Louis Pauwels y Jacques Bergier – Algunos años en el más allá absoluto

Louis Pauwels y Jacques Bergier fueron los escritores del libro El Retorno de los Brujos, publicado en el año 1959. Durante muchos años, fue un libro muy vendido. Pero, a partir de los años 90, fue descatalogado. Este libro relata historias de personajes insólitos y lo que hicieron, un libro que explica de manera fehaciente temas no recurridos por la literatura moderna, tales como la Alquimia, Civilizaciones Perdidas, la Bomba Atómica, la Ciencia Ocultada, Lugares Secretos y Míticos, Orientalismo, Nazismo Esotérico, Parapsicología, los Iniciados, Sociedades Secretas, la Teosofía, o la base erronea de la Ciencia Moderna. Y, sobretodo, un libro básico para introducirse al esoterismo de una forma rigurosa y seria. Un libro que no deja indiferente a nadie que lo lea. En este libro se incluye, también, la única entrevista realizada por los autores a uno de los genios de los últimos 100 años: Fulcanelli.

BergierJacques Bergier (1912-1978) fue un escritor, ingeniero y periodista francés de origen ruso. Publicó numerosos textos de carácter esotérico y ocultista. Como ingeniero participó en el descubrimiento del agua pesada como freno a los electrónes y la síntesis del polonio. Durante la Segunda Guerra Mundial formó parte de la resistencia francesa. De entre sus libros, destacan Guerra Secreta bajo los OcéanosExtraterrestres en la HistoriaEl planeta de las posibilidades imposibles, y Los libros condenados. En este último libro, Bergier propone una interesante hipótesis, la cual dice que el autor del Manuscrito Voynich poseía conocimientos extraordinariamente avanzados y demasiado peligrosos para el mundo moderno, por ejemplo el secreto de las estrellas novas, por lo cual los ocultó para evitar nuestra propia autodestrucción. Hergé, el dibujante belga que creó a Tintin, le caricatuzó para un personaje en uno de sus ejemplares: Vuelo 714 a Sydney.

m_238261621_0Louis Pauwels (1920-1997) fue un escritor y periodista francés, de origen belga. Fue un hombre polémico que dirigió la revista del diario Le Figaro. Se hizo famoso en 1960, cuando publicó, junto con Jacques Bergier, el libro El Retorno de los Brujos. Según él mismo afirmó, ese libro postulaba que los brujos, las fuerzas irracionales e instintivas, lo fantástico, existen. El libro fue un best-seller que se discutió acaloradamente en todo el mundo. En esa misma línea, en 1961 sacó la revista Planeta, donde se hablaba de la relación entre ciencia y política y se tocaban temas como la investigación esotérica, las medicinas paralelas, el orientalismo, los fenómenos paranormales y los visitantes de otros mundos. Fue, también, el autor de dos biografías. Una, la del esotérico ruso George Gurdjieff, que fue su maestro. Una vez dijo que de él había aprendido un adecuado comportamiento del yo y que el ocultista enseñaba a no temer nada y no esperar nada. La otra biografía fue la de su amigo Salvador Dalí, pintor español. Durante los últimos 20 años de su vida, se especializó en el análisis político. Una vez dijo, lo que me interesa de los Estados Unidos no son los parásitos intelectuales de Nueva York sino los verdaderos norteamericanos. Yo no estoy con Woody Allen, estoy con John Wayne.

En esta ocasión, rescatamos la segunda parte del libro El Retorno de los Brujos, que lleva por título Algunos años en el más allá absoluto, por ser totalmente desconocida por el mainstream histórico actual en nuestra sociedad: el Nazismo Esotérico. Un tema espinioso, desconocido, pero no menos interesante.

I

Durante la ocupación, vivía en París, en el barrio escolar, un viejo muy original que se vestía como un burgués del siglo XVII, leía sólo a Saint-Simon, comía alumbrándose con antorchas y tocaba la espineta. No salía más que para ir al colmado y a la panadería, cubriendo con un capuchón su peluca empolvada y vistiendo una hopalanda que dejaba ver sus medias negras y sus zapatos con hebillas. El tumulto de la Liberación, el tiroteo y la agitación popular le molestaron. Sin comprender nada de lo que pasaba, pero agitado por el miedo y la indignación, salió una mañana al balcón, con su pluma de oca en una mano y flotando su pechera al viento, y gritó, con la fuerte y extraña voz del solitario:

-¡Viva Coblenza!

La gente no comprendió, viendo sólo lo singular de su actitud; los vecinos, excitados, tuvieron la impresión instintiva de que un hombre que vivía en otro mundo tenía pacto con el mal; el grito parecía alemán, subieron, derribaron la puerta, le apalearon, y el hombre murió.

Aquella misma mañana un joven capitán de la Resistencia que acababa de conquistar la Prefectura, mandaba cubrir dé paja la gran alfombra del despacho y disponer en haces los fusiles, a fin de sentirse vivir en un cuadro de su primer libro de Historia.

A la misma hora, se descubría en los Inválidos la mesa, los trece sillones, los estandartes, las ropas y las cruces de la última asamblea de los Caballeros de la Orden Teutónica, bruscamente interrumpida.

Y el primer carro del Ejército Leclerc franqueaba la puerta de Orleáns, signo aplastante de la derrota alemana. Lo conducía Henri Rathenau cuyo tío Walter había sido la primera víctima del nazismo.

De este modo, una civilización, en un momento histórico, y a la manera de un hombre embargado por la más viva emoción, revive mil instantes de su pasado, según un orden y en una sucesión aparentemente incomprensibles.

Giraudoux explicaba que, habiéndose dormido un momento en la trinchera, mientras esperaba la hora de ir a relevar a un camarada muerto durante un reconocimiento, le despertaron unos pinchacitos en el rostro: el viento había desnudado al muerto, había abierto su cartera y proyectaba sus tarjetas de visita, cuyos cantos golpeaban la mejilla del poeta. En aquella mañana de liberación de París, las tarjetas de visita de los emigrados de Coblenza, de los estudiantes revolucionarios de 1830, de los grandes pensadores judíos alemanes y de los Hermanos Caballeros de las Cruzadas, volaban con muchas otras, sin duda, en el viento que arrastraba los sones de la Marsellesa.

Si sacudimos la cesta, todas las canicas salen a la superficie en desorden, o mejor, según un orden y unos razonamientos cuya determinación sería de una complicación infinita, pero en los que podríamos descubrir infinidad de esos encuentros chocantes e iluminadores que Jung llama coincidencias significativas. La admirable frase de Jacques Rivière es aplicable a las civilizaciones y a los momentos históricos: «Al hombre le ocurre lo que se merece, sino lo que se le asemeja.» Un cuaderno escolar de Napoleón termina con estas palabras: «Santa Elena, pequeña isla.»

Es una lástima que el historiador juzgue indigno de su ciencia el consignar y examinar estas coincidencias que entreabren bruscamente una puerta sobre otra cara del Universo en que el tiempo no es ya lineal. Su ciencia lleva retraso en la relación con la ciencia en general, que, tanto en el estudio del hombre como en el de la materia, nos muestra unas distancias cada vez más reducidas entre el pasado, el presente y el porvenir. Unas vallas cada vez más delgadas nos separan, en el jardín del destino, de un ayer totalmente conservado y de un mañana enteramente formado. Nuestra vida, como dice Alain, «se abre a grandes espacios».

Existe una florecilla extremadamente delicada y bella que se llama saxífraga umbría. Se le llama también «la desesperación del pintor». Pero ya no desespera a ningún artista, desde que la fotografía y otros muchos descubrimientos han librado a la pintura de la preocupación por el parecido externo. El pintor menos joven de espíritu, no se sienta ya ante un ramo como solía hacer antaño. Sus ojos ven algo distinto del ramo, o mejor, su modelo le sirve de pretexto para expresar, por medio de la superficie coloreada, una realidad oculta a la mirada del profano. Trata de arrancar un secreto a la creación. Antaño, se hubiera contentado con reproducir las apariencias tranquilizadoras y, en cierto modo, participar en el engaño general sobre los signos exteriores de la realidad. «¡ Ah! ¡Esto ha sido escupido!» Pero el que escupe está enfermo. En el transcurso de este medio siglo, no parece que el historiador haya evolucionado como el pintor, y nuestra historia es tan falsa como lo eran un seno de mujer, un gatito o un ramo de flores bajo el pincel petrificado de un pintor conformista de 1890.

«Si nuestra generación -dice un joven historiador- quiere examinar con lucidez el pasado, tendrá ante todo que arrancar las máscaras tras de las cuales los artífices de nuestra Historia permanecen ocultos… El esfuerzo desinteresado realizado por una falange de historiadores en favor de la simple verdad es relativamente reciente.»

El pintor de 1890 tenía sus «desesperaciones». ¿Y qué decir del historiador de los tiempos presentes? La mayoría de los hechos contemporáneos se asemejan a la saxífraga umbría: son la desesperación del historiador.

Un autodidacta delirante, rodeado de algunos megalómanos, rechaza a Descartes, barre la cultura humanista, aplasta la razón, invoca a Lucifer y conquista Europa, fallando por poco en la conquista del mundo. El marxismo arraiga en el único país que Marx juzgaba árido. Londres está a punto de perecer bajo una lluvia de cohetes destinados a alcanzar la Luna. Las reflexiones sobre el espacio y el tiempo desembocan en la fabricación de una bomba que aniquila doscientos mil hombres en tres segundos y amenaza con aniquilar la propia Historia. ¡Saxífragas umbrías!

El historiador empieza a inquietarse y a dudar de que su arte sea practicable. Consagra su talento a lamentarse de no poder ejercitarlo. Es lo que suele verse en las artes y las ciencias en los momentos de sofocación: un escritor trata en diez volúmenes de la imposibilidad del lenguaje, un médico estudia cinco cursos para explicar que las enfermedades se curan solas. La Historia pasa por uno de estos momentos.

M. Raymond Aron, rechazando con gesto cansado a Tucídides y a Marx, declara que ni las pasiones humanas, ni la economía de las cosas bastan a explicar la aventura de las sociedades. «La totalidad de las causas determinantes de la totalidad de los efectos -dice, afligido- rebasan la comprensión humana.»

M. Baudin, del Instituto, confiesa: «La Historia es una página en blanco, que los hombres pueden llenar como les plazca.» Y M. René Grousset lanza al cielo vacío este cántico, casi tan desesperado como bello: «Lo que llamamos Historia, o sea la sucesión de imperios. de batallas, de revoluciones políticas, de fechas sangrientas en su mayoría, ¿es realmente la Historia? Os confieso que yo no lo creo, y que, al hojear los manuales escolares, suelo borrar con el pensamiento más de una cuarta parte… »La Historia verdadera no es la del vaivén de las fronteras. Es la de la civilización. Y la civilización es, de una parte, el progreso de la técnica, y, de otra, el progreso de la espiritualidad.

Podemos preguntarnos si la Historia política, en buena parte, no es más que una historia parásita.

»La Historia verdadera es, desde el punto de visita material, la de la técnica, disfrazada por la Historia política que la oprime, que usurpa su lugar y hasta su nombre.

»Pero la Historia verdadera es, todavía más, la del progreso del hombre en su espiritualidad. La función de la Humanidad consiste en ayudar al hombre espiritual a desprenderse, a realizarse; en ayudar al hombre, como dicen los hindúes en frase admirable, a convertirse en lo que es. Ciertamente, la Historia aparente, la Historia visible, la Historia superficial, no es más que un osario. Si no hubiese más que esto, sólo tendríamos que cerrar el libro y esperar la extinción en el nirvana… Pero yo creo que el budismo ha mentido y que la Historia no es esto.»

El físico, el químico, el biólogo, el psicólogo, -durante los últimos cincuenta años, han recibido grandes choques, yendo a dar, también ellos, con las saxífragas umbrías. Pero hoy no manifiestan ya la misma inquietud. Trabajan, adelantan. Estas ciencias tienen por el contrario, una extraordinaria vitalidad. Comparad las construcciones arácneas de Spengler o de Toynbee con el movimiento torrencial de la física nuclear. En cambio, la Historia está atascada.

Las razones son sin duda múltiples, pero ésta nos atrae particularmente:

Mientras el físico o el psicoanalista abandonaron resueltamente la idea de que la realidad era necesariamente satisfactoria para la razón y optaron por la realidad de lo fantástico, el historiador permaneció encerrado en el cartesianismo. No es siempre ajena a ello una cierta pusilanimidad eminentemente Política.

Se dice que los pueblos felices no tienen Historia. Pero los Pueblos que no tienen historiadores, francotiradores y poetas son más infelices: están asfixiados, traicionados.

Al volver la espalda a lo fantástico, el historiador se encuentra a veces impulsado a fantásticos errores. Si es marxista, prevé el hundimiento de la economía americana en el momento en que los Estados Unidos alcanzan su más alto grado de estabilidad y de fuerza. Si es capitalista, señala la expansión del comunismo en el Oeste en el momento en que Hungría se subleva. En cambio, en otras ciencias, la predicción del porvenir a base de los datos del presente, obtiene cada vez mejores resultados.

Partiendo de una millonésima de gramo de plutonio, el físico nuclear traza el proyecto de una fábrica gigante que funcionará según lo previsto. Partiendo de algunos sueños, Freud arroja sobre el alma humana una luz como jamás se viera antes. Y es que Freud y Einstein realizaron, en el primer momento, un esfuerzo colosal de imaginación. Pensaron en una realidad totalmente distinta de los datos racionales admitidos. Partieron de esta proyección imaginativa, establecieron conjuntos de hechos que la experiencia ha venido a confirmar.

«En el campo de la ciencia aprendemos cuán grande es la extrañeza del mundo», dice Oppenheimer. Estamos persuadidos de que esta admisión de la extrañeza enriquecerá la Historia.

No pretendemos en absoluto llevar al método histórico las transformaciones que para él deseamos. Pero creemos que el pequeño ensayo que vais a leer puede prestar algún servicio a los historiadores futuros. Sea por impulsión, sea por repulsión. Hemos querido, al elegir como tema de estudio un aspecto de la Alemania hitleriana, señalar vagamente una dirección útil para otros temas. Hemos pintado flechas en los árboles a nuestro alcance. No pretendemos haber hecho transitable todo el bosque.

Hemos procurado reunir hechos que un historiador «normal» rechazaría con cólera u horror. Nos hemos convertido por un tiempo, según la linda frase de Maurice Renard, en «amantes de lo insólito y escribas de milagros». Esta clase de trabajo no es siempre cómoda para el espíritu. A veces, nos hemos tranquilizado pensando que la teratología, o estudio de los monstruos, donde se inspiró el profesor Wolff a despecho del recelo de los sabios «razonables», puso en claro más de un aspecto de la biología. Y otro ejemplo nos ha servido de apoyo: el de Charles Hoy Fort, el malicioso americano del que ya os hemos hablado.

Dentro de este espíritu fortiano hemos realizado nuestras investigaciones de ciertos acontecimientos de la Historia reciente. Y así, por ejemplo, hemos creído digno de ¡atención el hecho de que el fundador del nacionalsocialismo creyese realmente en el advenimiento del superhombre.

El 23 de febrero de 1957, un hombre rana buscaba el cuerpo de un estudiante ahogado en el lago del Diablo, en Bohemia. Volvió a la superficie pálido de espanto, incapaz de pronunciar una palabra. Cuando hubo recobrado el habla, explicó que acababa de ver, bajo las aguas frías y densas del lago, una formación fantasmagórica de soldados alemanes de uniforme, una caravana de carros enganchados, con sus caballos en pie.

« ¡Oh, noche!, ¿qué son esos guerreros lívidos…??»

En cierto modo, nosotros también nos hemos sumergido en el lago del Diablo. De los anales de Nuremberg, de millares de libros y de revistas, y de testimonios personales, hemos sacado una colección de extrañezas. Hemos organizado nuestro material en función de una hipótesis de trabajo que acaso no pueda elevarse a la dignidad de teoría, pero que un gran escritor inglés desconocido, Arthur Machen, ha expresado vigorosamente:

«A nuestro alrededor existen sacramentos del mal, como existen sacramentos del bien, y yo creo que nuestra vida y nuestros actos se desarrollan en un mundo insospechado, llenos de cavernas, de sombras y de moradores crepusculares…»

El alma humana ama el día. Pero también ama la noche, con igual ardor, y este amor puede conducir a los hombres, como a las sociedades, a acciones criminales y catastróficas que aparentemente desafían a la razón, pero que resultan explicables si uno se coloca en cierto punto de vista. En seguida precisaremos esto, cediendo de nuevo la palabra a Arthur Machem.

En esta parte de nuestra obra, hemos querido suministrar la materia prima de una historia invisible. No seremos los primeros. Ya John Buchan había señalado singulares corrientes subterráneas en los acontecimientos históricos. Una entomóloga alemana, Margaret Boveri, tratando a los hombres con la frialdad objetiva que dedica a la observación de los ¡insectos, ha escrito una Historia de la Traición en el siglo XX, cuyo primer volumen lleva por título Historia Visible, y el segundo, Historia Invisible.

Pero, ¿de qué historia invisible se trata? El término está lleno de trampas. Lo visible es tan rico y, a fin de cuentas, está tan poco explorado, que siempre se puede encontrar en él hechos justificativos de cualquier teoría, y se conocen innumerables explicaciones de la historia por la acción oculta de los judíos (de los francmasones, de los jesuitas o de la Banca internacional). Estas explicaciones nos parecen primitivas. Por lo demás, nos hemos guardado muy bien de confundir lo que llamamos realismo fantástico con el ocultismo y las fuerzas secretas de la realidad con la novela de folletín. (Sin embargo, hemos observado muchas veces que la realidad carecía de dignidad, pues no se libra de lo novelesco, y que no se podían eliminar ciertos hechos con el pretexto de que parecían salir, precisamente, de una novela de folletín.)

