminoso, activo y plasmador (consciencia y voluntad puras, el “Verbo”),  y otro oscuro e indistinto, pasivo y plástico, que es lo que llamamos materia porque asume el papel maternal de generar los gérmenes vitales que le procura permanentemente su paredro cósmico. Todas las tradiciones humanas han vinculado estos principios a los influjos “celestes” y a los “terrestres”, al “Pater” y a la “Mater” cósmicos, pues ambos a su nivel (cielo y tierra, luz y oscuridad, sequedad-humedad, contracción-expansión, etc…) ejemplifican perfectamente la mutua interacción entre lo activo y lo pasivo (como el sol y la luna y todos los símbolos análogos) como instrumentos de la actividad creadora del universo.

 “Yo soy el Padre y la Madre de este universo; soy el Sostén; soy lo cognoscible que hay que conocer, el purificador, la sílaba sagrada AUM y los tres Vedas” (Bhagavad Gîta. 9. 17)

“El gran Sustentador (Maha Brahma) es Mi matriz; ahí pongo mi semilla. De ahí viene el origen de todos los seres. Todas las formas surgidas de todas las matrices tienen por matriz el gran Sustentador; Yo soy el Padre que pone la semilla” (Bhagavad Gîta. 14. 3-4)

Por ser tales, estos principios creativos, “ leyes” o energías universales son realmente “metafísicos”, es decir, no empíricos, no sensibles; son energías-consciencia no ponderables (como el pensamiento y la consciencia mismas), pero no menos “reales” pues de ellos deriva la realidad transitoria de las cosas, su identidad, su medida y el ser de todo lo que existe. Y son ellos y no otra cosa los que se manifiestan como físicos a perpetuidad mediante la “coagulación-disolución” misma de sus cualidades y potencias, siendo la materia una de ellas, como la vida en toda su extensión. Ellos son en modo incondicionado lo que sus manifestaciones son en modo condicionado, del mismo modo que el cuerpo es la coagulación momentánea de facultades anímicas inherentes a la forma sutil del ser, y ésta es un “átomo” espiritual. (*) “Sin las formas esenciales o arquetipos, el mundo no sería sinó arena que se esparze.” (Ciència moderna y sabiduría tradicional. El origen de las especies. T. Burckhardt)

Pero a parte del relato bíblico, en el mundo occidental han florecido modelos cosmológicos de tradiciones diversas muy análogos entre sí (Hermetismo, Cábala…) e incluso con modelos orientales, persistiendo hasta bien entrada la era moderna. Y todos describen el Cosmos como manifestación finita de una realidad infinita e incondicionada que al reconocerse a sí misma como consciencia inaugura un proceso de interacción consigo misma desplegándose en Esencia y Substancia, Espíritu y Materia, y en última instancia, en sujeto y en objeto de sí misma. Dice la Càbala: “El mundo nace del conocimiento que tiene Dios de Sí-Mismo”.

En las cosmologías de Oriente, de igual modo, es por la interacción de estos dos aspectos del Uno (Âtmâ, Tai’Yi) pasivo uno y activo el otro, que se producen todas las cosas: Purusha y Prakriti, Yin- Yang, etc… principios que en cada nivel cósmico adoptan diferentes características y funciones, (Cielo y Tierra, macho y hembra, dia y noche, eléctrico y magnético, atracción y repulsión, coagulación y disolución, etc…) pues, es obvio que de la “nada”, del “azar” y de la pura inercia no procede nada, y menos la vida organizada y la consciencia, que vendrían a ser una verdadera anomalía del azar… una colosal “chiripa”… (1), tan colosal que, aún así, hasta el más ingenuo sospecharía…

“Aunque no tengo nacimiento y soy imperecedero, aunque soy el Señor de todos los seres, dominando (empleando) Mi Prakr.ti, nazco de Mi propia Mâyâ.” (Bhagavad Gîta 4. 6)

“Bajo Mi dirección (y teniéndome como Testigo inmóvil) la Prakr.ti produce lo móvil y lo inmóvil, lo animado y lo inanimado.” (Bhagavad Gîta 9. 10)

No puede omitirse que el oficialismo religioso europeo pierde poco a poco la capacidad de explicar estas cosas (estos “misterios”) con la coherencia lógica que merecen y no con las vaguedades alegóricas de pretensión dogmática que la caracteriza, cosa contra la que reacciona mal el materialismo filosófico y científico modernos, aunque hasta Feuerbach y Marx no se consolida como tal ni tampoco el ateísmo. Francis Bacon, Newton, Galileo, Leibniz, Descartes, Pascal, son precedentes de la ciència moderna pero, no obstante, defienden una causa espiritual del universo, es decir, una causa consciente superior. La modernidad, es cierto, no tiene el monopolio del ateísmo ni del materialismo aunque éstos la definan, sino la mentalidad “asúrica” (contraparte oscura de la “dévica”), nunca tan expándida y consolidada como ahora.

“Dicen (los seres asúricos) que este mundo es falso (que la existencia no tiene sentido), que no tiene fundamento (espiritual), ni tiene Dios. Dicen que su causa no es una sucesión regular de causas (de lo más sutil a lo más denso) sinó que está producido por el deseo y la casualidad. Agarrándose a este punto de vista, esos hombres extraviados, de intelecto limitado, embrutecido por lo material, entregados a acciones temibles, crueles y peligrosas para el mundo, buscan destruirlo.” (Bhagavad Gîta. 16. 8-9)

A parte de las tres religiones del Libro y de la cosmología grecorromana, las demás doctrinas tradicionales no hablan tanto de creación (sino es en sentido simbólico, metafórico), sinó de “manifestación”, naturalmente, la de un Principio inmanifiesto, produciéndose no sólo en el orden horizontal del tiempo, el espacio y la materia sensible, sinó en muchos órdenes verticales simultáneos, es decir estados, siendo aquel la coagulación transitoria de realidades superiores mucho más sutiles, con un “Motor Inmóvil” central como Principio permanente e invariable. “El Primer motor, dice Aristóteles, mueve no <empujando>, no<haciendo>, no produciendo, poniendo, construyendo o formando, sinó <atrayendo>.” (Metafísica. Libro XII. Cap. VII). Es la idea de un cosmos concéntrico, simultáneo y multidimensional: la proyección de una consciencia-energía (Shiva-Shakti) no-dual que se conoce a sí misma revelándose objetiva y subjetivamente en indefinidos estados o niveles de ella misma, revistiéndose para ello de las condiciones de cada uno; el mundo corpóreo es uno entre tantos, una generación-corrupción constante de formas vivas y conscientes como ella misma, sus “imágenes”.