Hemos acogido, pues, los hechos más chocantes, con la reserva de autentificarlos. A veces, hemos preferido exponernos a parecer sensacionalistas o aficionados a lo sorprendente, antes que prescindir de tal o cual aspecto aparentemente delirante. El resultado no se parece en nada a los retratos de la Alemania nazi generalmente admitidos. No es culpa nuestra. Una serie de acontecimientos fantásticos constituían el objeto de nuestro estudio. No es corriente, pero sí lógico, pensar que detrás de estos acontecimientos pueden ocultarse realidades extraordinarias. ¿Por qué habría de tener la Historia el privilegio, sobre todas las otras ciencias modernas, de poder explicar todos los fenómenos de manera satisfactoria para la razón?

Nuestro retrato, ciertamente, no está conforme con las ideas recibidas, y, además, es fragmentario. No hemos querido sacrificar nada a la coherencia. Lo cual es, por lo demás, una tendencia muy reciente de la Historia, al igual que la tendencia a la verdad:

«Aquí y allá aparecerán lagunas: el lector debe pensar que el historiador de hoy ha abandonado el antiguo concepto según el cual se alcanzaba la verdad cuando se habían colocado, sin huecos ni sobrantes, todas las piezas del rompecabezas que se construía. Para él, el ideal de la obra histórica ha dejado de ser el bello mosaico completo y liso: más bien lo concibe como un campamento de excavaciones, con su caos aparente en que se yuxtaponen las búsquedas inciertas, las colecciones de pequeños objetos evocadores y, aquí o allá, las bellas resurrecciones de conjunto y las obras de arte.»

El físico sabe que las pulsaciones de energías anormales, excepcionales, han revelado la fisión del uranio y abierto, por ello, un campo infinito al estudio de la radiactividad. Nosotros hemos buscado las pulsaciones de lo extraordinario.

Un libro de Lord Russell, de Liverpool, Breve historia de los crímenes de guerra nazis, publicado once años después de la victoria aliada, sorprendió a los lectores franceses por su tono de extremada sobriedad. En este libro, los hechos horribles hablaban por sí solos, y los lectores advirtieron que seguían sin comprender nada de tanta guerra. Expresando este sentimiento, un eminente especialista escribió en Le Monde:

«La cuestión que se plantea es saber cómo todo esto fue posible en pleno siglo XX, y en regiones que pasan por ser las más civilizadas del Universo.»

Es singular que tal cuestión, esencial, primordial, se plantee a los historiadores doce años después de la apertura de todos los archivos posibles. Pero, ¿de veras se plantea? No es seguro. Al menos, todo ocurre como si procurasen olvidarla, en el momento de ser evocada, obedeciendo así al movimiento de opinión establecido, y al cual molesta semejante cuestión. Y así sucede que el historiador da testimonio de su tiempo, al negarse a hacer historia. Apenas ha escrito: «La cuestión que se plantea es saber…», cuando se apresura a levantar una ráfaga de viento para alejarla.

«He aquí -añade en seguida- lo que hace el hombre cuando es abandonado al impulso de sus instintos desencadenados y a la vez sistemáticamente pervertidos.»

¡Extraña explicación histórica, esta evocación del misterio nazi según los grandes moldes de la moral corriente! Sin embargo, es la única que se nos ha dado, como si hubiese una vasta conspiración de las inteligencias para hacer de las páginas más fantásticas de la Historia contemporánea algo reducible a una lección de historia primaria sobre los malos instintos. Se diría que se ejerce sobre la Historia una presión considerable para reducirla a las minúsculas proporciones del pensamiento racionalista convencional.

Entre las dos guerras, observa un joven filósofo, «por no haberse preguntado qué furor pagano hinchaba las banderas enemigas, los antifascistas no supieron predecir el mañana odioso de la victoria hitleriana».

Raras y poco escuchadas eran las voces que anunciaban, en el cielo alemán, «la sustitución de la Cruz de Cristo por la Cruz Gamada, la negación pura y simple de los Evangelios».

No hacemos enteramente nuestra esta visión de Hitler anticristo. No creemos que por sí sola arroje bastante luz sobre los hechos. Pero al menos se sitúa en el nivel adecuado para juzgar aquel momento extraordinario de la Historia.

El problema es éste. No estaremos a salvo del nazismo, o mejor, de ciertas formas del espíritu luciferino cuya sombra había proyectado aquél sobre el mundo, hasta que percibamos y afrontemos en nuestra conciencia los aspectos más fantásticos de su aventura.

Entre la ambición luciferina, que tiene en el hitlerismo su caricatura trágica, y el angelicanismo cristiano, que también tiene su caricatura en ciertas formas sociales; entre la tentación de alcanzar lo sobrehumano de tomar el cielo por asalto, y la tentación de confiarse a una idea o a un Dios para que la condición humana sea trascendida; entre la vocación del mal y la del bien -ambos tan grandes, profundos y secretos-; entre los inmensos movimientos contradictorios del alma humana y sin duda también del inconsciente colectivo, se representan tragedias de las cuales la historia convencional no da cuenta por entero, de las cuales parece no querer dar entera cuenta, como por temor de quitarle el sueño a la sociedad con la presentación de ciertos documentos y de ciertas interpretaciones.

El historiador que trata de la Alemania nazi, parece, de este modo, querer ignorar lo que era el enemigo que fue derrotado. Y la opinión general le sostiene en su empeño. Y es que haber derrotado a un tal enemigo con conocimiento de causa, exigiría un concepto del mundo y del destino humano proporcional a la victoria. Vale más pensar que al fin se logró impedir que los malos y los locos causaran más daño, y que, a fin de cuentas, los buenos tienen siempre razón. Eran malos y locos, cierto. Pero no en el sentido, no en el grado en que lo entienden las gentes sensatas. El antifascismo convencional parece haber sido inventado por unos vencedores que tenían necesidad de tapar su vacío. Pero el vacío aspira.

El doctor Anthony Laughton, del Instituto Oceanográfico de Londres, hizo descender una cámara a 4.500 metros de profundidad, cerca de las costas de Irlanda. En las fotografías se distinguen con toda claridad unas huellas de pies pertenecientes a una criatura desconocida. Después del abominable hombre de las nieves, he aquí que se introduce en ¡a imaginación y la curiosidad de los hombres, este hermano de la criatura de las cumbres, el abominable hombre de los mares, el desconocido de los abismos. En cierto sentido, la Historia, para los observadores de nuestro tipo, se asemeja al «viejo océano a quien asusta la sonda».

Excavar en la historia invisible es un ejercicio muy sano para el espíritu. Uno se desprende de su repugnancia ante lo inverosímil, que es natural, pero que a menudo ha paralizado el conocimiento.

En todos los terrenos, nos hemos esforzado en resistir a esta repugnancia a lo inverosímil, ya se trate de los resortes de la acción de los hombres, de sus creencias o de sus realizaciones. Así, hemos estudiado ciertos trabajos de la sección oculta de los servicios de información alemanes. Esta sección confeccionó, por ejemplo, un largo informe sobre las propiedades mágicas de los campanarios de Oxford, que, en su opinión, impedían que las bombas cayeran sobre dicha ciudad. Es indiscutible que hay en ello una aberración, pero también lo es que esta aberración hizo estragos entre hombres inteligentes y responsables, y que este hecho arroja luz sobre algunos puntos de la historia visible y de la invisible.

En nuestra opinión, los acontecimientos tienen a menudo razones de ser que la razón desconoce, y las líneas de fuerza de la Historia pueden ser tan invisibles y al propio tiempo tan reales como las líneas de fuerza de un campanario magnético.

Podemos ir más lejos. Nos hemos aventurado por un terreno en e! que esperamos que los historiadores del porvenir se adentrarán con medios superiores a los nuestros. Hemos intentado aplicar a la Historia el principio de los «enlaces no casuales» que el físico Wolfgang Pauli y el psicólogo Jung propusieron recientemente. A este principio me refería hace un momento al hablar de coincidencias. Según Pauli y Jung, acontecimientos independientes entre sí pueden tener relaciones sin causa y, no obstante, significativas a escala humana. Son las «coincidencias significativas», «signos» en los que los dos sabios ven un fenómeno de «sincronización» que revela lazos insólitos entre el hombre, el tiempo y el espacio, y que Claudel llamaba magníficamente «la fiesta de las casualidades».

Una enferma está tendida en el diván del psicoanalista Jung. Padece desórdenes nerviosos muy graves, pero el análisis no progresa. La paciente, encerrada en su espíritu realista hasta el extremo, aferrada a una especie de ultralógica resulta impenetrable a los argumentos del médico.

Una vez más, Jung ordena, aconseja, suplica:

-Abandónese, no trate de comprender, y cuénteme sencillamente sus sueños.

-He soñado con un escarabajo -responde por fin la dama, en un susurro.

En el mismo momento, suenan unos golpecitos en el cristal. Jung abre la ventana, y entra en la estancia un hermoso escarabajo dorado, haciendo zumbar sus élitros. Impresionada, la paciente cede al fin, y puede comenzar el verdadero análisis, que proseguirá hasta la curación.

Jung cita a menudo este acontecimiento verídico que parece un cuento árabe. Nosotros creemos que en la historia de un hombre, como en la Historia a secas existen muchos escarabajos de oro.

La completa doctrina de la «sincronización», construida en parte sobre la observación de tales coincidencias, podía acaso cambiar totalmente el concepto de la Historia. Nuestra ambición no va tan lejos ni se remonta tanto. Lo que queremos es llamar la atención sobre los aspectos fantásticos de la realidad. En esta parte de nuestra obra, nos hemos entregado a la búsqueda y la interpretación de ciertas coincidencias que nos parecen significativas. A otros pueden no parecerles así.

Aplicando a la Historia nuestra concepción «realista-fantástica», hemos realizado un trabajo de selección. Hemos elegido a veces hechos de poca importancia, pero chocantes, porque, hasta cierto punto, buscamos la luz de la aberración. Una irregularidad de unos segundos en el movimiento del planeta Mercurio basta para derribar el edificio de Newton y justificar a Einstein. De la misma manera creemos que algunos de los hechos que hemos descubierto pueden hacer necesaria la revisión de la estructura de la Historia cartesiana.

¿Puede emplearse este método para prever el porvenir? También soñamos en ello. Chesterton, en El hombre que fue jueves, describe una brigada de Policía política especializada en poesía. Se evita un atentado porque un policía comprende el sentido del soneto. Detrás de las gansadas de Chesterton se ocultan grandes verdades. Las corrientes de ideas que pasan inadvertidas al observador oficial, los escritos y las obras que no llaman la atención de los sociólogos, los hechos sociales demasiado minúsculos y absurdos a sus ojos, anuncian acaso con mayor seguridad los acontecimientos venideros que los grandes hechos visibles y los movimientos de ideas manifiestos, de los cuales se preocupa.

El clima de espanto del nazismo, que nadie pudo prever, había sido anunciado en los terribles relatos, La mandrágora y En el horror, del escritor alemán Hans Heinz Ewers, que debía convertirse en poeta oficial del régimen y escribir el Horst Wessel Lied. No es imposible que ciertas novelas, poemas, cuadros y estatuas, no advertidas siquiera por la crítica especializada, nos presenten, en forma increíblemente minuciosa, las figuras exactas del mundo de mañana.

Dante, en La Divina Comedia, describe con precisión la Cruz del Sur, constelación invisible en el hemisferio norte y que ningún viajero de su tiempo pudo haber descubierto. Swift, en el Viaje a Laputa, da las distancias y el período de rotación de los dos satélites de Marte, desconocidos en su época. Cuando el astrónomo americano Asaph Hall los descubre, en 1877, y advierte que sus mediciones concuerdan con las indicaciones de Swift, presa de una especie de pánico los denomina Fobos y Deimos: miedo y terror. En 1896, un escritor inglés, M P. Shiel, publica una novela en la que aparece una banda de monstruos criminales que asolan Europa, matan a las familias que consideran perjudiciales al progreso de la Humanidad, y queman los cadáveres. Titula su novela: Las SS.

Goethe decía: «Los acontecimientos venideros proyectan su sombra por anticipado», y es probable que, al margen de lo que despierta la atención general, en obras humanas extrañas a lo que llamamos «el movimiento de la Historia», se encuentre la verdadera expresión y el anuncio de estas resacas del futuro.

Existe un algo fantástico evidente que el historiador recubre pudorosamente con explicaciones frías y mecánicas. Alemania, en el momento en que nace el nazismo, es la patria de las ciencias exactas. El método alemán, la lógica alemana, el rigor y la probidad científica alemanes, son universalmente reconocidos. El Herr Professor invita a veces a la caricatura, pero siempre se le rodea de consideración. Ahora bien, en este medio, de un cartesianismo de plomo, nace una doctrina incoherente y en parte delirante, que se propaga a toda velocidad, irresistiblemente, a partir de un minúsculo hogar. En el país de Einstein y de Plank, se hace profesión de «física aria». En el país de Humboldt y de Haeckel, se empieza a hablar de razas. No creemos que se puedan explicar tales fenómenos por la inflación económica. El telón de fondo no es adecuado para semejante ballet. Nos ha parecido mucho más eficaz buscar por el lado de ciertos cultos extraños y de ciertas cosmogonías chocantes, olvidadas por la inflación económica. El telón de fondo no es muy singular. Las cosmogonías y los cultos de que vamos a hablar gozaron en Alemania de protección y de apoyo oficiales. Desempeñaron un papel espiritual, científico, social y político de relativa importancia. Sobre este telón de fondo se comprende mejor el baile.

Nos hemos limitado a un instante de la historia alemana. Igualmente habríamos podido mostrar, por ejemplo, para descubrir lo fantástico en la Historia contemporánea, la invasión de Europa por las ideas asiáticas en el momento en que las ideas europeas provocan el despertar de los pueblos de Asia. He aquí un fenómeno tan desconcertante como el espacio no euclidiano o como las paradojas del núcleo atómico. El historiador convencional, el sociólogo «comprometido», no ven, o se niegan a ver, estos movimientos profundos, que no están de acuerdo con lo que ellos llaman el «movimiento de la Historia». Por el contrario, prosiguen imperturbables el análisis y la predicción de una aventura de los hombres que no se asemeja a los propios hombres, ni a los signos misteriosos pero visibles que éstos intercambian con el tiempo, el espacio y el destino.

«El amor -dice Jacques Chardonne- es mucho más que el amor.» En el transcurso de nuestras investigaciones, hemos adquirido la certeza de que la Historia es mucho más que la Historia. Esta certeza es alentadora. A despecho de la creciente pesadez de los hechos sociales, y de las amenazas cada vez mayores que se ciernen sobre la persona humana, vemos cómo el espíritu y el alma de la Humanidad siguen encendiendo sus hogueras, que en modo alguno nos parecen más pequeñas. Aunque los pasadizos de la Historia se estrechen mucho, aparentemente, tenemos la seguridad de que el hombre no pierde en ellos el hilo que lo ata a la inmensidad. Estas imágenes son hugolianas, pero expresan perfectamente nuestro punto de vista. Hemos adquirido esta certeza sumergiéndonos en lo real: es en lo más profundo de las cosas donde lo real es fantástico y, en cierto sentido, misericordioso.

Aunque las tristes máquinas sigan funcionando no te espantes en demasía, amigo mío…

Cuando los pedantes nos invitaron a observar de qué fría mecánica los acontecimientos debían dimanar, nuestras almas dijeron en la sombra: Tal vez sí, pero hay otras cosas..

II

En un artículo de la Tribune des Nations, un historiador francés expresa lisa y llanamente el conjunto de insuficiencias intelectuales que suelen mencionarse siempre que se habla del hitlerismo. Analizando la obra: Hitler desenmascarado, publicada por el doctor Otto Dietrich, que fue durante doce años jefe del servicio de Prensa del Führer, M. Pierre Cazenave escribe:

«Sin embargo, el doctor Dietrich se contenta demasiado fácilmente con una frase que, en un siglo positivista, no sirve para explicar a Hitler. “Hitler -dice- era un hombre demoníaco, que se dejaba arrastrar por ideas nacionalistas delirantes.” ¿Qué quiere decir demoníaco? En la Edad Media, habría dicho de Hitler que estaba poseso. Pero, ¿y hoy? O la palabra demoníaco no significa nada, o significa poseído del demonio. Pero, ¿qué es el demonio? ¿Cree acaso el doctor Dietrich en la existencia del Diablo? Hay que entenderse. A mí la palabra demoníaco no me satisface.

»Y la palabra delirante tampoco. Quien dice delirio dice enfermedad mental. Delirio maníaco. Delirio melancólico.

Delirio de persecución. Nadie duda de que Hitler era un psicópata e incluso un paranoico, pero los psicópatas e incluso los paranoicos andan por la calle. Pero existe una diferencia entre esto V la locura más o menos sistematizada y cuya observación v diagnóstico hubiesen llevado consigo el internamiento del afectado. En otras palabras: ¿Era Hitler responsable? A mi entender, sí. Y por esto descarto la palabra delirio, como descarto el adjetivo demoníaco, ya que a nuestros ojos la demonología sólo tiene un valor histórico.»

A nosotros no nos satisface la explicación del doctor Dietrich. El destino de Hitler y la aventura de un gran pueblo moderno bajo su dirección no podrían describirse enteramente partiendo de la locura y de la posesión demoníaca. Pero tampoco nos satisface la crítica del historiador de la Tribune des Nations. Hitler, afirma, no era clínicamente loco. Y el Demonio no existe. No hay que descartar, pues, la noción de responsabilidad. Esto es verdad. Pero nuestro historiador parece atribuir virtudes mágicas a esta noción de responsabilidad. Apenas la ha evocado, la historia fantástica del hitlerismo le parece clara y reducida a las proporciones del siglo positivista en el cual pretende que vivimos. Esta actitud escapa tanto a la razón como la de Otto Dietrich. Y es que el término «responsabilidad» es, en nuestro lenguaje, una transposición de lo que era la «posesión demoníaca» para los tribunales de la Edad Media, según demuestran los grandes procesos políticos modernos.

Si Hitler no era un loco ni un poseso, lo cual es posible, la historia del nazismo seguiría, empero, siendo inexplicable a la luz de un «siglo positivista». La psicología profunda nos revela que hay acciones aparentemente racionales del hombre que están gobernadas en realidad por fuerzas que él mismo ignora o que están ligadas a un simbolismo absolutamente ajeno a la lógica corriente. Sabemos, por otra parte, no que el Demonio no exista, sino que es algo distinto de la visión que de él tenían en la Edad Media. En la historia del hitlerismo, o mejor, en ciertos aspectos de esta historia, todo ocurre como si las ideas fuerza escapasen a la crítica histórica habitual, y como si necesitásemos para comprenderlo, abandonar nuestra visión positiva de las cosas y esforzarnos en penetrar en un Universo donde han cesado de conjugarse la razón cartesiana y la realidad.

Nos hemos impuesto la tarea de escribir estos aspectos del hitlerismo, porque, como dijo muy bien M. Marcel Ray en 1939, la guerra que Hitler impuso al mundo fue «una guerra maniquea, o, como dice la Escritura, una lucha de dioses». No se trata, entiéndase bien, de una lucha entre fascismo y democracia, entre la concepción liberal y la concepción totalitaria de las sociedades. Esto es el exoterismo de la batalla. Y hay un esoterismo56. Esta lucha de dioses, que se desarrolló detrás de los acontecimientos visibles, no ha terminado en el mundo, sino que los progresos formidables del saber humano en los últimos años se disponen a darle otras formas. Cuando las puertas del conocimiento empiezan a abrirse al infinito, importa capturar el sentido de esta lucha. Si queremos futuro, debemos tener una visión exacta y profunda del momento en que lo fantástico ha empezado a invadir la realidad. Vamos a estudiar este momento.

«En el fondo -decía Rauschning- todo alemán tiene un pie en la Atlántida, donde busca una patria mejor y un mejor patrimonio. Esta doble naturaleza de los alemanes, esta facultad de desdoblamiento que les permite, al mismo tiempo, vivir en el mundo real y proyectarse a un mundo imaginario, se manifiesta de manera especial en Hitler y nos da la clave de su socialismo mágico.»

Y Rauschning, tratando de explicarse la subida al poder de este «sumo sacerdote de la religión secreta», intentaba persuadirse de que, muchas veces en la Historia, «naciones enteras cayeron en una inexplicable agitación. Entonces emprendían marchas de flageladores. Un baile de san Vito las sacudía».

«El nacionalsocialismo -concluía- es el baile de san Vito del siglo XX.»

Pero, ¿de dónde procedía esta extraña enfermedad? En parte alguna hallaba respuesta satisfactoria. «Sus raíces más profundas arraigan en regiones ocultas.»

Estas regiones nos parecen dignas de ser exploradas. Y no será un historiador, sino un poeta, quien nos servirá de guía.

III

«Cuando se encuentran (generalmente en el bar) dos hombres que han leído a Jean-Paul Toulet, se imaginan que ésta es una señal de aristocracia», escribía el propio Toulet. Pero ocurre que grandes cosas reposan sobre sus cabezas de alfiler. Gracias a este escritor menor y simpático, ignorado a despecho de algunos admiradores fervientes, ha llegado hasta nosotros el nombre de Arthur Machen, apenas conocido por doscientas personas en Francia.

A fuerza de escudriñar, nos hemos dado cuenta de que la obra de Machen, que comprende más de treinta volúmenes57, es de un interés espiritual sin duda superior a la obra de H. G. Wells.

Prosiguiendo nuestras investigaciones sobre Machen, descubrimos una sociedad secreta inglesa compuesta de espíritus de calidad. Esta sociedad, a la cual debe Machen una experiencia interior determinante y lo mejor de su inspiración, es desconocida incluso de los especialistas. En fin, ciertos textos de Machen, y sobre todo el que os daremos a leer, arrojan una luz sobre una noción poco corriente del Mal, absolutamente indispensable para la comprensión de los aspectos de la historia contemporánea que estudiamos en esta parte de nuestro libro.

Así, pues, si nos lo permitís, antes de entrar en el meollo de nuestro tema, os hablaremos de este hombre tan curioso. La cosa empezará con la pequeña historia literaria de un pequeño escritor parisiense, Toulet, y terminará con la apertura de una gran puerta subterránea, detrás de la cual humean todavía los restos de los mártires y las ruinas de la tragedia nazi que conmovió al mundo entero. Los caminos del realismo fantástico, según podéis ver una vez más, no se parecen a los caminos ordinarios del conocimiento.

En noviembre de 1897, un amigo, «bastante inclinado a las ciencias ocultas», dio a leer a Paul-Jean Toulet la novela de un escritor de treinta y cuatro años, completamente desconocido: The Great God Pan. Este libro, que evoca el mundo pagano de los orígenes, no definitivamente extinguido, sino que perdura discretamente y nos arroja de vez en cuando su dios del Mal y sus diablos provistos de horcas, impresionó a Toulet y le decidió a entrar en la literatura. Se puso a traducir The Great God Pan, y, pidiendo prestado a Machen su decorado de pesadilla, las malezas entre las que se oculta el Gran Pan, escribió su primera novela: Monsieur du Paur, hombre público.

Monsieur du Paur fue publicado a finales de 1898, por la editorial «Simonis Empis», y no tuvo el menor éxito. Desde luego, no es una obra importante, y nada sabríamos de ella si M. Henri Martineau, gran stendhaliano y amigo de Toulet, no hubiese resuelto, veinte años más tarde, reeditar esta novela a sus costas, en las edición del Diván. Historiador minucioso y amigo abnegado, M. Henri Martineau quería demostrar que Monsieur du Paur era un libro inspirado por la lectura de Machen, pero, a pesar de ello, original. De este modo llamó la atención de unas pocas gentes de letras sobre Arthur Machen y su The Great God Pan, exhumando la escasa correspondencia entre

Toulet y Machen. En esto quedaron Machen y su inmenso genio: en la camaradería literaria de los comienzos de Toulet.

En febrero de 1899, Paul-Jean Toulet, que intentaba desde hacía un año publicar su traducción de The Great God Pan, recibió la siguiente carta del autor, escrita en francés:

Querido colega: Ya veo que no hay nada que hacer con The Great God Pan en París. Si así es, estoy realmente desolado, desde luego, por el libro en sí, pero, sobre todo, porque había puesto mis esperanzas en los lectores franceses; pensé que si probaban The Great God Pan vestido a la francesa y lo encontraban bueno, ¡tal vez habría encontrado mi público! Aquí, nada puedo hacer. Escribo y sigo escribiendo, pero es absolutamente igual que si lo hiciera en un escritorio monástico de la Edad Media; es decir, que mis obras permanecen para siempre en el infierno de las cosas inéditas. Tengo en mi cajón un pequeño volumen de cuentos muy cortos, que titulo Ornaments in Jade. «Su librito es muy lindo -me dice el editor-, pero me es imposible publicarlo. » También hay una novela, The Garden of Avallenius, de unas 65.000 palabras. «Es un arte sine peccato -dice el buen editor-, pero chocaría a nuestro público inglés.» Y en este momento, estoy trabajando en un libro que también se quedará, estoy seguro de ello, en la isla del Diablo. En fin, querido colega, sin duda le parecerán trágicas (o mejor, tragicómicas) estas aventuras de un escritor inglés; pero, como le digo antes, tenía puestas esperanzas en su traducción de mi primer libro.

Le Grand Dieu Pan apareció por fin en la revista La Plume, en 1901, y después fue editado gracias a esta revista60. Pasó inadvertido.

Sólo Maeterlinck se sintió impresionado: «Agradezco profundamente la revelación de esta obra bella y singular. Es, según creo, la primera vez que se ha intentado realizar la mezcla de lo fantástico tradicional o diabólico con lo fantástico nuevo o científico, de cuya mezcla ha nacido la obra más turbadora que conozco, pues afecta al mismo tiempo a nuestros recuerdos y a nuestras esperanzas.»

Arthur Machen nació en 1863 en el País de Gales, en Caerlson-on-Usk, minúsculo pueblo que fue sede de la Corte del rey Arturo, y desde el cual los Caballeros de la Tabla Redonda partieran en busca del Grial. Cuando sabemos que Himmler, en plena guerra, organizó una expedición para buscar el vaso sagrado (en seguida hablaremos de ello), y cuando, para iluminar la historia nazi secreta, tropezamos con un texto de Machen y descubrimos en seguida que este escritor nació en aquel pueblo, cuna de los temas wagnerianos, debemos decirnos una vez mas que, para todo el que sepa ver, las coincidencias visten hábitos luminosos.

Machen se instaló en Londres siendo muy joven, y allí vivió asustado, igual que Lovecraft en Nueva York. Estuvo unos meses de dependiente en una librería, después hizo de preceptor, y se dio cuenta de que era incapaz de ganarse la vida en sociedad. Se puso a escribir, en medio de un extremado agobio material y de un infinito cansancio. Durante un largo período, vivió de las traducciones: las Memorias de Casanova, en doce volúmenes, por treinta chelines a la semana durante dos años. Heredó una pequeña suma a la muerte de su padre, que era pastor protestante, y, teniendo asegurada la comida y el fuego por un tiempo, prosiguió su obra con el sentimiento creciente de que «un inmenso golfo espiritual le separaba de los otros hombres», y de que tenía que aceptar cada vez más esta vida de «Robinson Crusoe del alma». En 1895 se publicaron sus primeros relatos fantásticos. Son The Great God Pan y The Immost Ligth. Afirma en ellas que el Gran Pan no ha muerto, y que las fuerzas del mal, en el sentido mágico de la palabra, esperan constantemente a algunos de nosotros para llevarlos al otro lado del mundo. En este mismo tono, publicó al año siguiente La Poudre Blanche, que es su obra más sólida después de The Secret Glory, su obra maestra, escrita a los sesenta años.

A los treinta y seis, después de doce años de amor, perdió a su esposa: «No hemos estado doce horas separados en estos doce años; puede, pues, imaginarse lo que he sufrido y sufro aún todos los días. Si deseo ver impresos mis manuscritos es para podérselos dedicar todos en estos términos: Auctoris Anima ad Dominam.» Vive ignorado, en la miseria, y con el corazón destrozado. Después de tres años, a los treinta y nueve, renuncia a la literatura y se hace actor ambulante.

«Dice usted que no tiene mucho valor -escribe a Toulet-. Yo no tengo ninguno. Tan poco, que ya no escribo ni una línea, y creo que jamás volveré a hacerlo. Me he convertido en cómico de la legua; he subido al tablado, y en este momento actúo en Coriolano.»

Vaga por Inglaterra, con la Compañía shakespeariana de Sir Frank Benson, y después ingresa en la del «Teatro Saint-James». Poco antes de la guerra del 14, tiene que abandonar el teatro y hace un poco de periodismo para poder subsistir. No escribe ningún libro. En la barahúnda de Fleet Street, entre sus atareados compañeros de trabajo, su extraño rostro meditabundo, sus maneras pausadas y afables de erudito, hacen sonreír a los demás. Para Machen, según puede verse en toda su obra, «el hombre está hecho de misterio y para los misterios y las visiones». Lo sobrenatural constituye la realidad. El mundo exterior contiene pocas enseñanzas, a menos que se mire como un depósito de símbolos y de significados ocultos. Sólo las obras de imaginación, producto de un espíritu que busca las verdades eternas, tienen posibilidad de ser obras reales y realmente útiles. Como dice el crítico Philip van Doren Stern, «es posible que haya más verdades esenciales en los relatos fantásticos de Arthur Machen, que en todos los gráficos y en todas las estadísticas del mundo».

Una aventura muy singular conduce de nuevo a Machen a la vida literaria. Gracias a ello, su nombre gozó de celebridad durante unas semanas, y la impresión que esto le produjo le decidió a terminar su vida como escritor.

El periodismo le pesaba, y había perdido la afición a escribir para sí. Acababa de estallar la guerra. Hacía falta literatura heroica. Éste no era su género. The Evening News le pidió un artículo. Lo escribió a vuela pluma, pero siempre a su manera. Fue The Bowmen (Los arqueros). El periódico lo publicó el 29 de setiembre de 1914, el día siguiente a la retirada de Mons. Machen había imaginado un episodio de esta batalla: san Jorge, con su resplandeciente armadura y al frente de unos ángeles que eran los antiguos arqueros de Azincourt, socorría al Ejército británico.

Pues bien, docenas de soldados escribieron al periódico: el señor Machen no había inventado nada. Ellos habían visto con sus propios ojos, ante Mons, a los ángeles de san Jorge incorporándose a sus filas. Podían atestiguarlo por su honor. Gran número de estas cartas fueron publicadas. Inglaterra, ávida de milagros en el momento de peligro, se conmovió. Machen fue ignorado cuando intentó revelar secretas realidades. Ahora con una fantasía de pacotilla, conmovía a todo el país. ¿O sería que las fuerzas ocultas se levantaban y tomaban tal o cual forma a la llamada de su imaginación, tan a menudo ligada a las verdades esenciales, y que tal vez había realizado una profunda labor sin él saberlo? Machen repitió más de doce veces en los periódicos que su relato era pura invención. Nadie le creyó. En vísperas de su muerte, más de treinta años después, el gran anciano repetía sin cesar, en sus conversaciones, esta extravagante historia de tos ángeles de Mons.

A despecho de esta celebridad, el libro que escribió en 1915 no tuvo el menor éxito. Era The Great Return, meditación sobre el Grial. Después, en 1922, vino The Secret Glory, que es una crítica del mundo moderno a la luz de la experiencia religiosa. A los sesenta años, comenzó una autobiografía original en tres volúmenes. Tenía algunos admiradores fervientes en Inglaterra y en América, pero se moría de hambre. En 1943 (tenía ochenta años), Bernard Shaw, Max Beerbohm y T. E. Elliot formaron un comité para reunir fondos con los cuales evitar que terminara en un asilo de indigentes. Pudo acabar sus días en paz, en una casita de Buckinghamshire y murió en 1947. Siempre le había entusiasmado una frase de Murger. En La Vie de Bohème. Marcel, el pintor, no tiene siquiera una cama. «”¿Dónde descansáis, pues?” -le pregunta su casero-. “Señor -responde Marcel-, descanso en la Providencia.”»

En los alrededores de 1880 se fundan en Francia, en Inglaterra y en Alemania, sociedades secretas, órdenes herméticas, en las que se agrupan personalidades vigorosas. Todavía no se ha descubierto la historia de esta crisis mística posromántica. Y debería hacerse. En ella se encontraría el origen de ideas, que a su vez han determinado corrientes políticas.

En las cartas de Arthur Machen a P.-J. Toulet, encontramos estos dos pasajes singulares. En 1899:

«Cuando escribí Pan y La Poudre Blanche, no creía que tan extraños acontecimientos hubiesen ocurrido jamás en la vida real, y ni siquiera que hubiese sido posible que ocurriesen. Pero después, y muy recientemente, se han producido en mi propia existencia experiencias que han transformado por completo mi punto de vista a este respecto… Ahora estaré siempre convencido de que no hay nada imposible en el mundo. Supongo que no hace falta añadir que ninguna de mis experiencias tiene relación con imposturas tales como el espiritismo o la teosofía. Pero creo que vivimos en un mundo de gran misterio, de cosas insospechadas y absolutamente asombrosas.»

En 1900:

«Le diré algo que le divertirá: envié El Gran Dios Pan a un adepto, un ocultista avanzado, que encontré, sub rosa y el cual escribe: El libro demuestra en gran manera que, por el pensamiento y la meditación, más que por la lectura, ha alcanzado usted un cierto grado de iniciación independientemente de las órdenes y de las organizaciones.»

«¿Quién es este adepto? ¿Y cuáles eran aquellas experiencias?»

En otra carta, después de un viaje de Toulet a Londres, Machen le escribe:

«Mr. Waite, a quien gustó usted mucho, me encarga que le transmita sus saludos.»

El nombre de este amigo de Machen, que tan pocas amistades tenía, nos llamó en seguida la atención. Waite fue uno de los mejores historiadores de la alquimia y un especialista de la orden de los Rosacruz.

Habíamos llegado a este punto de nuestras investigaciones, que nos ilustran sobre las curiosidades intelectuales de Machen, cuando un amigo nuestro nos proporcionó una serie de datos nuevos sobre la existencia, en Inglaterra y a finales del siglo XIX y principios del xx, de una sociedad secreta y de iniciación, inspirada en la Rosacruz.

Esta sociedad se llamaba Golden Dawn y la componían algunos de los espíritus más brillantes de Inglaterra. Arthur Machen fue uno de sus adeptos.

La Golden Dawn, fundada en 1887, procedía de la Sociedad de la Rosacruz inglesa, creada veinte años antes por Robert Wentworth Little y cuyos miembros eran reclutados entre los maestros masones. Esta última sociedad estaba constituida por ciento noventa y cuatro miembros, uno de los cuales era Bulwer Lytton, autor de Los últimos días de Pompeya.