“Soy Yo, desprovisto de toda forma sensible, quién ha desarrollado el universo; todo este universo está impregnado de Mi Forma no-manifestada.” (Bhagavad Gîta. 9. 4)

Decir que Dios, el Principio o la Consciencia universal (o Energía–Shakti- creadora universal) se ha “retirado” después de crear el mundo, es una manera simbólica de decir que reposa eternamente en su centro, y desde ahí regula y gobierna como un eje (Axis Mundi) las revoluciones de la Rueda de la Vida (Rota Mundi), o de “Su” vida tendríamos que decir… El mundo no podría “devenir”, es decir, circular, rotar, sin un centro, lo cual es lógicamente irrebatible. Todo mundo, toda realidad organizada tiene un centro neurálgico, como la consciencia en el ser humano, el corazón o el cerebro el cuerpo, o el sol nuestro sistema. Y el Mundo total no podría ser una excepción. De hecho debe existir una correspondencia precisa entre el Macrocosmos y el Microcosmos, pues el equilibrio es la ley fundamental allí donde diferentes tensiones e influencias entran en juego para producir algo, como también la identidad entre la causa y su efecto.

A ese centro se le podrían dar indefinidos nombres, también desde numerosos puntos de vista, aunque ninguno le hace justicia. La religión lo llama Dios; la metafísica tradicional Consciencia Suprema, Ser Supremo o Sí-Mismo; la física moderna “energía oscura”; la astronomía Big-Bang; la biología “principio antrópico”; la psicología ego o yo psicológico, etc… Sin embargo, es dificil definir con palabras algo que está incluso más allá de una relación dual de causa y efecto, de nombre y forma.

En todo caso, muchas de las concepciones científicas modernas provienen de un creacionismo religioso mal entendido que ha llevado a invertir de algún modo los términos normales después de haber eliminado alguno que no era de su gusto, dándole a la materia el estatuto ontológico mismo del espíritu junto con todos sus poderes y cualidades inherentes, después, claro está, de haberlo exiliado del dominio cósmico, natural, humano y vivencial.

El espíritu se ha confundido con el alma desde Descartes, y con sus estados infraconscientes desde Jung, por lo que ha quedado relegado a lo más bajo de lo vital. Hoy en día: “El espíritu es definido negativamente con respecto a la materia, y se le atribuye una <naturaleza mental> identificada con el <res cogitans> cartesiano.” (Ibn Asad. La Danza Final de Kali. Pg. 17).

La mentalidad de las sociedades modernas está impregnada de este estigma acuñado por un “materialismo científico” que ve como un “progreso” el desarrollismo industrial, inspirando por igual a formas de gobierno liberales-capitalistas tanto como comunistas-socialistas. Lo que Evola denuncia de ésta última ¿no podría decirse perfectamente de la otra? : “La filosofia oficial del bolchevismo es una forma de <hegelianismo> en que la <idea> se transforma en <materia> y el juego dialéctico de las oposiciones sirve como inicio de una explicación puramente mecànica del proceso, con respecto al cual cualquier forma de <idealismo> es considerado como mera <superestructura>”. (Americanismo y Bolchevismo. Julius Evola)

El resultado final es una concepción puramente mecánica y materializada del universo, la existencia y el ser. Y es por ello que no se encuentra rastro de esa peculiar concepción de materia ni de espíritu en las altas civilizaciones tradicionales y en general en todas las no modernas sin excepción, incluida la occidental hasta la modernidad, aunque es verdad que Demócrito es un antecedente epónimo del materialismo.

La “nada” precósmica, el caos del que saldrá el cosmos, es el vacío o no-existencia de “todo-otro-que-Él” o de esa Consciencia universal e incondicionada a la vez trascendente e inmanente; es ese todo potencial indiferenciado que aún no es nada pero que tiene la capacidad de dar soporte a todo. Ese y no otro es el significado de la “nada” bíblica, una pura potencialidad inherente a la consciencia. Dicho de otro modo, la Consciencia crea todas las cosas partiendo de su propia substancia (que no es más que ella misma auto-limitada, “coagulada”, objetivizada), auto-envolviéndose en ella y permaneciéndo en todas las cosas a la vez como núcleo esencial subjetivo y como periferia substancial objetiva. (Podríamos preguntarnos también qué materia es la que queda informada por la idea que tiene el arquitecto en su mente de la casa a construir). (2)

La “forma” con la que la materia queda diferenciada e “informada” (actualizada) no procede de ella misma –de la materia- sinó de su principio complementario luminoso (autoconsciente) que permite el paso de la potencia al acto. Si la materia es “oscura e informe” (Tohu-Bohu) es porque no tiene en ella misma la capacidad de la luz, de la idea, de la forma, del límite, del contorno, es decir, de la “imagen” (3), la cual procede de las luces o cualidades de la Consciencia Suprema (Espíritu o Principio de la Construcción universal, también llamado Gran Arquitecto del Universo). En efecto, en las tradiciones metafísicas orientales como el shivaismo cachemir o el Vedanta, las cualidades propias de esa Consciencia son Prakâsha (consciencia-luz), Vimarsha (consciencia-energía) y Svatantriya (libertad absoluta).

Como en un prisma, por poner un ejemplo, la luz pura e indiferenciada del intelecto cósmico (Buddhi, Mahat) queda refractada, es decir, diferenciada, en una serie de rayos de diferentes colores (cualidades) y formas al reflejarse en la materia (de sí misma) que le sirve de espejo. Realmente la materia no existe sino como consciencia o luz coagulada, reflejada. Y si ahora el concepto moderno la ve como una “forma sutil de energía” más que como algo “sólido”, es porque por sofisticados análisis que sufra nunca llegarán a un fin, a un verdadero “átomo”, siempre revelará alguna sub-estructura más profunda; todo lo corpóreo es extenso y por lo tanto indefinidamente divisible y sub-divisible; porque ella misma es imponderable separada de la consciencia formativa. Para la tradición, los materiales del mundo natural (grosero y sutil) son los cuatro elementos, que se contemplan como diferentes estados vibracionales de una misma cosa, del éter, “espacio” o Quintaesencia (el Akâshâ hindú), de naturaleza homogénea e isotrópica, el “lugar” y el medium de la vibración primordial.