La Golden Dawn, todavía más reducida, tenía por objeto la Práctica de la magia ceremonial y la obtención de poderes y conocimientos secretos. Sus jefes eran Woodman, Mathers y Wynn Westcott (el «iniciado» de que hablaba Machen a Toulet en su carta de 1900). Estaba en relación con sociedades alemanas similares, de las cuales encontraremos más adelante algunos miembros en el famoso movimiento antropósofo de Rudolph Steiner, y después en otros movimientos influyentes del período prenazi. Después tuvo por jefe a Aleister Crowley, hombre absolutamente extraordinario y uno de los más grandes ingenios del neopaganismo, cuyas huellas encontraremos en Alemania. Después de la muerte de Woodman y de la retirada de Westcott, S. L. Mathers fue el gran maestro de la Golden Dawn, que dirigió algún tiempo desde París, donde acababa de casarse con la hija de Henri Bergson.

Mathers fue sustituido en la jefatura de la Golden Dawn por el poeta Yeats, que debía recibir más tarde el Premio Nóbel.

Yeats tomó el nombre de Frère Dèmon est Deus Inversus. Presidía las sesiones vistiendo kilt escocés y llevando un antifaz negro y un puñal de oro al cinto.

Arthur Machen había tomado el nombre de Filus Aquarti. Una mujer estuvo afiliada a la Golden Dawn: Florence Farr, directora-teatral y amiga íntima de Bernard Shaw. También pertenecieron a ella los escritores Blackwood, Stoker, autor de Drácula, y Sax Rohmer, así como Peck, astrónomo real de Escocia, el célebre ingeniero Alian Bennett y Sir Gerald Kelly, presidente de la «Royal Academy». Al parecer, estos espíritus de calidad recibieron una huella imborrable de la Golden Dawn. Según ellos mismos confiesan, su visión del mundo sufrió una transformación, y las prácticas a las cuales se entregaban no dejaron de parecerles eficaces para su sublimación.

Ciertos textos de Arthur Machen resucitan un saber olvidado por la mayoría de los hombres y que, no obstante, es indispensable para una exacta comprensión del mundo. Incluso pava el lector menos avisado, aletea entre las páginas de este escritor una verdad inquietante.

Cuando decidimos daros a leer algunas páginas de Machen, nada sabíamos aún de la Golden Dawn. Guardando las debidas distancias, y modestia aparte, nos ha ocurrido aquí lo que suele pasarles a los grandes malabaristas, que se distinguen de otros que les igualan en destreza, en que, en el transcurso de sus mejores ejercicios, los objetos se ponen a vivir una vida propia, se le escapan y realizan proezas imprevistas. Nos hemos visto rebasados por lo mágico. Habíamos pedido a un texto de Machen, que nos había chocado, una iluminación general de ciertos aspectos del nazismo que nos parecen más significativos que todo lo referido por la historia oficial. Se advertirá que una lógica implacable sostiene nuestro sistema aparentemente absurdo. En cierta manera, no es sorprendente que aquella iluminación general nos venga del miembro de una sociedad secreta fuertemente impregnada de neopaganismo.

Ved el texto. Es la introducción de una novela titulada The White People. Esta novela, escrita después de The Great God Pan, figura en una colección publicada después de la muerte de Machen: Tales of Horror and the Supernatural («Richard’s Press», Londres).

IV

Ambrosio dijo:

-Brujería y santidad, he aquí las únicas realidades. -Y prosiguió-: La magia tiene su justificación en sus criaturas: comen mendrugos de pan y beben agua con una alegría mucho más intensa que la del epicúreo.

-¿Os referís a los santos?

-Sí. Y también a los pecadores. Creo que vos caéis en e! error frecuente de quienes limitan el mundo espiritual a las regiones del bien supremo. Los seres extremadamente perversos forman también parte del mundo espiritual. El hombre vulgar, carnal y sensual, no será jamás un gran santo. Ni un gran pecador. En nuestra mayoría, somos simplemente criaturas de barro cotidiano, sin comprender el significado profundo de las cosas, y por esto el bien y el mal son en nosotros idénticos: de ocasión, sin importancia. -¿Pensáis, pues, que el gran pecador es un asceta, lo mismo que el gran santo?

-Los grandes, tanto en el bien como en el mal, son los que abandonan las copias imperfectas y se dirigen a los originales perfectos. Para mí, no existe la menor duda: los más excelsos, entre los santos, jamás hicieron una «buena acción», en el sentido corriente de la palabra. Por el contrario, existen hombres que han descendido hasta el fondo de los abismos del mal, y que, en toda su vida, no han cometido jamás lo que vosotros llamáis una «mala acción».

Se ausentó un momento de la estancia; Cotgrave se volvió a su amigo y le dio las gracias por haberle presentado a Ambrosio. -Es formidable -dijo-. Jamás había visto un chalado de esta clase.

Ambrosio volvió con una nueva provisión de whisky y sirvió a los dos hombres con largueza. Criticó con ferocidad la secta de los abstemios pero se sirvió un vaso de agua. Iba a reanudar su monólogo cuando Cotgrave le atajó:

-Vuestras paradojas son monstruosas. ¿Puede un hombre ser un gran pecador sin haber hecho nunca nada culpable? ¡Vamos, hombre!

-Os equivocáis completamente -dijo Ambrosio-, pues soy incapaz de paradojas: ¡ojalá pudiera hacerlas! He dicho, simplemente, que un hombre puede ser un gran conocedor de vinos de Borgoña sin haber entrado jamás en una taberna. Eso es todo, y ¿no os parece más una perogrullada que una paradoja? Vuestra reacción revela que no tenéis la menor idea de lo que puede ser el pecado. ¡Oh!, naturalmente existe una relación entre el Pecado con mayúscula y los actos considerados como culpables: asesinato, robo, adulterio, etc. Exactamente la misma relación que existe entre el alfabeto y la poesía más genial. Vuestro error es casi universal: os habéis acostumbrado, como todo el mundo, a mirar las cosas a través de unas gafas sociales. Todos pensamos que el hombre que nos hace daño, a nosotros, o a nuestros vecinos, es un hombre malo. Y lo es, desde el punto de vista social. Pero ¿no podéis comprender que el Mal, en su esencia, es una cosa solitaria, una pasión del alma? El asesino corriente, como tal asesino, no es en modo alguno un pecador en el verdadero sentido de la palabra. Es sencillamente una bestia peligrosa, de la que debemos librarnos para salvar nuestra piel. Yo lo clasificaría mejor entre las fieras que entre los pecadores.

-Todo esto me parece un poco extraño.

-Pues no lo es; el asesino no mata por razones positivas, sino negativas; le falta algo que poseen los no-asesinos. El Mal, por el contrario, es totalmente positivo. Pero positivo en el sentido malo. Y es muy raro. Sin duda, hay menos pecadores verdaderos que santos. En cuanto a los que llamáis criminales, son seres molestos, desde luego, y de los que la sociedad hace bien en guardarse; pero entre sus actos antisociales y el Mal existe un gran abismo, ¡creedme!

Se hacía tarde. El amigo que había llevado a Cotgrave a casa de Ambrosio había sin duda oído esto otras veces. Escuchaba con sonrisa cansada y un poco burlona, pero Cotgrave empezaba a pensar que su «alienado» era tal vez un sabio.

-¿Sabéis que me interesáis enormemente? -dijo-. ¿Opináis, pues, que no comprendemos la verdadera naturaleza del Mal?

-Lo sobreestimamos. O bien lo menospreciamos. Por una parte, llamamos pecado a las infracciones de los reglamentos de la sociedad, de los tabú sociales. Es una exageración absurda. Por otra parte, atribuimos una importancia tan enorme al «pecado» que consiste en meter mano a nuestros bienes o a nuestras mujeres, que hemos perdido absolutamente de vista lo que hay de horrible en los verdaderos pecados.

-Entonces, ¿qué es el pecado? -dijo Cotgrave.

-Me veo obligado a responder a su pregunta con otras preguntas. ¿Qué experimentaría si su gato o su perro empezaran a hablarle con voz humana? ¿Y si las rosas de su jardín se pusieran a cantar?¿ Y si las piedras del camino aumentaran de volumen ante sus ojos? Pues bien, estos ejemplos pueden darle una vaga idea de lo que es realmente el pecado.

-Escuchen -dijo el tercer hombre, que hasta entonces había permanecido muy tranquilo-, me parece que los dos están locos de remate. Me marcho a mi casa. He perdido el tranvía y me veré obligado a ir a pie.

Ambrosio y Cotgrave se arrellanaron aún más en sus sillones después de su partida. La luz de los faroles palidecía en la bruma de la madrugada, que helaba los cristales.

-Me asombra usted -dijo Cotgrave-. Jamás había pensado en todo esto. Si es realmente así, hay que volverlo todo del revés. Entonces, según usted, la esencia del pecado sería…

-Querer tomar el cielo por asalto -respondió Ambrosio-. El pecado consiste, en mi opinión, en la voluntad de penetrar de manera prohibida en otra esfera más alta. Esto explica que sea tan raro. En realidad, pocos hombres desean penetrar en otras esferas, sean altas o bajas, y de manera autorizada o prohibida. Hay pocos santos. Y los pecadores, tal corno yo los entiendo, son todavía más raros. Y los hombres de genio (que a veces participan de aquellos dos) también escasean mucho… Pero puede ser más difícil convertirse en un gran pecador que en un gran santo.

-¿Porque el pecado es esencialmente naturaleza?

-Exacto. La santidad exige un esfuerzo igualmente grande, o poco menos; pero es un esfuerzo que se realiza por caminos que eran antaño naturales. Se trata de volver a encontrar el éxtasis que conoció el hombre antes de la caída. En cambio, el pecado es una tentativa de obtener un éxtasis y un saber que no existen y que jamás han sido dados al hombre, y el que lo intenta se convierte en demonio. Ya le he dicho que el simple asesino no es necesariamente un pecador. Esto es cierto; pero el pecador es a veces asesino. Pienso en Gilles de Rais, por ejemplo. Considere que, si el bien y el mal están igualmente fuera del alcance del hombre contemporáneo, del hombre corriente, social y civilizado, el mal lo está en un sentido mucho más profundo. El santo se esfuerza en recobrar un don que ha perdido; el pecador persigue algo que no ha poseído jamás. En resumidas cuentas, reproduce la Caída.

-¿Es usted católico? -preguntó Cotgrave.

-Sí, soy miembro de la Iglesia anglicana perseguida.

-Entonces ¿qué me dice de esos textos en que se denomina pecado lo que usted califica de falta sin importancia?

-Advierta, por favor, que en esos textos de mi religión aparece reiteradamente el nombre de «mago», que me parece la palabra clave. Las faltas menores, que se denominan pecados, solo se llaman así en la medida que el mago perseguido por mi religión está detrás del autor de estos pequeños delitos. Pues los magos se sirven de las flaquezas humanas resultantes de la vida material y social, como instrumentos para alcanzar su fin infinitamente execrable. Y permita que le diga esto: nuestros sentidos superiores están tan embotados, estamos hasta tal punto saturados de materialismo, que seguramente no reconoceríamos el verdadero mal si nos tropezáramos con él.

-Pero, ¿es que no sentiríamos, a despecho de todo, un cierto horror, este horror de que me hablaba hace un momento, al invitarme a imaginar unas rosas que rompiesen a cantar?

-Si fuésemos seres naturales, sí. Los niños, algunas mujeres y los animales sienten este horror. Pero, en la mayoría de nosotros, los convencionalismos, la civilización y la educación han embotado y oscurecido la naturaleza. A veces podemos reconocer el mal por el odio que manifiesta al bien y nada más; pero esto es puramente fortuito. En realidad, los Jerarcas de! Infierno pasan inadvertidos por nuestro lado.

-¿Piensa que ellos mismos ignoran el mal que encarnan?

-Así lo creo. El verdadero mal, en el hombre, es como la santidad y el genio. Es un éxtasis del alma, algo que rebasa los límites naturales del espíritu, que escapa a la conciencia. Un hombre puede ser infinita y horriblemente malo, sin sospecharlo siquiera. Pero repito: el mal en el sentido verdadero de la palabra, es muy raro. Creo incluso que cada vez lo es más.

-Procuro seguirle -dijo Cotgrave-. ¿Cree usted que el Mal verdadero tiene una esencia completamente distinta de lo que solemos llamar el mal?

-Absolutamente. Un pobre tipo excitado por el alcohol vuelve a su casa y mata a patadas a su mujer y a sus hijos. Es un asesino. Gilíes de Rais es también un asesino. Pero, ¿advierte usted el abismo que los separa? La palabra es accidentalmente la misma en ambos casos, pero el sentido es totalmente distinto.

»Cierto que el mismo débil parecido existe entre todos los pecados sociales y los verdaderos pecados espirituales, pero son como la sombra y la realidad. Si es usted un poco teólogo, tiene que comprenderme.

-Le confieso que no he dedicado mucho tiempo a la teología -observó Cotgrave-. Lo lamento; pero, volviendo a nuestro tema, ¿cree usted que el pecado es una cosa oculta, secreta?

-Sí. Es el milagro infernal, como la santidad es el milagro sobrenatural. El verdadero pecado se eleva a un grado tal que no podemos sospechar en absoluto su existencia. Es como la nota más baja del órgano: tan profunda que nadie la oye. A veces hay fallo, recaídas, que conducen al asilo de locos o a desenlaces todavía más horribles. Pero en ningún caso debe confundirlo con la mala acción social. Acuérdese del Apóstol: hablaba del otro lado y hacía una distinción entre las acciones caritativas y la caridad. De la misma manera que uno puede darlo todo a los pobres y, a pesar de ello, carecer de caridad, puede evitar todos los pecados y, sin embargo, ser una criatura del mal.

-¡He aquí una psicología singular! -dijo Cotgrave-. Pero confieso que me gusta. Supongo que, según usted, el verdadero pecador podría pasar muy bien por un personaje inofensivo, ¿no es así?

-Ciertamente. El verdadero mal no tiene nada que ver con la sociedad. Y tampoco el Bien, desde luego. ¿Cree usted que se sentiría a gusto en compañía de san Pablo? ¿Cree usted que se entendería bien con Sir Galahad? Lo mismo puede decirse de los pecadores. Si usted encontrase a un verdadero pecador, y reconociese el pecado que hay en él, sin duda se sentiría horrorizado. Pero tal vez no existiría ninguna razón para que aquel hombre le disgustara. Por el contrario, es muy posible que, si lograba olvidar su pecado, encontrase agradable su trato. ¡Y, sin embargo…! ¡No! ¡Nadie puede adivinar cuán terrible es el verdadero Mal…! ¡Si las rosas y los lirios del jardín se pusieran a cantar esta madrugada, si los muebles de esta casa empezaran a desfilar en procesión como en el cuento de Maupassant…!

-Celebro que vuelva a esta comparación -dijo Cotgrave-, pues quería preguntarle a qué corresponden, en la Humanidad, estas proezas imaginarias de las cosas que usted cita. Repito: ¿qué es, pues, el pecado? Quisiera que me diese usted un ejemplo concreto. Por primera vez, Ambrosio vaciló:

Ya le he dicho que el verdadero Mal es muy raro. El materialismo de nuestra época, que tanto ha hecho para suprimir la santidad, tal vez ha hecho más aún para suprimir el mal Encontramos la tierra tan cómoda, que no sentimos deseos de subir ni de bajar. Todo ocurre como si el especialista del infierno realizase trabajos puramente arqueológicos.

-Sin embargo, tengo entendido que sus investigaciones se han extendido hasta la época actual.

-Veo que está usted realmente interesado. Pues bien, confieso que he reunido, en efecto, algunos documentos…

V

La tierra es cóncava. Moramos en su interior.

Los astros son bloques de hielo. Varias lunas han caído ya sobre la Tierra. La nuestra caerá también. Toda la historia de la Humanidad se explica por la batalla entre el hielo y el fuego.

El hombre no está acabado. Está al borde de una formidable mutación que le dará los poderes que los antiguos atribuían a los dioses. Algunos ejemplares del hombre nuevo existen ya en el mundo, venidos tal vez de allende las fronteras del tiempo y del espacio.

Existe una posibilidad de alianza con el Dueño del Mundo, con el «Rey del Miedo», que reina en una ciudad oculta en algún lugar de Oriente. Los que celebren el pacto cambiarán por muchos milenios la superficie de la Tierra y darán sentido a la aventura humana. Tales son las teorías científicas y los conceptos religiosos que alimentaron el nazismo original, y en los que creían Hitler y los miembros del grupo a que pertenecía, y que, en proporción considerable, orientaron los hechos sociales y políticos de la Historia reciente. Esto parece una extravagancia. La explicación, siquiera parcial, de la Historia contemporánea, partiendo de tales ideas y creencias, puede parecer repugnante. Pero nosotros creemos que nada es repugnante cuando se trata de la verdad.

Sabido es que el partido nazi se mostró francamente, e incluso ruidosamente, antiintelectual, y que quemó los libros y rechazó a los físicos teóricos del campo enemigo «judeomarxista». Es menos sabido el porqué, y en favor de qué explicaciones el mundo nazi rechazó las ciencias occidentales oficiales. Y se sabe menos aún en qué concepto del hombre se apoyaba el nazismo, al menos en el espíritu de algunos de sus jefes. Cuando se sabe todo esto, se sitúa mejor la última guerra mundial en el marco de los grandes conflictos espirituales; la Historia recobra el aliento de la Leyenda de los Siglos.

«Se nos lanzan anatemas como si fuésemos enemigos del espíritu -decía Hitler-. Pues bien, sí, lo somos. Pero en un sentido mucho más profundo de lo que haya soñado jamás la ciencia burguesa, en su imbécil orgullo.» Es aproximadamente lo mismo que declaraba Gurdjieff a su discípulo Ouspensky después de haber enjuiciado a la ciencia: «Mi camino es el del desarrollo de las posibilidades ocultas del hombre. Es un camino contra la Naturaleza y contra Dios.»