“Comprende que los seres moran en Mi de manera anàloga a cómo el vasto viento permanece siempre en el espacio” (Bhagavad Gîta. 9. 6)

La concepción moderna, empero, afirma que la consciencia proviene por evolución de la materia, dando por supuesto que esa materia suya es portadora de toda posibilidad superior a ella misma (?). Eso es decir, como Lamarck, que la función y el uso hacen al órgano. Es muy significativo que las pautas más importantes que marcan la evolución del individuo humano procedan siempre de “fuera”, de estados ambientales a los que el individuo y su biología deben adaptarse. Los cambios genéticos, biológicos, moleculares, etc. se deben siempre a causas mayormente exógenas, de acciones del medio sobre los individuos y de hecho, desde esa concepción, son los individuos mismos los que hacen a la especie y no a la inversa. La materialidad y la exterioridad de las cosas parecen imponerse a la vida interior, como si el individuo y la especie no comprendieran en sí mismos las posibilidades mismas de ese medio y tuvieran que adquirirlas. El universo subjetivo de los individuos, el de su sensibilidad, consciencia, inteligencia, instintos, etc… son producto de fuerzas externas objetivas. El mundo objetivo, exterior, crea o fabrica por “azar” el mundo subjetivo y toda su indefinida riqueza, mucho más compleja, por cierto, que los sistemas fisiológicos. En suma, el mundo material exterior crea el mundo espiritual interior de los seres. Volvemos otra vez a constatar la manía de ver no solo separadas la naturaleza subjetiva y objetiva del ser, sinó a uno como producto del otro y no dos aspectos simultáneos de lo mismo.

 “Los –verdaderos- arquetipos se distinguen fundamentalemente sin separación en el interior del ser y en virtud de él, como si el ser fuera un cristal único y puro que, en su forma universal, contuviera todas las cristalizaciones posibles.” (T. Burckhardt. Ibid)

Que el orden de manifestación de la cosas suponga siempre la expansión de una potencialidad seminal que integra no solo el propio diseño de su estructura, sinó las pautas precisas de su desarrollo vital (que parecerían exógenas), es algo natural y evidente, pero parece no tener demasiada importancia para los científicos.

La ciencia tradicional anuncia desde siempre lo contrario que la moderna: que la materia es un modo de la consciencia, como también los seres, las formas y los mundos.  Y que la facultad -la potencia- crea al órgano y no un uso externo impuesto por la necesidad. “Lo oculto y lo manifiesto se generan mutuamente”, dice el Tao Te King (v. 2). Y que en última instancia, no existe dualidad irreductible entre ámbas, pues, tanto materia como forma tienen a su causa en esa consciencia, no precisamente antropomorfa sinó incondicionada (supraformal) pero incluyendo el poder de autolimitarse  y generar todas las formas posibles (la Shakti, la Maya  y la Prakriti del hinduismo). Y es interactuando con la materia de sí misma que se distinguen, proyectan o refractan dichas formas, es decir, mundos, reinos, criaturas y especies. El símbolo del Huevo Cósmico o Huevo del Mundo, muy común a muchas tradiciones, explica muy bien el proceso creativo o mejor “formativo” -morfogénesis- (4) de coagulación y desarrollo de las posibilidades contenidas en un mundo.

El Hiranyagarbha hindú es el “Huevo de Oro” o el cosmos embrionario con los tres mundos (Lokas) ya diferenciados (vida espiritual, vida anímica, vida somàtica). Su núcleo es el Bindu, el punto primordial, la gota (del Logos Spermatikos griego), la semilla de Brahma-Ishvara como fuente de todas las manifestaciones que se desplegarán durante el ciclo completo junto a sus diferentes subciclos (Kalpa, Manvántaras, Yugas). El Pinda (embrión corporal) es el Bindu coagulado en átomo individual (Anu), es pues, el prototipo formal de la individualidad (psicosomàtica), preexistente en modo sutil desde el origen mismo de la manifestación cíclica, integrado al Bindu como una pepita de granada dentro de su fruto. La analogía entre el micro y el macrocosmos proviene de la unidad original misma entre el Pinda y el Bindu, es decir, entre Jivâtmâ y Âtmâ. Ese Bija (semilla, germen) como modalidad de Bindu, “encarnará” en Pinda (semilla corporal) gestando dentro de la matriz el cuerpo grosero cuando las condiciones del ciclo sean las aptas para él.

“Luego hicimos que fuera una gota dentro de un receptáculo seguro. Luego transformamos la gota en un coágulo de sangre, creando una substancia como <masticada>.” (Corán 23:12-14)  Esta “gota” original que es el ser, cumplirá su propio ciclo para retornar después a la fuente.

La materia “prima” de los mundos es absolutamente ininteligible al no estar diferenciada y ser indistinta; es la materia “segunda”, ya cualificada de algún modo, la que se presta a este discurso, pero no gracias a ella misma sinó a las cualidades que le imprime la luz o la “energía” de esa Consciencia necesaria cuya “existencia” niega la ciencia moderna, a pesar de hacerse tan evidente en todas las cosas y en el hombre especialmente. La materia “prima”, dice R. Guénon: “…es el único principio que puede llamarse propiamente <ininteligible>, no porque no seamos capaces de conocerlo, sino porque no hay efectivamente en él nada que conocer.” (El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos. C-11. pg. 13)

La ciència empírica moderna no ha hecho sino substituir un modelo  anterior vivo, orgánico y multidimendional del universo (una verdadera Imago Mundi) por otro mecánico, como los propios artefactos que fabrica. ¿Qué Imago Mundi mental tiene el hombre moderno contemporáneo?

Para eso ha tenido primero que invertir el orden natural de las cosas, especialmente el concepto de calidad o cualidad por el de cantidad en todos los órdenes, presumiendo después de que es la cantidad de la que proceden por evolución todas las cualidades, en última instancia, la consciencia y la vida mismas, y eso es el materialismo. Sin embargo, nadie en su sano juicio podría afirmar que la cualidad sea reducible a la cantidad, bien a la inversa, la cualidad es absolutamente independiente de ésta. Del mismo modo, la naturaleza de la consciencia no es cuantitativa (ni “material”) sino puramente cualitativa; un grado “mayor” o “menor” de consciencia entre seres y especies no puede medirse por referencias cuantitativas sino por evidencias cualitativas, no materiales. Tampoco la finalidad de la inteligencia o la consciencia en el hombre es el poder fáctico de construir artefactos cada vez más sofisticados, desarrollar la tecnología, sino conocerse a ella misma en todo lo que tiene de profunda e ilimitada, en eso consiste su plenitud y su perfección.

La concepción lineal del tiempo añade a este proceso de “auto-superación” de la materia un sentido progresivo ( y “progresista”) indefinido, aunque el “ser” final se desconoce tanto como su modelo primigenio, y también sus etapas evolutivas precisas. No quedan rastros de ellas en el mundo vivo, los necesarios “eslabones perdidos”, por lo que dicha tesis, curiosamente basada, dicen, en supuestos “empíricos”, es la que menos tiene para apoyarse, viniendo a ser más bien una “filosofía” o una “confesión” en muchos casos, exigiéndo a la práctica un esfuerzo de mucha más “fe” en lo irracional que la propia religión. Es por ello que de ella se ha dicho que es la teoría científica moderna menos científica de todas. Advirtamos que la secuencia discursiva de una tésis, teoría u opinión puede ser correcta, lógica y razonable en su desarollo, pero falsa en su planteamiento, su punto de vista y en su idea original. En todo caso, los propios evolucionistas admiten, como Dobzhansky, que: “Las causas de la evolución y el modelo de los procesos que la originan distan mucho de ser comprendidos completamente.” (T. Dob. Nothing in Biology makes sese except in the light of evolution: American Biology Teacher 35. 125-129)

El tiempo en ningún caso es lineal sinó circular, y no progresa más que declina en cada revolución de cualquier ciclo dado. El movimiento cíclico es connatural al tiempo, y hablamos de él como si realmente supiéramos de qué estamos hablando, pero no es así. El tiempo es el elemento más abstracto del mundo sensible (natural), tanto que si no lo relacionáramos con el espacio sería para nosotros algo perfectamente ininteligible. En realidad nunca hablamos del tiempo sino siempre del movimiento, que es la resultante de la acción del tiempo sobre el espacio (5), de una influencia centrípeta (contractiva) sobre otra centrífuga (expansiva). Del más general al más particular todo movimiento es cíclico, consiste en una “circulación” de posibles regulada por el ritmo y la ley del número que se dan al unísono en sucesión. La visión cíclica del mundo no es más evolucionista que involucionista, sinó que se atiene a la realidad de las cosas en permanente revolución, siempre naciendo, creciendo, menguando y muriendo, sin detenerse el proceso en ningún momento. Es el Samsara védico y búdico, el Zoo-Díakos o Rueda de la Vida, o el Dunya islámico.

Siendo el ritmo cíclico una ley universal, podemos constatarla por doquier, en lo sideral y lo atómico, en lo natural y lo fisiológico, en el comportamiento de la materia, sus cambios de estado, su organización y su desarrollo, en los múltiples sistemas “circulatorios” de que se componen los cuerpos y las indefinidas estructuras y sub-estructuras que los sostienen. Esas formas, ciclos, modelos y patrones inteligibles que animan la materia dotándola de cualidades superiores, haciéndola consciente (luminosa) y útil, son los prototipos permanentes de la dinàmica de la consciencia universal, configurando a “su imagen” a todos los seres vivos (y a los mundos), por dentro y por fuera. La forma, siendo la condición que caracteriza principalmente todo estado individual, es el límite justo, el “campo” y la cualidad diferenciada de esa estructura multidimensional que es todo ser vivo.

A nivel sensible, las formas de los seres se confunden con el cuerpo y con la materia corporal misma, pero la “forma” no son los kilogramos de carne y hueso, como la forma de una jarra no es el agua que contiene. “La forma –morphos- de los escolásticos, señala Guénon, es lo que Aristóteles llama eidos y que esta última palabra es empleada igualmente para designar la <especie>, la cual es propiamente una naturaleza o una esencia común a una multitud indefinida de individuos, pues, esta naturaleza es de orden puramente cualitativo, pues, ella es verdaderamente <innombrable> (la especie), en el sentido estricto de la palabra , es decir, independiente de la cantidad, siendo indivisible y toda entera en cada uno de los individuos que pertenecen a esta especie, de tal manera que no está de ningún modo afectada o modificada por el número de éstos, y no es susceptible de “más” o de “menos”. Además, “eidos” es etimologicamente la “idea” no en el sentido psicológico de los modernos, sinó en un sentido ontológico más próximo del de Platón de lo que se piensa de ordinario.” (El reino de la cantidad y los signos de los tiempos. C.1. René Guénon. Éste define la esencia, asimilada aquí a la forma, como: “la síntesis principal de todos los atributos que pertenecen a un ser y que hacen que este ser sea lo que es, y que atributos y cualidades son en el fondo sinónimos”. También: “Mientras que la forma representa la esencia del objeto, de la sustancia, lo que hay en ella de universal, la materia representa lo que hay de particular, de distinto en la sustancia, La materia es, pues, principio de “individuación. La forma, por el contrario, representa no solamente la esencia de cada ser, sinó también su naturaleza”. Ibid)

Siendo la parte “esencial” del compost individual, la forma, a modo de molde, da también a la materia la figura y la apariencia del límite que adopta, como su constitución, aunque éstas no proceden de los propios individuos sinó de su especie, de su prototipo. “El alma, decia Aristóteles, es la “forma” del cuerpo”, diferente de su materia, el sello de identidad personal, diferenciada y singular del individuo y la especie. Como tales, las formas y las especies son las “esencias”, los “moldes” de su materia constitutiva; ella no hace sinó ajustarse al modelo de la forma misma de su especie, como la arcilla en manos del alfarero. Las formas, las “ideas” o las “almas” de los cuerpos son perennes, preexisten a los cuerpos como el diseño de la casa en la mente del arquitecto. Son prototipos los que dan la tipología propia a cada especie viviente, orgànica o inorgànica, molecular o biológica. Pero desgraciadamente: “La ciència moderna ignora lo que los antiguos designaban como <forma>.” (T. Burckhardrt. Ibid), pues, la materia, en efecto, es indefinidamente divisible (la extensa), pero la forma es indivisible.

El mundo mineral refleja una geometría casi perfecta que también contemplamos en lo sideral, una geometría que da pleno sentido a las formas (ver la geometría sagrada) y hacia la que parece tender sin lograrlo todo el mundo natural, que bien puede decirse que se despliega entre la esfera y el cubo como extremos formales. En la naturaleza no encontramos formas “puras” pero sí su momentánea corporificación aproximada. Son prototipos o aspectos eternos de una Consciencia universal que personificada convertimos en Dios, el Espíritu o el Creador (como un sujeto creador distinto de su creación u objeto) aunque en sí misma es necesariamente impersonal y no-dual, Consciencia cuyo aspecto dinámico o manifiesto está en un proceso de “auto-limitación” –o auto-creación- y “auto-liberación” perennes. El reflejo de sus luces en la “Superficie de las Aguas” (materia cósmica del universo sutil, las Aguas Superiores y las Aguas Inferiores de las antiguas cosmogonías; todo el estado corporal se gesta en las aguas) produce el espejismo de la creación, al coagular momentaneamente en prototipos cíclicos y éstos en formas vivas, reinos, especies y razas en el mundo corporal. Podríamos ejemplificar esta imagen con la de un fractal sino fuera porque éste último repite su misma forma general en todas sus partes y miembros, cosa que la consciencia no se repite a sí misma en clones sino en una variedad indefinida de formas y estados diferentes, aunque marcados todos por el número, la forma y el código, ya que de estados condicionados se trata. Si se pregunta por el principio de unidad necesaria de la especie, puede verse tanto en su prototipo formal único como en la singularidad de sus individuos, iguales todos a su especie pero únicos cada uno en sí, es decir, irrepetibles.