Esta idea de las posibilidades ocultas del hombre es esencial. Conduce a menudo a la repulsa de la ciencia y al desprecio de la Humanidad corriente. Según esa idea, muy pocos hombres existen realmente. Ser, es ser diferente. El hombre corriente, el hombre en su estado natural, no es más que una larva, y el Dios de los cristianos no es más que un pastor de larvas.

El doctor Willy Ley, uno de los más grandes expertos del mundo en materia de cohetes, huyó de Alemania en 1933. Por él nos hemos enterado de la existencia en Berlín, poco antes del nazismo, de una pequeña comunidad espiritual que reviste un gran interés para nosotros.

Esta comunidad se fundaba, literalmente, en una novela del escritor inglés Bulwer Lytton: La raza que nos suplantará. Esta novela presenta a unos hombres cuyo psiquismo está mucho más desarrollado que el nuestro. Han adquirido poderes sobre ellos mismos y sobre las cosas que los hacen semejantes a los dioses. Por lo pronto, siguen ocultos. Habitan en cavernas, en el centro de la Tierra. Pronto saldrán de ellas para reinar sobre nosotros.

Esto era todo lo que parecía saber el doctor Willy Ley. Añadía, sonriendo, que los discípulos creían poseer ciertos secretos para cambiar de raza, para igualarse a los hombres ocultos en el fondo de la Tierra. Eran métodos de concentración y toda una gimnasia interior para transformarse. Comenzaban sus ejercicios contemplando fijamente la estructura de una manzana partida en dos… Nosotros proseguimos la investigación.

Esta sociedad berlinesa se llamaba: «La Logia Luminosa» o «Sociedad del Vril». El Vril es la enorme energía de la cual sólo utilizamos una ínfima parte en la vida ordinaria, el nervio de nuestra divinidad posible. El que llega a ser dueño de un vril se convierte en dueño de sí mismo, de los demás y del mundo. Aparte de esto, no hay nada deseable. Todos nuestros esfuerzos deben tender a ello. Todo lo demás pertenece a la psicología oficial, a la moral, a las religiones, al viento. El mundo va a cambiar. Los Señores saldrán de debajo de la Tierra. Si no hemos celebrado una alianza con ellos, si no somos también señores, nos veremos entre los esclavos, entre el estiércol que servirá de abono a las nuevas ciudades.

La «Logia Luminosa» tenía amigos en la teosofía y en los grupos de la Rosacruz. Según Jack Belding, autor de la curiosa obra Los siete hombres de Spandau, Karl Haushoffer perteneció a esta Logia. Tendremos que hablar mucho de éste, y veremos cómo su paso por esta «sociedad del vril» aclara algunas cosas.

El lector recordará, tal vez, que detrás del escritor Arthur Machen, descubrimos una sociedad secreta inglesa, la Golden Dawn. Esta sociedad neopagana, a la que pertenecían grandes ingenios, había nacido de la Sociedad inglesa de la Rosacruz, fundada por Wentworth Little en 1876. Little estaba en relación con los rosacrucianos alemanes. Reclutó sus adeptos, en número de ciento cuarenta y cuatro, entre los dignatarios masones. Uno de tales adeptos fue Bulwer Lytton.

Bulwer Lytton, erudito genial, mundialmente célebre por su relato Los últimos días de Pompeya, no esperaba sin duda que su novela inspirase, varías décadas más tarde y en Alemania, a un grupo místico prenazi. Sin embargo, en otras obras, como La raza que nos suplantará o Zanoni, hacía gran hincapié en realidades del mundo espiritual y, particularmente, del mundo infernal. Se consideraba un iniciado. A través de las fábulas novelescas, expresaba su certeza de que existen seres dotados de poderes sobrehumanos. Estos seres que suplantarán y conducirán a los elegidos de la raza humana a una formidable mutación.

Hay que tener cuidado con esta idea de mutación de la raza. Volveremos a encontrarla en Hitler, y en la actualidad no está extinguida. Hay que guardarse también de la idea de los «Superiores Desconocidos». La encontramos en todas las místicas negras de Oriente y de Occidente. Habitantes subterráneos o venidos de otros planetas, gigantes semejantes a los que se dice que duermen bajo una concha de oro en las criptas tibetanas, o bien presencias informes y terroríficas según las describía Lovecraft, estos «Superiores Desconocidos» evocados en los ritos paganos y luciferinos, ¿existen acaso? Cuando Machen habla del mundo del Mal, «lleno de cavernas y de habitantes crepusculares», se refiere, como buen discípulo de la Golden Dawn, al otro mundo, a aquel en que el hombre entra en contacto con los «Superiores Desconocidos». Nos parece cierto que Hitler compartía esta creencia. Más aún: que creía haber estado en contacto con los «Superiores».

Hemos citado la Golden Dawn y la «Sociedad del Vril» alemana. En seguida hablaremos del grupo «Thule». No somos tan locos como para querer explicar la Historia por las sociedades secretas. Pero sí que veremos, cosa curiosa, que existe una relación y que, con el nazismo, el «otro mundo» reinó sobre nosotros durante algunos años. Ha sido vencido. Pero no ha muerto, ni al otro lado del Rin ni en el resto del mundo. Y no es eso lo temible, sino nuestra ignorancia.

Hemos dicho ya que Samuel Mathers fundó la Golden Dawn. Mathers pretendía estar en relación con los «Superiores Desconocidos» y haber entablado contacto con ellos en compañía de su madre, hermana del filósofo Henri Bergson. He aquí un pasaje del manifiesto a los «Miembros del segundo orden», que escribió en 1896.

«Con referencia a estos Jefes Secretos a que me refiero, y de los cuales he recibido la sabiduría del Segundo Orden que os he comunicado, nada puedo deciros. Ignoro incluso sus nombres terrenales y sólo los he visto muy raras veces en su cuerpo físico… Nos encontramos físicamente en tiempos y lugares previamente fijados. En mi opinión son seres humanos que viven en esta Tierra, pero que poseen poderes terribles y sobrehumanos… Mis relaciones físicas con ellos me han enseñado lo difícil que es para un mortal, por muy avanzado que sea, aguantar su presencia. No quiero decir con ello que, en estos raros encuentros, experimentase el efecto de la depresión física intensa que sigue a la pérdida del magnetismo. Por el contrario, me sentía en contacto con una fuerza tan terrible, que sólo puedo compararla al efecto experimentado por alguien que se encontrara cerca de un relámpago durante una violenta tempestad acompañado de una gran dificultad de respirar… La postración nerviosa de que os he hablado iba acompañada de sudores fríos y de pérdida de sangre por la nariz, por la boca y a veces por los oídos.»

Hitler hablaba un día con Rauschning, jefe del Gobierno de Danzig, sobre el problema de la mutación de la raza humana. Rauschning, que no poseía la clave de tan extraña preocupación, atribuyó a las palabras de Hitler el propósito del cultivador que trataba de mejorar la sangre alemana.

-Pero usted no puede hacer más que ayudar a la Naturaleza -le dijo-, abreviar el camino a recorrer. Es preciso que la propia Naturaleza le dé una variedad nueva. Hasta ahora, el ganadero ha logrado muy raras veces, en la especie animal, efectuar mutaciones, es decir, crear él mismo caracteres nuevos.

-¡El hombre nuevo vive entre nosotros! ¡Existe! -exclamó Hitler, con voz triunfal-. ¿Le basta con esto? Le confiaré un secreto. Yo he visto al hombre nuevo. Es intrépido y cruel. Ante él, he tenido miedo.

«Al pronunciar estas palabras -añade Rauschning-, Hitler temblaba con ardor extático.»

Y Rauschning refiere también esta extraña escena, sobre la cual se interroga en vano el doctor Achule Delmas, especialista en psicología aplicada. La psicología, en efecto, no es aplicable a este caso:

«Una persona próxima a él, me dijo que Hitler se despierta por las noches, lanzando gritos convulsivos. Pide socorro, sentado en el borde de su cama, y está como paralizado. Es presa de un pánico que le hace temblar hasta el punto de sacudir el lecho. Profiere voces confusas e incomprensibles. Jadea como si estuviera a punto de ahogarse. La misma persona me contó una de estas crisis, con detalles que me negaría a creer si procedieran de una fuente menos segura. Hitler estaba en pie en su habitación, tambaleándose y mirando a su alrededor con aire extraviado. “¡Es él! ¡Es él! ¡Ha venido aquí!”, gemía. Sus labios estaban pálidos. Por su cara resbalaban gruesas gotas de sudor. De pronto, pronunció unos números sin sentido, algunas palabras y trozos de frases. Era algo espantoso. Empleaba palabras muy extrañas, uniéndolas de un modo chocante. Después, volvió a quedar silencioso, pero siguió moviendo los labios. Entonces le dieron masajes y le hicieron beber algo. Pero, de pronto, rugió: “¡Allí! ¡Allí! ¡En el rincón! ¡Está allí!” Daba patadas en el suelo y chillaba. Le tranquilizaron diciéndole que nada ocurría de extraordinario, y se fue calmando poco a poco. Durmió muchas horas y volvió a ser un hombre casi normal y soportable…»

Dejemos al lector el trabajo de comparar las declaraciones de Mathers, jefe de una pequeña sociedad neopagana de fines del siglo XIX, con las palabras de un hombre que, en el momento en que Rauschning las recogió, se aprestaba a lanzar al mundo a una aventura que le costó veinte millones de muertos. Y le rogamos que no desprecie esta comparación y sus enseñanzas, bajo el pretexto de que la Golden Dawn y el nazismo no pueden, a los ojos del historiador razonable, medirse por el mismo rasero. El historiador es razonable, pero la Historia no lo es. Las mismas creencias animan a los dos hombres, sus experiencias fundamentales son idénticas, y la misma fuerza los guía. Pertenecen a la misma corriente de ideas, a la misma religión. Esta religión no ha sido nunca realmente estudiada. Ni la Iglesia, ni el racionalismo, que es otra iglesia, lo han permitido. Entramos en una época del conocimiento en que tales estudios serán posibles porque, al descubrir la realidad de su lado fantástico, algunas ideas técnicas que nos parecen absurdas, despreciables u odiosas, nos parecerán entonces útiles para la comprensión de algo real y cada vez menos tranquilizador.

No proponemos al lector que estudie la filiación Rosacruz-Bulwer Lytton-Little-Mathers-Crowley-Hitler, ni otra filiación del mismo género, donde encontrarían también a Madame Blavatsky y a Gurdjieff. El juego de las filiaciones es como el de las influencias en literatura. Una vez terminado, sigue el problema: el del genio, en literatura; el del poder, en Historia. La Golden Dawn no basta para explicar el grupo «Thule» o la «Logia Luminosa», la Ahnenherbe. Naturalmente, hay muchas interferencias, pasajes clandestinos o confesados de un grupo a otro. No dejaremos de señalarlos. Es algo apasionante, como toda pequeña historia. Pero nuestro objeto es la gran Historia. Pensamos que estas sociedades, pequeñas o grandes, ramificadas o no, conexas o inconexas, son manifestaciones más o menos claras, más o menos importantes, de otro mundo distinto al que vivimos. Decimos que es el mundo del Mal, en el sentido que le daba Machen. Pero no conocemos mejor el mundo del Bien. Vivimos entre dos mundos y tomamos el planeta entero por la no man’s land. El nazismo constituyó uno de los raros momentos, en la Historia de nuestra civilización, en que una puerta se abrió sobre otra cosa, de manera ruidosa y visible. Y es singular que los hombres pretendan no haber visto ni oído nada, aparte de los espectáculos y los ruidos del desbarajuste bélico y político.

Todos estos movimientos: Rosacruz moderna, Golden Dawn y «Sociedad del Vril» alemana (que nos conducirán al grupo «Thule», donde encontraremos a Haushoffer, a Hess y a Hitler), tenían algo que ver con la «Sociedad Teosófica», poderosa y bien organizada. La teosofía añadía a la magia neopagana un aparato oriental y una terminología hindú. O mejor dicho, abría a un cierto Oriente luciferino las rutas de Occidente. Bajo el nombre de teosofismo, se acabó por comprender todo el vasto movimiento del renacimiento mágico que trastornó no pocas inteligencias a comienzos de siglo.

En su estudio La Teosofía, historia de una seudorreligión, publicada en 1921, el filósofo René Guénon se muestra profeta. Ve surgir los peligros detrás de la teosofía y de los grupos de iniciación neopaganos, más o menos relacionados con la secta de Madame Blavatsky.

Escribe: «Los falsos mesías que hemos conocido hasta la fecha, sólo han realizado prodigios de calidad bastante inferior, y los que los siguieron eran, probablemente, personas fáciles de embaucar. Pero, ¿quién sabe lo que nos reserva el porvenir? Si pensamos que estos falsos mesías no han sido más que instrumentos más o menos inconscientes en manos de los que los promovieron, y si los relacionamos en particular con la serie de tentativas sucesivas realizadas por los teósofos, nos sentimos inclinados a pensar que no fueron más que ensayos, experimentos de alguna clase, que se renovarán en formas diversas hasta obtener el éxito, y que, mientras tanto, dan siempre por resultado el provocar cierta turbación en los espíritus. No creemos, por otra parte, que los teósofos, al igual que los ocultistas y los espiritistas, tengan fuerza suficiente para realizar por sí solos semejante empresa. Pero, ¿no puede haber, detrás de todos estos movimientos, algo mucho más temible, desconocido acaso por sus propios jefes y de lo que no son más que simples instrumentos?»

Es también la época en que un extraordinario personaje, Rudolf Steiner, crea en Suiza una sociedad de investigación que apoya en la idea de que el Universo entero está contenido en el espíritu humano, y de que este espíritu es capaz de una actividad que no puede medirse por el rasero de la psicología oficial. En realidad, ciertos descubrimientos steinerianos en biología (los abonos que no destruyen el suelo), en medicina (utilización de metales que modifican el metabolismo) y sobre todo en pedagogía (numerosas escuelas steinerianas funcionan actualmente en Europa), han enriquecido notablemente a la Humanidad. Rudolf Steiner creía que hay una forma negra y una forma blanca en la investigación «mágica». Opinaba que la teosofía y las diversas sociedades neopaganas procedían del gran mundo subterráneo del Mal y eran anuncio de una edad demoníaca. Y se apresuró a montar, en el seno de su propia enseñanza, una doctrina moral que obligaba a los «iniciados» a emplear sólo fuerzas benéficas. Quería crear una sociedad de hombres de buena voluntad.

No queremos discutir si Steiner tenía razón o estaba equivocado, si poseía o no la verdad. Pero nos llama la atención que los primeros grupos nazis parecieron considerar a Steiner como el enemigo número uno. Los hombres de acción de la primera época disuelven por la violencia las reuniones de los steinerianos, amenazan de muerte a sus discípulos, les obligan a huir de Alemania, y, en 1924, incendian el centro construido por Steiner en Dornach, Suiza. Los archivos son pasto de las llamas; Steiner no puede ya trabajar, y muere de dolor un año más tarde.

Hasta aquí hemos descrito los antecedentes del elemento fantástico del hitlerismo. Ahora entramos en lo que constituye realmente nuestro tema. Dos teorías florecieron en la Alemania nazi: la del mundo helado y la de la tierra cóncava. Son dos explicaciones del mundo y del hombre que resucitan datos tradicionales, justifican algunos mitos y ponen de nuevo sobre el tapete cierto número de «verdades» elaboradas por grupos de iniciación, desde los teósofos a Gurdjieff. Pero estas teorías fueron expuestas con gran aparato político-científico. A punto estuvieron de arrojar de Alemania la ciencia moderna, tal como nosotros la consideramos. Reinaron sobre muchos espíritus. Además, determinaron ciertas decisiones militares de Hitler, influyendo a veces en la marcha de la guerra y contribuyendo a la catástrofe final. Hitler, arrastrado por esas teorías y especialmente por la idea del diluvio sacrificial, quiso llevar a todo el pueblo alemán a la aniquilación total.

Ignoramos la causa de que estas teorías, con tanto empeño afirmadas, en las que comulgaron docenas de hombres e inteligencias destacadas y por las que se hicieron tantos sacrificios materiales y humanos, no hayan sido todavía estudiadas por nosotros y sean incluso desconocidas para muchos.

Vedlas aquí, con su génesis, su historia, sus aplicaciones y su posteridad.

VI

Una mañana del verano de 1925, el repartidor de correos entregó una carta en casa de todos los sabios de Alemania y de Austria. En el tiempo de abrirla, moría el concepto de la grave ciencia, y los sueños y el griterío de los réprobos llenaban de pronto los laboratorios y las bibliotecas. La carta era un ultimátum:

«Es preciso elegir entre estar con nosotros o contra nosotros. De la misma manera que Hitler limpiará la política, Hans Horbiger barrerá las falsas ciencias. La doctrina del hielo eterno será el símbolo de la regeneración del pueblo alemán. ¡Tened cuidado! ¡Formad a nuestro lado antes de que sea demasiado tarde!»

El hombre que se atrevía a amenazar de esta guisa a los sabios, Hans Horbiger, tenía sesenta y cinco años. Era una especie de profeta furioso. Lucía una inmensa barba blanca y empleaba una escritura capaz de desanimar al mejor grafólogo. Su doctrina empezaba a ser conocida por un público numeroso, bajo el nombre de la Wel. Era una explicación del Cosmos en contradicción con la astronomía y las matemáticas oficiales, pero justificada por antiguos mitos. Sin embargo, Horbiger se consideraba un sabio. Pero la ciencia debía cambiar de ruta y de métodos. «La ciencia objetiva es un invento pernicioso, un tótem decadente.» Pensaba, como Hitler, que «la cuestión previa a toda actividad científica es saber quién quiere saber». Sólo el profeta puede tener acceso a la ciencia, porque, gracias a la iluminación, se encuentra en un nivel superior de conciencia. Esto era lo que había querido decir el iniciado Rabelais cuando escribió: «La ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma.» Se refería a la ciencia sin conciencia superior. Pero habían falseado su mensaje en provecho de una mezquina conciencia humanista primaria. Cuando el profeta quiere saber, puede entrar en juego la ciencia, pero ésta es algo distinta de lo que llamamos de ordinario ciencia. Por esto Hans Horbiger no podía tolerar la menor duda, el menor intento de contradicción. Le agitaba un furor sagrado: «¡Confiáis en las ecuaciones y no en mí! -rugía-. ¿Cuánto tiempo necesitaréis para comprender que las matemáticas son una mentira sin ningún valor?»