Todo individuo es una forma viviente, la unidad tipo de una especie dada. Es un todo en sí mismo y no una parte: es una totalidad contractada, “atomizada”. Y una de las principales funciones de la vida y de la especie es la de conservar la identidad, la forma y la integridad de los individuos y las especies dentro de un estado de cambio constante (generación-desarrollo-corrupción). Es el principio de unidad necesaria de toda forma de vida dentro de una diversidad cósmica en estado de devenir indefinido. En el hinduismo ese principio de conservación universal se lo llama Vishnu, aunque tiene muchos derivados. Y su acción se combina con la de otros dos tan necesarios como él en la manufactura del cosmos, un principio creador (paso de la potencia al acto), y otro destructor o transformador (6). Igualmente, toda forma de energía comporta estos tres elementos (positivo, negativo y neutro). Del universo puede decirse que está en permanente construcción  tanto como en constante destrucción, y del tiempo que es un comienzo perpetuo o un perpetuo final. De hecho, es por el equilibrio de ambos (coagulación-disolución) que la vida y el mundo se sostienen. Este principio de equilibrio o estabilidad en medio de la inestabilidad del cambio, se convierte en la “forma”, en una configuración estable que ha de perdurar como tal durante todo el ciclo vital de su mundo, como individuo y como especie, pues ambos son indisociables.

Eso es decir que a la realidad horizontal del cambio y el devenir de la materia y la energía (el Samsara. La energía al igual que la materia, no se crea ni se destruye, solo se transforma -1ª ley de la termodinàmica- siendo además “convertibles”) hemos de sumarle siempre la realidad vertical de lo simultáneo, la permanente acción de “presencia” de la Personalidad única y sus prototipos (nombres, luces, potencias, etc..) o energías, como la voluntad e inteligencia creadoras, inherentes a la consciencia universal misma. El abismo ontológico que separa al animal del hombre y al vegetal del animal no es horizontal ni sucesivo, sino vertical y simultáneo. Del mismo modo, de la química “inorgànica” a la “orgànica” va un salto (quizá “cuántico”) que ninguna cosmología tenía prevista… Para realizar su perfección, plenitud o finalidad los seres no pueden ni tienen que converirse unos en otros porque todos son ya formas de una misma unidad y porque “todo está en todo” (En to pan) simultaneamente pero en diferentes grados de “contractación”. En suma, el problema mayor y al parecer infranqueable de la ciència actual, y por extensión, del pensamiento moderno materialista: “resulta de su incapacidad de concebir <dimensiones> de la realidad que no sean encadenamientos puramente físicos.” (T. Burckhardt. Ibid)

La actualidad de lo “Real” es ahora y siempre, sin condiciones temporales ni espaciales, tanto como que el “origen” del tiempo es siempre “atemporal”. El Logos, Verbo o Palabra creadora, como expresión de la Consciencia o el Pensamiento divino, es eterno como Él. Es la consciencia creadora la que crea el tiempo y el espacio en un riguroso y permanente presente, y la continuidad alterna del tiempo es el testimonio de esa unidad simultánea que la sucesión parece negar sin lograrlo. El gesto o acto creador es rigurosamente actual; es “ahora” que todo se renueva, siendo pasado y futuro proyecciones ilusorias de la memoria y la imaginación respectivamente. El tiempo y el orden cíclico no son sinó la puesta en sucesión del perpetuo y simultáneo gesto creador en la forma de proyección (generación-conservación-transformación) de prototipos vivientes a “imagen suya”, revestidos de una materia que les sirve de soporte, el elemento sutil-formal y denso-material que luego habrá de nacer, crecer, menguar y morir en el mundo corporal para cumplir su ciclo y renovarse, pero sin perder la forma, es decir, la identidad en el proceso. Los evolucionistas no parecen darse cuenta de que cualquier modificación formal en la estructura viviente dentro de la cadena evolutiva de la especie, implicaría de algún modo y necesariamente la preexistencia de la nueva especie en la anterior.“Para que una especie pudiera surgir, debería esconderse en la sustancia viva de la especie existente algo que pudiera servir de <materia plàstica> a una forma específica totalmente nueva; en la práctica, una o más hembras de una especie ya existente, deberían engendrar <espontaneamente> frutos de una especie nueva.” (T. Burckhardt. Ibid) Pero esa “lógica” que invocamos aquí no la usan los científicos, no les interesa.

Para realizar la “plenitud “ y la “identidad” de sí misma, de su forma, una especie no necesita mutar en otra, al menos en “este” mundo, basta con que sus individuos desarrollen todas las posibilidades contenidas en ella, las acordes con el mundo o estado en el que se encuentran. En cuanto a la “perfección” de la forma, es lo que la escolàstica entendia por “entelequia”, cuando el sujeto se desarrolla de manera tal que alcanza el cúlmen de perfección que le es propia a su especie.

Cumplir con la condición, la ley, el estado, la norma o el deber natural (el Dharma hindú) de cada ser o especie, es lo más contrario a tomar otros ajenos para evolucionar (en el caso de poder ser); es como si para ser plenamente tú mismo y perfectamente consciente de tí mismo, tuvieras que dejar de ser quién eres, es decir, tú mismo, para ser otro.

Transmutación o metamórfosis no es transformación; lo primero es una modificación formal dentro de un mismo esquema o prototipo (del ser embrionario al adulto: huevo, capullo, oruga, mariposa); lo segundo es una “salida” de la forma, un ir más allá de la forma, tema que aquí no podemos desarrollar ahora pero que nada tiene que ver con un “transformismo” evolucionista. Una especie, un prototipo formal, se debe a él mismo, podríamos decir, “ab-eternum”, pues, nacen y mueren los individuos pero no la especie, que se perpetua a sí misma en ese proceso. Una especie puede aparecer y desaparecer, mejorar o degradarse, algunas incluso mezclarse (empaltes vegetales), pero no cambiar en otra diferente, su propia ley de conservación, de unidad y de identidad se lo impedirían. Su estatuto ontológico forma parte de un orden universal perfectamente sincrónico cuya unidad dinámica mantiene cada posibilidad en su nivel y estado própios, como es en la naturaleza los cuatro reinos mineral, vegetal, animal y humano. Naturalmente, el orden “total” abarca lo físico y lo metafísico, lo visible y lo invisible.  ¿No se piensa que el evolucionismo da por supuesta la preexistencia, en el modo que ahora conocemos, del tiempo, el movimiento, el espacio, la energía y las leyes físicas, etc… ¿De donde surgen éstas?

Además, desde ese punto de vista, al no ser ninguna especie efectivamente un “prototipo” formal sinó un mero accidente, el híbrido transitorio de una especie a otra en formación hacia una “super-forma” o “super-especie” definitiva, la identidad y la continuidad ontológica necesaria del presente y de la propia especie, queda abolida, sólo existe el tiempo lineal, el pasado y el futuro pero sin un presente que los unifique dándoles la “realidad” actual necesaria; no hay “ser” sino solo “devenir”. (7) Así, el tiempo nunca fue “presente”, ni hubo consciencia humana de eso hasta ahora, ni era cíclico, por lo visto era una ilusión del “homínido” pre-moderno.

Por otro lado, si la ley de la evolución fuera real y una condición cósmica fundamental, podría observarse en todo y en todas las cosas; se allarían restos por doquier de las fases mutativas, especialmente en los registros fósiles, ya que son muchas (indefinidas) las especies en juego, cada una con su diferente grado de evolución. Todas las altas civilizaciones hubieran hablado de ella. Toda la naturaleza estaría implicada desde siempre, constantemente, y todas las especies y reinos por descontado, si es que todo viene de una “sopa” precósmica y un azar químico auto-evolutivo. Sería una evidencia que no hubiera tenido que esperar al hombre moderno para ser descubierta, o como mínimo podríamos observar miles de testimonios de ella. No es casual que sea el pensamiento científico, materialista, progresista y tecno-industrial quién ha urdido la hipótesis del evolucionismo: naturalmente, con el hombre moderno como su espécimen más avanzado, más “evolucionado” (?).

El elemento vertical de la forma y el horizontal de la materia (para emplear la términología aristotélica, aquí la del Hyle-Morfismo, madre lejana del pensamiento occidental y en buena parte moderno), son ambos inseparables a la hora de concebir de la manera más aproximada e inteligible la naturaleza real y la estructura de nuestro mundo, el mundo natural. La materia recibe del prototipo formal-sutil las cualidades que la diferencian en elementos complementarios. Se opera una vibración armónica (el Fiat Lux, el Logos, Verbo o Palabra creadora, el AUM) en la homogeneidad etérica (materia prima) que al romperse produce, por polarización de sus cualidades respectivas (frío-calor, húmedo-seco), los cuatro elementos que darán cuerpo a la forma. Esta vibración le imprime a la materia no solo su sello, la forma, sinó también la vida, la “anima” (luz: consciencia, forma; calor: vida, movimiento, circulación), por lo que toma las características mismas de la energía que la informa. Y no es extraño que, ante el permanente desconcierto de nuevos aspectos desconocidos de la materia, la ciencia moderna la asimile finalmente a “formas” de energía. Los principales sistemas corporales (circulatórios) se relacionan precisamente con esas dos cualidades, luminosa y calorífica, como el nervioso, el sanguíneo, el digestivo, etc…

Por sí misma, la materia (prima), que ejemplifica la inercia perfecta, no tiene ninguna cualidad positiva ni activa, como no sea la pura receptividad, la plasticidad indefinida, es decir, la potencialidad negativa, y por lo tanto ininteligible. Esa forma que se le imprime para producir mundos, especies e individuos, es una determinación, a un nivel dado, de la identidad, singularidad o personalidad de la Consciencia; tiene la función de molde y de sello, de prototipo, y los cuerpos son su resultado coagulado, su copia en materia sensible. Como estado general dentro del conjunto cósmico, el de la forma y la materia del mundo natural (el de la generación y la corrupción, el mundo “sublunar” de los antiguos), no representa una posibilidad superior del ser, sino de su estado psicosomático sometido a la “corriente de las formas” en tanto individuo, pero no en tanto prototipo de una identidad única, estable y real,  no mudables.

Mutando constantemente, al desarrollarse en el devenir temporal de su ciclo vital, los cuerpos permanecen sin embargo dentro de su forma original, en la cual está delimitada su individualidad y su especie. En efecto, individuo significa no-divisible, es decir, átomo, lo que por su simplicidad y singularidad ya no puede dividirse o sub-dividirse más. Ese es el caso del individuo, de la especie y del prototipo formal. Éste contiene en sí mismo, además de toda las posibilidades de la especie, el programa completo de todo su desarrollo vital-individual, como el embrión o la semilla físicos, aunque aquí en el orden de las formaciones sutiles o prototipos corporales. Ninguna cosmología tradicional ha ignorado que lo que llamamos materia no es más que una abstracción del pensamiento, ya que únicamente la podemos concebir por sus estados ya diferenciados, sea a nivel sutil o grosero-sensible, sólo la podemos nombrar ya cualificada, es decir, siempre en relación a su forma; una materia “informal” es inconcebible.

La “embriología” es apenas un pequeño aspecto de todo un andamiaje complejo pero invisible que se concretiza y objetiviza en el orden corporal. Nada de lo que integra éste último podría escapar nunca de las pautas inherentes a su modelo sutil y por ende cósmico, tal y como el estado corporal al completo estaba integrado en su totalidad en el diminuto embrión humano. A una morfogénesis (hylemorfismo) en el orden sutil y corporal-material precede una cosmogénesis y a esta una ontogénesis necesaria como determinación primera del ser universal mismo. La palabra griega êidos, que le sirve a Platón para desarrollar la doctrina de los arquetipos, proviene de êidon, que significa “yo vi” (en latín videre) y “obra” (de ahí éidôlon: imagen, y idónêo: lo adecuado, lo apropiado), en el sentido de principio formal (Logos) de todas las cosas, las cuales siguen todas en su constitución a su “tipo” (del griego typos: modelo, caracter grabado, imagen, huella, como el hebreo “tselem”).

“Las <palabras> (nombres, verbos, ideas, formas) son las verdades profundas de las cosas existenciadas y sus seres esenciales.” (Addur Razzaq Al-Qachani. Comentario esotérico del Corán. La Fatiha)

No es casualidad que los principales detractores del evolucionismo transformista sean mayormente especialistas en física molecular y genetistas, pues es en este campo donde mejor se observan las contradiciones y las imposibilidades de la tésis. (8)

Suponer que no existen leyes sutiles o energías formativas que actúan sobre la materia procedentes de una voluntad consciente, que el mundo no es producto de un plan inteligente, “que no tiene fundamento espiritual ninguno”, es afirmar que un azar (algo ni siquiera infra-consciente) crea el orden universal y el particular, los géneros y las especies, pero sobretodo y lo más importante la consciencia; un azar, ignoto hasta para sí mismo, que crea, conserva y transforma todas las cosas  además de establecer una justa jerarquía entre ellas y entre órdenes diferentes de realidad. Supone un universo incongruente: animado y consciente en sus criaturas y dominios (en lo particular) pero no en su unidad de conjunto (en lo universal), un cuerpo sin cabeza o una cabeza sin cerebro (?). Supone que la consciencia individual, aquella que se cuestiona a ella misma y que es consciente de que es consciente, carece de un principio de consciencia universal sino que es fruto de una casualidad químico-material.