En la Alemania del Herr Doktor científico y técnico, Hans Horbiger introducía, a gritos y golpes, el saber iluminado, el conocimiento irracional, las visiones. Y no era el único, aunque, en este terreno, se asignaba el primer papel. Hitler y Himmler habían requerido los servicios de un astrólogo, aunque no lo publicaban. Este astrólogo se llamaba Führer. Más tarde, después de la conquista del poder, y como para firmar su voluntad, no sólo de reinar, sino de «cambiar la vida», se atrevieron a provocar por sí mismos a los sabios. Nombraron a Führer «”plenipotenciario” de las matemáticas, de la astronomía y de la física». Mientras tanto, Hans Horbiger ponía en práctica, en los medios intelectuales, un sistema comparable al de los agitadores políticos.

Parecía disponer de medios económicos considerables. Operaba como un jefe de partido. Creaba un movimiento, con servicio de información, oficinas de reclutamiento, cuotas, propagandistas y hombres de acción reclutados entre las juventudes hitlerianas. Se cubrían las paredes de carteles, se inundaban los periódicos de anuncios, se distribuían profusión de folletos, se organizaban mítines. Las reuniones y conferencias de astrónomos eran interrumpidas por los agitadores que gritaban: «¡Fuera los sabios ortodoxos! ¡Seguid a Horbiger!» Se molestaba a los profesores en la calle. Los directores de las instituciones científicas recibían tarjetas amenazadoras: «Cuando hayamos triunfado, usted y sus colegas tendrán que mendigar en las aceras.» Había hombres de negocios, industriales, que, antes de admitir a un empleado, le hacían firmar una declaración: «Juro que creo en la teoría del hielo eterno.» Horbiger escribía a los grandes ingenieros: «O aprenderán a creer en mí, o serán tratados como enemigos.»

En el transcurso de algunos años, el movimiento publicó tres grandes obras doctrinales, cuarenta libros populares y centenares de folletos. Editaba una revista mensual de gran tirada: La llave de los acontecimientos mundiales. Había reclutado docenas de millares de adeptos. Iba a desempeñar un papel importante en la historia de las ideas y en la Historia a secas.

Al principio, los sabios protestaban y publicaban cartas y artículos demostrando la imposibilidad del sistema de Horbiger. Después, cuando el Wel adquirió proporciones de vasto movimiento popular, se alarmaron. Después del advenimiento de Hitler al poder, la resistencia menguó, aunque las Universidades continuaron enseñando la astronomía ortodoxa. Algunos ingenieros renombrados y algunos sabios se incorporaron a la doctrina del hielo eterno, como, por ejemplo, Lenard, que había descubierto con Röntgen los rayos X, el físico Oberth, y Stark, cuyas investigaciones sobre la espectroscopia eran mundialmente conocidas. Hitler apoyaba abiertamente a Horbiger y creía en él.

«Nuestros antepasados nórdicos se fortalecieron en la nieve y en el hielo -declaraba un folleto popular de la Wel-; por esto la creencia en el hielo mundial es la herencia natural del nombre nórdico. Un austriaco, Hitler, expulsó a los políticos judíos; otro austriaco, Horbiger, expulsará a los sabios judíos El Führer ha demostrado, con su propio ejemplo, que el aficionado es superior al profesional. Ha sido necesario otro aficionado para darnos la comprensión completa del Universo.»

Hitler y Horbiger, los «dos austriacos más grandes», se encontraron muchas veces. El jefe nazi con respeto al sabio visionario. Horbiger no toleraba que le interrumpiesen en sus discursos y replicaba firmemente a Hitler: «Maul zu ¡Cierre el pico!» Él llevó hasta el último extremo la convicción de Hitler: el pueblo alemán, según su mesianismo, había sido envenenado por la ciencia occidental, estrecha, debilitante, desligada de la carne y del espíritu. Algunas creaciones recientes, como el psicoanálisis, la serología y la relatividad, eran máquinas de guerra dirigidas contra el espíritu de Parsifal. La doctrina del hielo mundial proporcionaría el necesario contraveneno. Esta doctrina destruía la astronomía admitida: el resto del edificio se derrumbaría seguidamente por sí solo, y era necesario que se derrumbase seguidamente para que renaciera la magia, único valor dinámico. Los teóricos del nacionalsocialismo y los del hielo eterno se reunieron en conferencias: Rosenberg y Hans Horbiger, rodeados de sus mejores discípulos.

La historia de la Humanidad, tal como la describía Horbiger, con los grandes diluvios y las migraciones sucesivas, con sus gigantes y sus esclavos, sus sacrificios y sus epopeyas, respondía a la teoría de la raza aria. Las afinidades del pensamiento de Horbiger con los temas orientales de las edades antediluvianas, de los períodos de salud y de castigo de la especie, apasionaron a Himmler. A medida que se precisaba el pensamiento de Horbiger, surgían correspondencias con las visiones de Nietzsche y con la mitología wagneriana. Los orígenes fabulosos de la raza aria, descendida de las montañas habitadas por superhombres de otra época y destinada a gobernar el planeta, quedaron establecidos. La doctrina de Horbiger coincidía estrechamente con el pensamiento del socialismo mágico, con las actitudes místicas del grupo nazi. Ella fomentaba en gran manera lo que Jung debía llamar más tarde «libido de lo irrazonable». Ella aportaba algunas de las «vitaminas del alma» contenidas en los mitos.

En 1913, un tal Philipp Fauth, astrónomo aficionado, especializado en la observación de la Luna, había publicado con varios amigos un enorme volumen de más de ochocientas páginas: La Cosmogonía Glacial de Horbiger.

La mayor parte de esta obra había sido escrita por el propio Horbiger.

Horbiger, en esta época, administraba descuidadamente su negocio personal. Nacido en 1860, en el seno de una familia tirolesa conocida desde hacía siglos, había estudiado en la Escuela de Tecnología de Viena y realizado prácticas en Budapest. Proyectista en la fábrica de máquinas de vapor de Alfred Coliman, había ingresado después en la empresa «Land», de Budapest, como especialista de compresores. Allí inventó, en 1894, un nuevo sistema de llaves para bombas y compresores. Horbiger vendió la patente a unas poderosas sociedades alemanas y americanas y se halló de pronto en posesión de una gran fortuna que la guerra no tardaría en dispersar.

Horbiger sentía apasionamiento por las aplicaciones astronómicas de los cambios de estado del agua (hielo, líquido, vapor), que había tenido ocasión de estudiar en el ejercicio de su profesión. A base de ello, pretendía explicar toda la cosmografía y toda la astrofísica. Según decía, bruscas iluminaciones e intuiciones fulgurantes le habían abierto las puertas de una ciencia nueva, que contenía todas las demás. Con el tiempo, había de convertirse en uno de los grandes profetas de la Alemania mesiánica, y, como se escribió después de su muerte, en «un descubridor genial, bendecido por Dios».

La doctrina de Horbiger toma su fuerza de una visión completa de la Historia y de la evolución del Cosmos. Explica la formación del sistema solar, el nacimiento de la Tierra, de la vida y del espíritu. Describe todo el pasado del Universo y anuncia sus transformaciones futuras. Responde a las tres interrogaciones esenciales. ¿Qué somos? ¿De dónde venirnos? ¿Adonde vamos? Y las contesta del modo más adecuado para la exaltación.

Todo descansa sobre la idea de la lucha perpetua, en los espacios infinitos, entre el hielo y el fuego, y entre las fuerzas de repulsión y de atracción. Esta lucha, esta tensión cambiante entre principios opuestos, esta eterna guerra en el cielo, que es la ley de los planetas, rige también la Tierra y la materia viva, y determina la historia de la Humanidad. Horbiger pretende revelarnos el más remoto pasado de nuestro Globo y su más lejano porvenir, y formula fantásticas teorías sobre la evolución de las especies vivas. Trastorna todo lo que generalmente pensamos de la historia de las civilizaciones, de la aparición y del desarrollo del hombre y de sus sociedades. No propugna, a este respecto, una marcha ascensional continua, sino una serie de subidas y bajadas. Hombres-dioses, gigantes, civilizaciones fabulosas, nos han precedido hace centenares de miles o acaso millones de años. Tal vez nosotros llegaremos a ser lo que fueron los antepasados de nuestra raza, a través de cataclismos y mutaciones extraordinarias, en el curso de una historia que, tanto en la Tierra como en el Cosmos, se desarrolla por ciclos. Pues las leyes del cielo son idénticas a las leyes de la Tierra, y el Universo entero participa del mismo movimiento y es un organismo vivo, en el que todo resuena en todo. La aventura de los hombres está ligada a la aventura de los astros; lo que ocurre en el Cosmos ocurre en la Tierra, y viceversa.

Como puede verse, esta doctrina de los ciclos y de las relaciones cuasimágicas entre el hombre y el Universo, refuerza el más remoto pensamiento tradicional. Vuelve a introducir las antiquísimas profecías, los mitos y las leyendas, los antiguos temas del Génesis, del Diluvio, de los Gigantes y de los Dioses.

Esta doctrina, como se comprenderá mejor dentro de poco, está en contradicción con todos los principios de la ciencia admitida. Pero, decía Hitler: «Hay una ciencia nórdica y nacionalsocialista que se opone a la ciencia judeoliberal.» La ciencia admitida en Occidente, y naturalmente la religión judeocristiana que es su cómplice, es una conspiración que es preciso destruir. Es una conjuración contra el sentido de la epopeya y de lo mágico que arraiga en el corazón del hombre fuerte, una vasta conspiración que cierra a la Humanidad las puertas del pasado y del porvenir más allá de los cortos límites de las civilizaciones registradas, que le amputa sus orígenes y su destino fabuloso, y que le impide el diálogo con los dioses.

Los sabios admiten, por lo general, que nuestro Universo fue creado por una explosión producida hace tres mil o cuatro mil millones de años. Pero, ¿explosión de qué? Tal vez el Cosmos entero estaba contenido en un átomo, punto cero de la creación. Este átomo habría estallado, continuando después en una expansión constante. Él habría contenido toda la materia y todas las fuerzas hoy desplegadas. Pero, en esta hipótesis, no se encuentra el comienzo absoluto del Universo. Los teóricos de la expansión del Universo partiendo de aquel átomo, no tocan el problema de su origen. En resumidas cuentas, la ciencia no nos ofrece mayores precisiones que el admirable poema indio: «En el intervalo entre disolución y creación, Visnú-Cesha reposaba en su propia sustancia, luminoso de energía durmiente, entre los gérmenes de las vidas venideras.»

En lo que atañe al nacimiento de nuestro sistema solar; las hipótesis son igualmente inconsistentes. Se imaginó que los planetas nacieron de una explosión parcial del Sol. Un gran cuerpo astral debió de pasar cerca de aquél, arrancando una parte de la sustancia solar que se desparramaría en el espacio, fijándose en planetas. Después, el gran cuerpo, el superastro desconocido, debió de proseguir su ruta, ahogándose en el infinito. Se imaginó también la explosión de un sol gemelo del nuestro. El profesor H. N. Roussel, resumiendo la cuestión, escribe con humor: «Hasta que sepamos cómo ocurrió la cosa, lo único realmente seguro es que el sistema solar se produjo de algún modo.»

En cambio, Horbiger pretende saber cómo ocurrió la cosa. El posee la explicación definitiva. En una carta al ingeniero Willy Ley, afirma que esta explicación le saltó a los ojos en su juventud. «Tuve la revelación -dice- cuando, siendo un joven ingeniero, observé un día una ola de acero fundido sobre tierra mojada y cubierta de nieve: la tierra estallaba con cierto retraso y con gran violencia.» Esto es todo. A partir de aquel momento, la doctrina de Horbiger crece y fructifica. Es la manzana de Newton.

Había en el cielo un cuerpo enorme y a elevada temperatura, millones de veces mayor que nuestro Sol actual. Este cuerpo chocó con un planeta gigante, constituido por una acumulación de hielo cósmico. La masa de hielo penetró en el supersol. Nada ocurrió durante centenares de miles de años. Después, el vapor de agua hizo que todo estallara.

Algunos fragmentos fueron proyectados tan lejos que se perdieron en el espacio helado.

Otros volvieron a caer sobre la masa central donde se había originado la explosión.

Otros, por último, fueron proyectados a una zona intermedia: son los planetas de nuestro sistema. Había treinta de ellos. Son bloques que, poco a poco, se han ido cubriendo de hielo. La Luna, Júpiter, Saturno, son de hielo, y los canales de Marte son grietas del hielo. Sólo la Tierra no está absolutamente dominada por el frío: en ella sigue la lucha entre el hielo y el fuego.

A una distancia igual a tres veces la de Neptuno, se hallaba, en el momento de la explosión, un enorme anillo de hielo. Y allí sigue estando. Es lo que los astrónomos oficiales se empeñan en llamar Vía Láctea, porque algunas estrellas parecidas a nuestro Sol, en el espacio infinito, brillan a través de ella. En cuanto a las fotografías de estrellas individuales cuyo conjunto nos daría una Vía Láctea, son simples composiciones.

Las manchas que se observan en el Sol y que cambian de forma y de lugar cada once años, siguen siendo inexplicables para los sabios ortodoxos. Pues bien, son producidas por la caída de bloques de hielo, que se desprenden de Júpiter. Júpiter cierra su círculo alrededor del Sol cada once años.

En la zona media de la explosión, los planetas del sistema a que pertenecemos obedecen a dos fuerzas:

– La fuerza primitiva de la explosión, que los aleja.

– La gravitación que los atrae a la masa más fuerte situada en su proximidad.

Estas dos fuerzas no son iguales. La fuerza de la explosión inicial va disminuyendo, porque el espacio no está vacío, sino que hay en él una materia tenue, compuesta de hidrógeno y de vapor de agua. Además, el agua que alcanza el Sol llena el espacio de cristales de hielo. De este modo se ve cada vez más frenada la fuerza inicial de repulsión. Por el contrario, la gravitación es constante. Por esto cada planeta se acerca al más próximo que lo atrae. Se acerca trazando círculos a su alrededor, o mejor dicho, describiendo una espiral que se va encogiendo. Así, tarde o temprano, cada planeta caerá en el más próximo, y todo el sistema acabará por caer, en forma de hielo, en el Sol. Entonces se producirá una nueva explosión y todo volverá a empezar.

Hielo y fuego, repulsión y atracción, luchan eternamente en el Universo. Esta lucha determina la vida, la muerte y el renacimiento perpetuo del Cosmos. Un escritor alemán, Elmar Brugg, escribió en 1952 una obra encomiástica de Horbiger, en la cual nos dice:

«Ninguna de las doctrinas de representación del Universo ponía en juego el principio de contradicción, de lucha de dos fuerzas contrarias, del cual, empero, se alimenta el alma del hombre desde hace milenios. El mérito imperecedero de Horbiger es haber resucitado vigorosamente el conocimiento intuitivo de nuestros antepasados por el conflicto eterno del fuego y del hielo, cantado por Edda. Él expuso este conflicto a la mirada de sus contemporáneos. Él fundió científicamente esta imagen grandiosa del mundo ligada al dualismo de la materia y de la fuerza, de la repulsión que dispersa y la atracción que reúne.»

Luego, es verdad: la Luna acabará por caer en la Tierra. Existe un momento -varias decenas de milenios- en que la distancia de un planeta a otro parece fija. Pero llegará un día en que nos daremos cuenta de que la espiral se encoge. Poco a POCO, en el curso de las edades, la Luna se irá acercando. La fuerza de gravitación que ejerce sobre la Tierra aumentará. Entonces las aguas de nuestros océanos se juntarán en una marea permanente y ascenderán, cubriendo las tierras, ahogando los trópicos y cercando las más altas montañas. Los seres vivos se sentirán progresivamente liberados de su peso. Crecerán. Los rayos cósmicos serán cada vez más poderosos. Al actuar sobre los genes y los cromosomas, producirán mutaciones. Aparecerán nuevas razas, animales, plantas y hombres gigantescos.

Después, al acercarse más, la Luna estallará, girando a toda velocidad, y se convertirá en un inmenso anillo de rocas, de hielo, de agua y de gas, que girará cada vez más de prisa. Por fin el anillo caerá sobre la Tierra, y será la Caída, el Apocalipsis anunciado. Pero si subsisten algunos hombres, los más fuertes los mejores, los elegidos, presenciarán extraños y formidables espectáculos. Y acaso, el espectáculo final.