Hasta un teórico del azar evolutivo como el premio Nobel Jacques Monod, ha de buscarle al azar una “compañera” para “jugar”: la “necesidad”, partiendo de ese necesario binomio para poder especular sobre los orígenes y los desarrollos, ya sean “imaginarios”, pues la lógica de la razón, dual en este caso, así lo exige. Y omitimos muchas otras inconsecuencias que genera tal suposición, planteando muchas más preguntas que respuestas y opiniones que certezas. (9)

Creer que el orden cósmico viene del azar y es un producto actual del azar, es confundir el cosmos con el caos, un caos puramente cuantitativo, material e inconsciente, es decir, perfectamente imaginario en el peor sentido. No es otra cosa la supuesta “sopa cósmica” de la que habla la física moderna, una sopa solitaria y estúpida, sin ningún “viento” del espíritu o luz alguna que aletee por encima de ella. Y si el evolucionismo transformista pretende hacer de ese caos un cosmos, será siempre un cosmos a su imagen y semejanza, una caricatura, no un verdadero cosmos. Por mucho que gire y ”evolucione”, la rueda del Samsara nunca llegará al Nirvana. Al Nirvana solo se accede saliendo de la noria, por el centro o por el “Eje de la Rueda”.

En definitiva, llamamos evolución al desarrollo expánsivo que antecede a toda madurez adulta y a su involución contractiva. Fuera de este ciclo universal, de esta rueda, no podría haber evolución indefinida ninguna, acaso en el orden vertical ascendente, no horizontal, aunque ese caso también culminaría en su Principio superior o Centro invariable. La vida no evoluciona sino que se perpetua mediante ciclos de evolución e involución.

En cuanto a la “selección natural” por adaptación, otro de los ejes del tema que no se han tocado, si una forma de vida especial no encuentra en su medio propio y natural las condiciones necesarias para su desarrollo vital, se extingue o emigra, no “muta” biologicamente para adaptarse. En cuanto al hombre, sigue las mismas pautas con mayor libertad, pues puede, no ya adaptarse al medio, sino adaptar el medio a él, como siempre se ha visto en las culturas y pueblos especialmente sedentários. Y es de un simplismo inaudito ver en la “ley del más fuerte” (la ley de la selva llamada “selección natural”) la clave del asunto. Al revés, el equilibrio entre lo fuerte y lo frágil, lo grande y lo pequeño (micro y macrocosmos), lo longevo y lo efímero, lo sutil y lo grosero, es precisamente en lo que consiste el programa de la naturaleza, la “Madre” naturaleza, vilipendiada ahora por la misma mentalidad que la ve tan solo como interacciones químicas o materias potencialmente rentables. Lamentablemente, no se ve el mundo como espejo del Arte o del Juego de la Consciencia, sino como un plan material progresivo de objetos de consumo sensible.

En resumen, para comprender un poco el programa de la vida y su finalidad última, no basta con analizar, mediante complicadas prótesis técnicas de los sentidos humanos, su componente material-sensible, que es apenas una fina película de la realidad total, sino comprender por síntesis su estructura esencial y sus pautas más universales. No puede deducirse el todo por una parte, ni lo “más” a partir de lo “menos”, ni confundir la realidad con las apariencias, ni separar al sujeto que conoce del objeto conocido, pues forman siempre una unidad indisoluble. Y en este sentido, a veces son más iluminadoras las palabras de un hombre espiritual que las de un científico moderno, cuya jerga no es realmente científica, sino puramente especulativa: “El mundo no existe sin el cuerpo, el cuerpo nunca existe sin la mente, la mente nunca existe sin la consciencia, y la consciencia nunca existe sin la Realidad (del Si mismo o Conciencia Suprema.” (Ramana Maharshi. Sea como usted es. pg. 14) 

*.- En el Shivaismo Cachemir es el Cid-Anu o mónada espiritual de consciencia como primer resultado de Akhyati o auto-limitación de la infinitud-plenitud de Paramashiva; es el Jiva védico como réplica formal de Àtmâ. La doctrina tradicional de los números, nombres, medidas o “cualidades”  universales, y el papel creador y ordenador que le confieren todas las ciencias sagradas, ilustra muy bien el paso de la unidad (el punto) a la multiplicidad (circunferencia) y el orden mismo de la creación, doctrina que ignora la ciencia moderna al darle al número una asignación meramente cuantitativa, la propia de la cifra.

1.- Decía E. F. Schumacher (Guía para los perplejos) sobre la teoría moderna del “azar”, que de ser cierta equivaldría, para poner un ejemplo, a desparramar un saco enorme de letras sueltas al suelo y quedar todas perfectamente ordenadas por palabras y frases componiendo, por casualidad, la Divina Comedia. Pero “causalidad” no es casualidad. También Fred Hoyle dice: ”La formación de una célula viva a partir de la materia inanimada es tan probable como el ensamblado de una avión 747 por un torbellino que pasa a través de un depósito de chatarra”. Y Chandra Wickramasingue: “La probabilidad de la formación de la vida a partir de la materia inanimada es alrededor de 1 seguido de 40.000 ceros… Es suficientemente grande para sepultar a Darwin y toda la teoría de la evolución.”

2.- Esa es la doctrina del Shivaismo advaita cachemir, la contracción (Akhyati) del Infinito (Paramashiva) a fin de asumir un límite para auto-revelarse a Sí mismo (Shiva) en modo distinto y finito. De igual modo la doctrina del Zim-Zoum de la Càbala luriánica, el En Sof haciendo un vacío en sí mismo, autolimitándose a fin de manifestar el universo, que no es otro que él mismo en modo condicionado y diverso. Es un proceso de diferenciación (por limitación) a partir de un todo potencial que sólo aparentemente se polariza (Esencia-Substancia, espiritu-materia), pues la interacción mútua de los polos son la propia dinámica de su unidad indivisible o no-dualidad.

La célula y su forma es una imagen muy gráfica de lo dicho, la entidad corpórea más simple, un círculo con su centro destacado. La polarización de su núcleo en dos focos o polos crea el huevo (que es “oval” u “ovalado”, no circular), y de él surge el ser vivo corporalmente completo pero sin desarrollar. La unidad se refleja a ella misma produciendo el dos y el tres simultaneamente. La yema o el núcleo es el ser esencial mismo coagulado, y la clara también como medium alimenticio y locativo del que se reviste, depende y se inserta; la cáscara es su cobertura y su protección exterior. Por ello dice la Cábala que el mundo material, el mundo sensible, “exterior”, es el mundo de las “cáscaras” (qifloth). Los tres elementos del huevo ejemplifican aquí muy bien (dentro del orden corporal mismo), la triple realidad espiritual, anímica y corporal del ser.

El apaño que intentó hacer el teosofísta jesuita Theilard de Chardin entre evolucionismo moderno y creacionismo cristiano, lo sacó en parte de las doctrinas de H.P. Blavatski y de su propia fantasía religiosa, obteniendo cierto favor por parte de algunos sectores de la iglesia.

3 .- En la bíblia la palabra imagen es en hebreo tselem, que también tiene el sentido de negativo, molde, forma, huella. La palabra griega idea (eidos) también significa lo mismo, prototipo, forma. El griego typos significa también impresión, huella, modelo, patrón.

Ver la Teoría de las Formas de Platón, también en Ireneo, Dionisio Areopagita… Platón dice en el Crátilo que sin las Formas en este mundo no habría estabilidad, todo sería flujo sin coagular (arena que se esparce). No habría tampoco conocimiento, pues son las formas las que hacen inteligible el mundo, ni habría lenguaje referencial, pues los argumentos proceden de las Formas, no van hacia ellas …. En Platón la Forma es, en el ser, “lo que es” (to ho estin. Banquete, Fedón) o bien “lo que está siendo” (to ontos on. Fedro), diferenciándolo del Devenir y del cambio, de lo que “deviene” y no es. Son los “Universales”, no conceptos mentales de seres particulares, sino la “presencia” de los Universales que determinan las cosas particulares por lo que son. La trascendencia de las Ideas se refleja directamente en la inmanencia de ellas en los particulares. Las Ideas-Formas inteligibles son ontologicamente independientes de sus copias sensibles en estado de devenir, existen por sí mismas antes y después de iluminar la materia que vehicula la forma. Ellas no pertenecen al devenir sino al ser, al Nous, al nóumeno no al fenómeno. Y el modo de acceso a las Ideas o Formas de la Inteligencia cósmica, es por la visión intelectual, la intuición de los modelos perennes, ya que son precisamente los objetos y modelos mismos del intelecto y la consciencia.

Aristóteles toma el concepto de “forma” de la geometría, la “figura” de los cuerpos espaciales, terminación o “límite” de la realidad corpórea. Cada cosa tiene la forma que debe tener, la forma define la cosa, es el significado y el sentido de la cosa, la finalidad, el “telos”: fin, no en cuanto causadas mecanicamente sinó en tanto dispuestas para la realización de un fin. La definición (a un nivel) de una cosa implica su finalidad, la forma o conjunto de aspectos esenciales que imprime en lo “formado” el sentido y la función para la que sirve. Forma: principio causal esencial inteligente que hace ser lo que es a la cosa dándole sentido y finalidad (“telos”, de ahí teleología: ciència de los fines), Gracias a la forma las cosas son inteligibles, no es por conocer su materia que conocemos la cosa sinó por su forma o esencia.

Aunque parezca raro, el sabio C.G. Jung no entendió nada en absoluto de esta teoría, de la que toma prestado el concepto de arquetipo pero ubicándolo en las cloacas del psiquismo.

4.- La Cábala hebráica distingue muy bien la acción de “crear” de la de “formar”. De hecho establece una jerarquía precisa de modos de “obrar” la manifestación el Ser Universal, el Ain Sof o Infinito: Nombrar (“llamar” de la nada a la existencia, del no-ser al ser), Crear, Formar y Hacer. En el primer caso, todas las cosas manifestables no son sino atributos de este Ser, sus “nombres”; todas las cosas están prefiguradas en sus arquetipos o nombres eternos y por lo tanto inmanifestados, siendo de ahí de donde extraen su identidad misma y su ser propio. “En la teología cristiana aristotélica, dice A. Orozco-Delclos, la omnipotencia que pone al ente en la existencia, más que un <hacer>, poner o construir, es un <llamar> –nombrar- tan poderoso que la misma llamada otorga el ser” (Teología Natural: De Aristóteles al personalismo.)

En el segundo y mediante la aparición de una segunda diferenciación o polarización, dichos nombres o modelos eternos se reflejan en la “Superficie de las Aguas” (o Aguas superiores) en modo de prototipos, aún informales pero determinados ya por una cualidad propia universal pero potencialmente particularizable. En el tercero, los prototipos toman forma y se revisten de una materia aún sutil pero diferenciada, “formando” o cincelando en ella los diferentes tipos criaturales. En el nivel del hacer, del factum sensible, dichos tipos o prototipos formales se revisten de materia densa y ya diferenciada en los cinco elementos, principios éstos a su vez, del aparato psicosomático del individuo. Todas estas “acciones” son simultáneas, están integradas en la vibración (el Zim-Zoum cabalístico, el AUM védico, el Spanda shivaita, el Logos platónico, el Verbo cristiano) primordial de la Energía (Shekinah, Shakti) de la Suprema Consciencia.

En cuanto a la “pangénesis” de Aristóteles que retoma Darwin, carecía totalmente de evidencias como demostró su primo Francis Galton, reemplazándose después por las leyes de Mendel y su descubrimiento de los genes.

5.- El tiempo y sus fases cíclicas “cuadra” y conforma el espacio, lo construye, lo conserva y lo destruye. Es la ley de la Rueda de la Vida y sus circumbalaciones, pero él mismo no es sinó un impulso ordenador procedente de más alto, del Eje de la Rueda. Ahí, en el Centro, el tiempo no gira ni podría ser sucesivo sinó simultáneo. Todas las vueltas y todos los ciclos se ven desde ahí en perfecta sincronía.

6.- Son el Brahma-Ishvara (creador), Vishnu (conservador) y Shiva (destructor) del hinduismo.

7.- Ni física ni metafisicamente existe el pasado ni el futuro, uno porque ya fue y el otro porque aún no es…

8.- En España por ejemplo son bien conocidos los trabajos de Máximo Sandín y de Mauricio Abdallah, entre otros.

9.- Preguntas surgen tantas que es dificil resumirlas.

¿Qué vino antes el ADN o las proteinas necesarias para el ADN, las cuales solo pueden ser producidas por el mismo ADN?

¿Fósiles y registros geológicos de especies en transición? “Las criaturas llegan al registro fósil aparentemente de ningún lado, misteriosamente, de repente, completamente formadas, de una forma no muy <darwiniana>?” (Francis Hitching)

¿Donde se ha observado la macro-evolución alguna vez?

¿Órganos tan complejos como el ojo, el oído o el cerebro, cómo pudieron aparecer por casualidad o gracias a procesos fortuitos y erráticos?

¿Cuales serían los antepasados evolutivos de los insectos?

¿Por qué si la teoría del Big Bang contradice todas las leyes de la termodinàmica se insiste en reafirmarla?

¿A donde se fue todo el hélio del Big Bang?

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