Después de muchos milenios sin satélite, durante los cuales la Tierra habrá conocido extraordinarias imbricaciones de razas antiguas y nuevas, civilizaciones de gigantes, renacimientos después del Diluvio, e inmensos cataclismos, Marte, más pequeño que nuestro Globo, acabará por acercársele. Alcanzará la órbita de la Tierra. Pero es demasiado grande para ser capturado, para convertirse, como la Luna, en un satélite. Pasará muy cerca de la Tierra, la rozará e irá a caer en el Sol, atraído por éste, aspirado por el fuego. Entonces, nuestra atmósfera se sentirá de pronto atrapada, arrastrada por la gravitación de Marte, y nos abandonará para perderse en el espacio. Entonces los océanos se agitarán en torbellino y hervirán sobre la superficie de la Tierra, bañándolo todo, y la corteza estallará. Nuestro Globo, muerto, seguirá girando en espiral, será alcanzado por los planetoides helados que navegan por el cielo y se convertirá en una enorme bola de hielo que, a su vez, se arrojará contra el Sol. Después de la colisión, vendrá el gran silencio, la gran inmovilidad, mientras el vapor de agua se irá acumulando, durante millones de años, en el interior de la masa ardiente. Por fin, se producirá una nueva explosión y otras creaciones en la eternidad de las fuerzas ardientes del Cosmos.

Tal es el destino de nuestro sistema solar, según la visión del ingeniero austriaco a quien los dignatarios nacionalsocialistas llamaban El Copérnico del siglo XX. Vamos a considerar ahora esta visión referida a la historia pasada, presente y futura de la Tierra y de los hombres. Es una historia que, vista al través de «los ojos de tormenta y de batalla» del profeta Horbiger, parece una leyenda, llena de revelaciones fabulosas y de rarezas formidables.

Era en 1948; yo creía en Gurdjieff, y una de sus fieles discípulas me había invitado amablemente a pasar unas semanas en su casa de la montaña, con mi familia. Esta mujer tenía una cultura verdadera, formación de químico, inteligencia aguda y carácter firme. Ayudaba a los artistas y a los intelectuales. Después de Luc Dietrich y de René Daumal, yo debía contraer con ella una deuda de reconocimiento. Nada tenía de discípula exaltada, y las enseñanzas de Gurdjieff, que a veces se alojaba en su casa, le llegaban al través de la criba de la razón. Sin embargo, un día la sorprendí, o creí sorprenderla, en flagrante delito de despropósito. Me abrió de pronto los abismos de su (delirio, y me quedé mudo y aterrorizado ante ella, como ante un agonizante. Una noche resplandeciente y fría caía sobre la nieve, y platicábamos tranquilamente, asomados al balcón del chalé. Contemplábamos los astros, como se contemplan en La montaña, experimentando una soledad absoluta, que es aquí tan purificadera como en otras partes angustiosa. Se veía claramente los relieves de la Luna.

-Mejor diríamos una luna -dijo mi anfitriona-, una de las lunas…

-¿Qué quiere decir?

-Ha habido otras lunas en el cielo. Ésta es la última, simplemente…

-¿Qué? ¿Ha habido otras lunas además de ésta?

-Seguro. Gurdjieff lo sabe, y otros lo saben también.

-Pero, bueno, los astrónomos…

-¡Oh! ¡Si va usted a fiarse de los científicos…!

Tenía el rostro apacible y sonreía con una pizca de conmiseración. Desde aquel día dejé de sentirme al mismo nivel de ciertos amigos de Gurdjieff a quienes apreciaba. Se convirtieron a mis ojos en seres frágiles e inquietantes y sentí que acababa de romperse uno de los hilos que me ataba a su familia. Algunos años más tarde, al leer el libro de Gurdjieff: Les Récits de Belzébuth, y al descubrir la cosmogonía de Horbiger, comprendí que aquella visión, o mejor dicho, aquella creencia, no era una simple cabriola en el mundo de lo fantástico. Había cierta coherencia entre la chocante historia de las lunas y la filosofía del superhombre, la psicología de los «estadios superiores de conciencia» y la mecánica de las mutaciones. En las adiciones orientales volvía a encontrarse esta historia y la idea de que los hombres, hace muchos milenios, pudieron observar un ciclo distinto del nuestro, otras constelaciones y otro satélite.

¿Acaso Gurdjieff se había inspirado en Horbiger, al que sin duda conocía? ¿O habría bebido en antiguas fuentes de saber tradiciones o leyendas, con las que Horbiger había coincidido accidentalmente, en el curso de sus iluminaciones seudocientíficas? Yo ignoraba, en el balcón del chalé montañero, que mi anfitriona expresaba una creencia que habían compartido millares de hombres de la Alemania hitleriana, todavía enterrada en ruinas, en esta época todavía ensangrentada, todavía humeante, entre los escombros de sus grandes mitos. Y mi anfitriona, en la bella noche clara y tranquila, lo ignoraba también.

Así, pues, según Horbiger, la Luna, la que nosotros vemos, no sería más que el último satélite, el cuarto, captado por la Tierra. Nuestro Globo, en el curso de su historia, habría captado ya tres. Tres masas de hielo cósmico habrían alcanzado, por turno, nuestra órbita y habrían empezado a girar en espiral alrededor de la Tierra, acercándose cada vez más y cayendo por fin sobre nosotros. Nuestra Luna actual también caerá sobre la Tierra. Pero esta vez la catástrofe será mayor, porque el último satélite helado es mayor que los anteriores. Toda la historia de! Globo, la evolución de las especies y toda la historia humana encuentran su explicación en esta sucesión de lunas en nuestro cielo.

Ha habido cuatro épocas geológicas, puesto que ha habido cuatro lunas. Estamos en el cuaternario. Cuando cae una luna, ha estallado antes y, girando cada vez más de prisa, se ha transformado en un anillo de rocas, de hielo y de gases. Es este anillo lo que cae sobre la Tierra, recubriendo en círculo toda la costra terrestre y fosilizando todo lo que se encuentra debajo de él. En período normal, los organismos enterrados no se fosilizan, sino que se pudren. Sólo se fosilizan en el momento en que cae una luna. Por esto hemos podido registrar una época primaria, una época secundaria y una época terciaria. Sin embargo, como se trata de un anillo, sólo tenemos testimonios muy fragmentarios de la historia de la vida sobre la Tierra. Han podido aparecer y desaparecer otras especies animales y vegetales, a lo largo de las edades, sin que quede rastro de ellas en las capas geológicas. Pero la teoría de las lunas sucesivas permite imaginar las transformaciones sufridas en el pasado por las formas vivas, así como prever las transformaciones venideras.

Durante el período en que el satélite se acerca, hay un momento de unos centenares de miles de años en que gira alrededor de la Tierra a una distancia de cuatro a seis radios terrestres. En comparación con la distancia de nuestra Luna actual, ésta se encuentra al alcance de la mano. La gravitación cambia, pues, considerablemente. Ahora bien, la gravitación determina la talla de los seres. Éstos crecen en función del peso que pueden soportar.

En el momento en que el satélite está cerca, hay, pues, un período de gigantismo.

A finales del primario: enormes vegetales, insectos gigantescos.

A fines del secundario: diplodocus, iguanodontes, animales de treinta metros. Se producen mutaciones bruscas, porque los rayos cósmicos son más poderosos. Los seres, aliviados de su peso, se yerguen; las cajas craneanas se ensanchan; las bestias levantan el vuelo. Tal vez a finales del secundario aparecieron los mamíferos gigantes. Y tal vez los primeros hombres, creados por mutación. Habría que situar este período a fines del secundario, en el momento en que la segunda luna giraba cerca del Globo, hace unos quince millones de años. Es la edad de nuestro antepasado, el gigante. Madame Blavatsky, que pretendía haber tenido acceso al Libro de los Dzyan, que sería el texto más antiguo de la Humanidad y contendría la historia de los orígenes del hombre, aseguraba también que una gigantesca y primera raza humana había aparecido en el período secundario. «El hombre secundario será descubierto un día, y, con él, sus civilizaciones extinguidas hace muchísimo tiempo.»

He aquí, pues, el primer hombre, enorme, que apenas se nos parece y cuya inteligencia es distinta de la nuestra, en una noche de los tiempos infinitamente más espesa de lo que imaginamos y bajo una luna diferente: el primer hombre, y acaso la primera pareja humana, gemelos expulsados de una matriz animal por un prodigio de las mutaciones que se multiplican cuando los rayos cósmicos son gigantescos. El Génesis nos dice que los descendientes de este antepasado vivían de quinientos a novecientos años: es que el aligeramiento del peso disminuye el desgaste del organismo. No nos habla de gigantes, pero las tradiciones judías y musulmanas compensan abundantemente esta omisión. En fin, algunos discípulos de Horbiger sostienen que recientemente se descubrieron en Rusia fósiles del hombre secundario.

¿Cuáles serían las formas de civilización del gigante, hace quince millones de años? Se le suponen agrupaciones y modos de ser calcados de los insectos gigantes llegados del primario y de los cuales nuestros insectos actuales, todavía sorprendentes, son descendientes degenerados. Se les suponen grandes poderes de comunicación a distancia, civilizaciones basadas en el modelo de las centrales de energía psíquica y material que constituyen, por ejemplo, los hormigueros, y que tantos problemas turbadores plantean al observador, en el terreno desconocido de las infraestructuras -o de las superestructuras- de la inteligencia.

Esta segunda luna se acercará todavía más estallará en anillo y caerá sobre la Tierra, que conocerá un nuevo y largo período sin satélite. En los espacios remotos, una formación glacial espiral alcanzará la órbita de la Tierra, que de ese modo captará una nueva luna. Pero, en este período en que ninguna gran esfera brilla sobre las cabezas, sólo sobreviven algunos ejemplares de las mutaciones producidas al final del secundario, que subsistirán disminuyendo de proporciones. Todavía hay gigantes, que se van adaptando. Cuando aparece la luna terciaria, se han formado ya los hombres ordinarios, más pequeños, menos inteligentes: nuestros verdaderos antepasados. Pero los gigantes brotados del secundario y que pasaron el cataclismo siguen existiendo, y son ellos quienes civilizan a los hombres pequeños.

La idea de que los hombres, partiendo de la bestialidad y del salvajismo, se elevaron lentamente hasta la civilización, es reciente. Es un mito judeocristiano, impuesto a las conciencias, para expulsar un mito más vigoroso y revelador. Cuando la Humanidad era más fresca, más próxima a su pasado, en los tiempos en que ninguna conspiración bien urdida lo había expulsado aún de su propia memoria, sabía que descendía de dioses, de reyes gigantes que le habían enseñado todo. Recordaba una edad de oro en que los superiores, nacidos antes que ella, le enseñaban la agricultura, la metalurgia, las artes, las ciencias y el manejo del Alma. Los griegos evocaban la edad de Saturno y el reconocimiento que sus mayores brindaban a Hércules. Los egipcios y los asirios contaban leyendas sobre reyes gigantes e iniciadores. Los pueblos que hoy llamamos «primitivos», los indígenas del Pacífico, por ejemplo, mezclan a su religión, sin duda degenerada, el culto a los buenos gigantes de los orígenes del mundo. En nuestra época, en que todos los factores del espíritu y del conocimiento han sido invertidos, los hombres que han realizado el formidable esfuerzo de escapar a los modos de pensar admitidos, encuentran, en el fondo de su inteligencia, la nostalgia de los tiempos felices, de la aurora de las edades del paraíso perdido, y el recuerdo velado de una iniciación primordial.

Desde Grecia a la Polinesia, desde Egipto a México y a Escandinavia, todas las tradiciones refieren que los hombres fueron iniciados por gigantes. Es la edad de oro del terciario, que dura varios millones de años; en el curso de los cuales la civilización moral, espiritual y tal vez técnica alcanza su apogeo sobre el Globo.

Cuando los gigantes se mezclaban todavía con los hombres, en los tiempos de que nadie habló jamás, escribe Hugo, presa de una extraordinaria iluminación.

La luna terciaria, cuya espiral se encoge, se acerca a la Tierra. Las aguas suben, aspiradas por la gravitación del satélite, y los hombres, hace más de novecientos mil años, se dirigen a las más altas cumbres montañosas, con los gigantes, sus reyes. Sobre estas cumbres, por encima de los océanos levantados que forman el rodete ciñendo la Tierra los hombres y sus Superiores crearan una civilización marítima mundial, que Horbiger y su discípulo inglés Bellamy identifican con la civilización atlántida.

Bellamy descubre, en los Andes, a cuatro mil metros de altura, restos de sedimentos marinos que se extienden sobre setecientos kilómetros. Las aguas de fines del terciario subían hasta allí, y Tiahuánaco, cerca del lago Titicaca, sería uno de los centros de civilización de aquel período. Las ruinas del Tiahuánaco dan testimonio de una civilización cientos de veces milenaria y que no se asemeja en nada a las civilizaciones posteriores. Según los partidarios de Horbiger, son visibles las huellas de gigantes, así como sus inexplicables monumentos. Se encuentra allí, por ejemplo, una piedra de nueve toneladas, con seis hendiduras de tres metros de altura que son incomprensibles para los arquitectos, como si su papel hubiese sido olvidado desde entonces por todos los constructores de la Historia. Hay pórticos de tres metros de altura por cuatro de anchura, que aparecen tallados en una sola piedra, con puertas, falsas ventanas y esculturas esculpidas con cincel pesando todo el conjunto diez toneladas. Hay lienzos de pared de sesenta toneladas, sostenidos por bloques de piedra arenisca de cien toneladas, hundidos como cuñas en el suelo. Entre estas ruinas fabulosas, se elevan estatuas gigantescas, una sola de las cuales ha sido bajada de allí y colocada en el jardín del museo de La Paz. Tiene ocho metros de altura y pesa veinte toneladas. Todo invita a los horbigerianos a ver en estas estatuas retratos de gigantes realizados por ellos mismos.

«De las facciones del rostro salta a nuestros ojos, e incluso a nuestro corazón, una expresión de soberana bondad y de soberana sabiduría. Una armonía de todo el ser brota del conjunto del coloso, cuyas manos y cuerpo, sumamente estilizados, guardan un equilibrio que tiene una calidad moral. Reposo y paz emanan del maravilloso monolito. Si es el retrato de uno de los reyes gigantes que gobernaron este pueblo, tendríamos que pensar en aquel principio de frase de Pascal: “Si Dios nos diese dueños salidos de sus manos…”.»

Si estos monolitos fueron realmente esculpidos y colocados en su sitio por los gigantes en atención a sus aprendices, los hombres; si las esculturas de una extremada abstracción, de una estilización tan avanzada que confunde a nuestra propia inteligencia; fueron ejecutadas por aquellos Superiores, encontraremos en ello el origen de los mitos según los cuales las artes fueron dadas a los hombres por los dioses, y la clave de las diversas místicas de la inspiración estética.

Entre estas esculturas figuran imágenes estilizadas de un animal, el todoxón, cuya osamenta ha sido descubierta en las ruinas de Tiahuánaco. Ahora bien, se sabe que el todoxón sólo pudo vivir en el período terciario. En fin, en estas ruinas que precederían en cien mil años al fin del período terciario, existe hundido en el barro desecado, un pórtico de diez toneladas cuya decoración fue estudiada por el arqueólogo alemán Kiss, discípulo de Horbiger, entre 1928 y 1937. Según él, se trata de un calendario realizado de acuerdo con las observaciones de los astrónomos del terciario. Este calendario contiene datos científicos exactos. Está dividido en cuatro partes separadas por los solsticios y los equinoccios que marcan las estaciones astronómicas. Cada una de estas estaciones está dividida a su vez en tres secciones, y, en estas doce subdivisiones, puede verse la posición de la Luna en cada hora del día. Además, los dos movimientos del satélite, su movimiento aparente y su movimiento real, habida cuenta de la rotación de la Tierra, están indicados en este fabuloso pórtico esculpido, de suerte que hay que pensar que tanto los que hicieron como los que utilizaron el calendario tenían una cultura superior a la nuestra.

Tiahuánaco, a más de cuatro mil metros de altura, en los Andes, era, pues, una de las cinco grandes ciudades de la civilización marítima de fines del periodo terciario, construidas por los gigantes conductores de los hombres. Los discípulos de Horbiger encuentran allí vestigios de un gran puerto, de enormes muelles, y del cual partían los atlantes -pues sin duda se trata de la Atlántida- a bordo de naves perfeccionadas, para dar la vuelta al mundo siguiendo el cordón oceánico y tocar en los otros cuatro grandes centros: Nueva Guinea, México, Abisinia y Tibet. Así, aquella civilización se extendía a todo el Globo lo cual explica las tradiciones que registra la Humanidad.

Llegados al último grado de unificación y de refinamiento de los conocimientos y de los medios, los hombres y sus reyes gigantes saben que la espiral de la tercera luna se va encogiendo y que el satélite acabará por caer, pero conocen las relaciones de todas las cosas en el Cosmos, los lazos mágicos del ser con el Universo, y sin duda, se valen de ciertas energías individuales y sociales, técnicas y espirituales, para retrasar el cataclismo y prolongar la edad atlántida, cuyo recuerdo difuso perdurará a través de los milenios.

Cuando cae la luna terciaria, las aguas descienden bruscamente, pero las conmociones precursoras han dañado ya la civilización. Después del descenso de Jos océanos, desaparecen las cinco grandes ciudades, entre ellas la Atlántida de los Andes, aisladas, asfixiadas por el reflujo de las aguas. Los vestigios más claros están en Tiahuánaco, pero los horbigerianos los descubren en otros lugares. En México, los toltecas dejaron textos sagrados que describen la historia de la Tierra según la tesis de Horbiger.

En Nueva Guinea, los indígenas malekutas siguen erigiendo, sin saber lo que hacen, enormes piedras esculpidas de más de diez metros de altura que representan su antepasado superior, y su tradición oral, que hace de la Luna la creadora del género humano, anuncia la caída del satélite.

Los gigantes se vuelven mediterráneos de Abisinia después del cataclismo, y la tradición sitúa en aquella altiplanicie la cuna del pueblo judío y la patria de la reina de Saba, detentadora de las antiguas ciencias.

En fin, se sabe que el Tibet es un depósito de antiquísimos conocimientos fundados en el psiquismo. Como para confirmar el punto de vista de los horbigerianos, una obra muy curiosa apareció, en 1957, en Inglaterra y Francia. Esta obra, titulada El tercer ojo, lleva la firma de Lobsang Rampa. El autor afirma ser un lama que ha alcanzado el último grado de iniciación. También podría ser alguno de los alemanes enviados al Tibet, en misión especial, por los jefes nazis. Describe su descenso, guiado por tres grandes metafísicos lamaístas, a una cripta de Lhassa donde parece ocultarse el verdadero secreto del Tibet.

«Vi tres sarcófagos de piedra negra adornados con grabados e inscripciones curiosas. No estaban cerrados. Al lanzar una ojeada a su interior, sentí que se me cortaba la respiración.

»-Contempla, hijo-mío -me dijo el decano de los sacerdotes-. Vivían como dioses en nuestro país en la época en que aún no había montañas en él. Labraban nuestro suelo cuando los mares bañaban nuestras orillas y cuando otras estrellas brillaban en nuestro cielo. Míralos bien, porque sólo los iniciados los han visto.

»Obedecí, fascinado y temeroso a la vez. Tres cuerpos desnudos, recubiertos de oro, yacían estirados ante mis ojos. Todos sus rasgos estaban fielmente reproducidos por el oro. ¡Pero eran enormes! La mujer medía más de tres metros, y el mayor de los hombres, no menos de cinco. Tenían la cabeza muy grande, ligeramente cónica en la bóveda, mandíbula estrecha, boca pequeña y labios delgados. La nariz era larga y fina, los ojos rectos y muy hundidos… Examiné la tapa de uno de los sarcófagos. En ella aparecía grabado un mapa de los cielos, con estrellas muy extrañas.».

Y vuelve a escribir, después de este descenso a la cripta:

«Antiguamente, miles y miles de años atrás, los días eran más cortos y más calurosos. Se forjaron civilizaciones grandiosas, y los hombres eran más sabios que en nuestra época. Surgió un planeta del espacio exterior y golpeó oblicuamente la Tierra. Se agitaron los vientos, y los mares, empujados por fuerzas gravitatorias diversas, se vertieron sobre la Tierra. El agua cubrió el mundo, que fue sacudido por los temblores, y el Tibet dejó de ser un país cálido y una estación marítima.»

Bellamy, arqueólogo horbigeriano, encuentra alrededor del lago Titicaca huellas de las catástrofes que precedieron a la caída de la luna terciaria: cenizas volcánicas, sedimentos dejados por súbitas inundaciones. Es el momento en que el satélite va a estallar en anillo y a girar locamente a poquísima distancia de la Tierra antes de caer. Alrededor de Tiahuánaco, las ruinas evocan talleres abandonados de pronto, útiles desparramados. La elevada civilización atlántida sufre, durante unos miles de años, el ataque de los elementos, y se desmorona. Después, hace de ello ciento cincuenta mil años, se produce el gran cataclismo, cae la Luna, y la Tierra sufre un espantoso bombardeo.

Cesa la atracción, el cordón de los océanos cede de golpe, los mares se retiran, bajan. Las cumbres, que eran grandes estaciones marítimas, se encuentran aisladas hasta el infinito por los pantanos. El aire se enrarece, se marcha el calor.

La Atlántida no muere tragada por las aguas, sino, por el contrario abandonada por ellas. Las naves son arrastradas y destruidas; las máquinas se ahogan o estallan; falta el alimento que venía del exterior; la muerte se lleva a millones de seres; los sabios y las ciencias desaparecen; la organización social se derrumba. Si la civilización atlántida llegó a alcanzar el más alto nivel posible de perfección y técnica, de jerarquía y de unificación, también pudo volatilizarse en un abrir y cerrar de ojos sin casi dejar rastro. Pensemos lo que podría ser el hundimiento de nuestra civilización dentro de unos centenares de años, o incluso dentro de unos años. Los aparatos emisores de energía, al igual que los transmisores, se simplifican cada vez más, mientras se multiplican las estaciones. Cada uno de nosotros poseerá muy pronto fuentes de energía nuclear, pongo por caso, o vivirá cerca de estas fuentes, fábricas o máquinas, hasta el día en que bastará que se produzca un accidente en el punto de origen para que todo se volatilice a lo largo de la enorme cadena de estaciones: hombres, ciudades, naciones. Sólo se salvaría lo que no tuviese ningún contacto con esta elevada civilización técnica. Y las ciencias clave, lo mismo que las llaves del poder, desaparecerían de golpe, precisamente a causa del elevado nivel de la especialización. Son las más grandes civilizaciones las que se hunden en un instante, sin nada que transmitir. Esta visión resulta irritante para el espíritu, pero estamos expuestos a que sea exacta. De la misma manera podemos pensar que las centrales y estaciones de energía psíquica, en que acaso se fundaba la civilización terciaria, estallaron de un solo golpe, mientras los desiertos de limo invadían las cumbres ahora enfriadas y en que el aire se ha hecho irrespirable. Más sencillo: la civilización marítima, con sus Superiores, sus naves, sus intercambios, se desvanece en el seno del cataclismo.

Los supervivientes sólo pueden descender a las llanuras pantanosas que el mar acaba de descubrir, hacia las inmensas turberas del continente nuevo, apenas liberado por el reflujo de las aguas tumultuosas, y donde tardará miles de años en aparecer una vegetación utilizable. Ha terminado el reinado de los reyes gigantes; los hombres vuelven al salvajismo y se adentran con sus últimos dioses destronados en las profundas noches sin luna que envolverán el Globo.

Los gigantes que, desde hacía millones de años, moraban en este mundo, semejantes a los dioses que mucho más tarde poblarán nuestras leyendas, han perdido su civilización. Los hombres sobre los que reinaban se han convertido en brutos. Y esta humanidad caída, detrás de sus dueños destronados, se dispersa en hordas por los desiertos de fango. Esta caída se supone ocurrida hace ciento cincuenta mil años, y Horbiger calcula que nuestro Globo estuvo sin satélite durante ciento treinta y ocho mil años. En el transcurso de este enorme período, renacen las civilizaciones bajo la dirección de los últimos reyes gigantes. Éstas arraigan en las llanuras elevadas, entre los grados cuarenta y sesenta de latitud Norte, mientras en las cinco altas cimas del terciario permanecen algunos restos de la antigua edad de oro. Habría habido, pues, dos Atlántidas: la de los Andes irradiando sobre el mundo, con sus otros cuatro puntos, y la del Atlántico Norte, mucho más modesta, fundada mucho después de la catástrofe por los descendientes de los gigantes Esta tesis de las dos Atlántidas permite agrupar las tradiciones y antiguos relatos. Platón habla de la segunda Atlántida.

Y he aquí que, hace doce mil años, la Tierra capta su cuarto satélite, nuestra Luna actual. Se produce una nueva catástrofe. Nuestro Globo adquiere su forma, hinchada en los trópicos. Los mares del Norte y del Sur afluyen hacia la mitad de la Tierra, y se recomienzan las edades glaciales en el Norte, en las llanuras desnudas por la atracción que ejerce la Luna que empieza sobre el agua y el aire. La segunda civilización atlántida, menos importante que la primera, desaparece en una noche, tragada por las aguas del Norte. Es el Diluvio, del cual nuestra Biblia conserva el recuerdo. Es la Caída que recuerdan los hombres arrojados al mismo tiempo del paraíso terrenal de los trópicos. Según los horbigerianos, los relatos del Génesis y del Diluvio son a la vez recuerdos y profecías, ya que se reproducirán los acontecimientos cósmicos. Y el texto del Apocalipsis, que jamás ha sido explicado, sería la traducción fiel de las catástrofes celestes y terrestres observadas; por los hombres en el curso de las edades, y conformes con la teoría horbigeriana.

Durante este nuevo período de luna alta, los gigantes vivos degeneran. Las mitologías están hechas de luchas de gigantes entre sí, y de combates entre hombres y gigantes. Los que habían sido reyes y dioses, aplastados ahora bajo el peso del cielo, agotados, se convierten en monstruos a los que hay que expulsar. Caen tan bajo como alto han subido. Son los ogros de las leyendas. Urano y Saturno, devorando a sus propios hijos. David y Goliat. Y escribe Hugo:

… horribles gigantes muy estúpidos

vencidos por manos llenas de ingenio.

Es la muerte de los dioses. Cuando los hebreos entren en la Tierra Prometida, descubrirán el monumental lecho de hierro de un gigante desaparecido:

«Y he aquí que su lecho era de hierro, de nueve codos de largo y cuatro de ancho.» (Deuteronomio.)

El astro de hielo que alumbra nuestras noches ha sido captado por la Tierra y gira a su alrededor. Ha nacido nuestra Luna. Después de doce mil años, no hemos dejado de rendirle un culto vago cargado de recuerdos inconscientes, y de prestarle una inquieta atención cuyo sentido no comprendemos muy bien. Cuando la contemplamos, seguimos sintiendo que algo rebulle en el fondo de nuestra memoria, que va más lejos que nosotros mismos. Los antiguos dibujos chinos nos muestran el dragón lunar amenazando la Tierra. Leemos en los Números (XIII, 33): «Y allí vimos a los gigantes, a los hijos de Anak, que vienen de los gigantes, y a nuestros ojos éramos ante ellos como saltamontes -y a sus ojos éramos como saltamontes.» Y Job (XXVI, 5) evoca la destrucción de los gigantes y exclama: «Los seres muertos están debajo del agua, y los antiguos moradores de la Tierra…»

Un mundo se ha hundido, ha desaparecido un mundo, los antiguos moradores de la Tierra se han desvanecido, y nosotros comenzamos nuestra vida de hombres solos, de hombrecillos abandonados, esperando las mutaciones, los prodigios y los cataclismos venideros en una nueva noche de los tiempos, bajo este nuevo satélite que nos llega de los espacios donde se perpetúa la lucha entre el hielo y el fuego.

Un poco en todas partes, los hombres remedan a ciegas los gestos de las civilizaciones extinguidas, erigen, sin saber por qué monumentos gigantescos, repitiendo, en su degeneración, los trabajos de los antiguos señores: son los enormes megalitos de Malekula, los menhires célticos, las estatuas de la isla de Pascua. Las poblaciones que hoy llamamos «primitivas» no son más que restos degenerados de imperios desaparecidos, que repiten, sin comprenderlos y adulterándolos, actos regulados antaño por administraciones racionales.

En ciertos lugares, en Egipto, en China y mucho más tarde en Grecia, surgen grandes civilizaciones humanas, pero que recuerdan a los Superiores desaparecidos, a los reyes gigantes iniciadores. Después de cuatro mil años de cultura, los egipcios de los tiempos de Heródoto y de Platón siguen afirmando que la grandeza de los Antiguos se debe a que aprendieron su arte y su ciencia directamente de los dioses.

Después de múltiples decadencias, nacerá otra civilización en Occidente. Una civilización de hombres amputados de su Pasado fabuloso, limitados en el tiempo y el espacio, reducidos a sí mismos y buscadores de consuelo mítico, desterrados de sus orígenes e ignorantes de la inmensidad del destino de las cosas vivas, atados a los vastos movimientos cósmicos. Una civilización humana humanista: la civilización judeocristiana Es minúscula. Es residual. Y, sin embargo, este residuo de la gran alma pasada tiene posibilidades ilimitadas de dolor y de comprensión. Esto es lo milagroso.

Nos acercamos a otra edad. Van a producirse mutaciones. El futuro volverá a darse la mano con el pasado más remoto. La Tierra volverá a tener gigantes. Habrá otros diluvios, otros apocalipsis, y reinarán otras razas. «Al principio, conservamos un recuerdo relativamente claro de lo que habíamos visto. Seguidamente, esta vida se elevó en volutas de humo y oscureció rápidamente todas las cosas, a excepción de algunas grandes líneas generales. En la actualidad, todo vuelve a nuestro espíritu con mayor claridad que nunca.» Y en el Universo, donde todo se refleja en todo, crearemos profundas olas.

Tal es la tesis de Horbiger, y tal es el clima espiritual que propaga. Esta tesis constituye un poderoso fermento de magia nacionalsocialista, y en seguida veremos sus efectos sobre los acontecimientos.

Según Horbiger, estamos, pues, en el cuarto ciclo. La vida sobre la Tierra conoció tres apogeos, durante los tres períodos de lunas bajas, con bruscas mutaciones y apariciones gigantescas. Durante los milenios sin luna aparecieron las razas enanas y sin prestigio y los animales que se arrastran, como la serpiente que evoca la Caída. Durante las lunas altas, existieron las razas medianas, sin duda los hombres corrientes de principios del terciario, nuestros antepasados. Hay que tener también en cuenta que las lunas, antes de su caída, giran alrededor de la Tierra, creando condiciones diferentes en aquellas partes del Globo que no están debajo de su trayectoria. De suerte que, después de varios ciclos, la Tierra ofrece un espectáculo muy variado: razas en decadencia, razas que se elevan, seres intermedios, degenerados y aprendices del porvenir, precursores de las mutaciones próximas y esclavos del ayer, enanos de las antiguas noches y Señores del mañana. Tenemos que observar en todo ello las rutas del Sol con un ojo tan implacable como implacable es la ley de los astros. Lo que se produce en el cielo determina lo que se produce en la Tierra, pero existe una reciprocidad. Como el secreto y el orden del Universo residen en el menor grano de arena, el movimiento de los milenios se contiene en cierto modo, en el breve lapso de nuestro paso por la Tierra, y así debemos, en nuestra alma individual como en el alma colectiva, repetir las caídas y las ascensiones pasadas y preparar los apocalipsis y las elevaciones futuras. Sabemos que toda la historia del Cosmos reside en la lucha entre el hielo y el fuego, y que esta lucha tiene vivos reflejos aquí abajo. En el plano humano, en el plano de los espíritus y de los corazones, cuando no se alimenta el fuego, viene el hielo. Lo sabemos por nosotros mismos y por la Humanidad entera, que se ve eternamente obligada a elegir entre el diluvio y la epopeya.

He aquí el fondo del pensamiento horbigeriano y nazi. Vamos ahora a tocar este fondo.

VII

Los ingenieros alemanes, cuyos trabajos marcan el origen de los cohetes que lanzaron al cielo los primeros satélites artificiales, sufrieron un retraso en la puesta a punto de las «V-2», gracias a los propios jefes nazis. El general Walter Dornberger dirigía las pruebas de Peenemünde, de donde salieron los ingenios teledirigidos. Aquellas pruebas se interrumpieron para someter los informes del general a los apóstoles de la cosmogonía horbigeriana. Se trataba, ante todo, de saber cómo reaccionaría en los espacios el «hielo eterno», y si la violación de la estratosfera no desencadenaría algún desastre sobre la Tierra.

El general Dornberger explica, en sus Memorias, que los trabajos volvieron a interrumpirse otros dos meses, un poco más tarde. El Führer había soñado que las «V-2» no funcionarían o bien que el cielo tomaría venganza. Como este sueño se había producido durante un estado de trance particular, pesó más en la mente de los dirigentes que las opiniones de los técnicos. Detrás de la Alemania científica y organizadora, velaba el espíritu de la antigua magia. Y este espíritu no ha muerto. En enero de 1958, el ingeniero sueco Robert Engstroem dirigió una Memoria a la Academia de Ciencias de Nueva York, poniendo en guardia a los Estados Unidos contra los experimentos astro-náuticos. «Antes de proceder a tales experimentos, convendría estudiar de una manera nueva la mecánica celeste», declaraba. Y proseguía, en tono horbigeriano: «La explosión de una bomba “H” en la Luna podría provocar un espantoso diluvio sobre la Tierra.» En esta singular advertencia, volvemos a encontrar la idea paracientífica de los cambios de la gravitación lunar y la idea mística del castigo en un Universo donde todo resuena en todo. Estas ideas (que, por otra parte, no hay que rechazar enteramente si se quieren mantener abiertas todas las puertas del conocimiento) continúan ejerciendo, en su forma innata, una cierta fascinación. Después de una célebre encuesta, el americano Martin Gardner calculaba, en 1953, en más de un millón el número de discípulos de Horbiger en Alemania, Inglaterra y los Estados Unidos. En Londres, H. S. Bellamy persigue desde hace treinta años la implantación de una antropología que tiene en cuenta la caída de las tres primeras lunas y la existencia de gigantes en los períodos secundario y terciario. Después de la guerra, pidió autorización a los rusos para realizar una expedición al monte Ararat, donde contaba con descubrir el Arca de la Alianza. La agencia «Tass» publicó una negativa categórica y los soviets declararon fascista la actitud intelectual de Bellamy y estimaron que tales movimientos paracientíficos son aptos Para «despertar fuerzas peligrosas». En Francia, M. Denis Saurat, universitario y poeta, se ha erigido en portavoz de Bellamy, y el éxito de la obra de Welikovsky ha demostrado que muchos espíritus permanecen sensibles a una concepción mágica del mundo. Ni que decir tiene que los intelectuales influidos por René Guénon y los discípulos de Gurdjieff se dan la mano con los horbigerianos.

En 1952, un escritor alemán, Elmar Brugg, publicó un grueso volumen en honor del «padre del hielo eterno», de El Copérnico de nuestro siglo xx. Escribió:

«La teoría del hielo eterno no constituye solamente una obra científica considerable. Es una revelación de los lazos eternos e incorruptibles entre el Cosmos y todos los acontecimientos de la Tierra. Ella enlaza los acontecimientos cósmicos con los cataclismos atribuidos a los climas, con las enfermedades, las muertes, los crímenes, y abre así unas puertas completamente nuevas al conocimiento de la marcha de la Humanidad. El silencio de la ciencia clásica a su respecto, sólo puede explicarse por la conspiración de los mediocres.»

El gran novelista austriaco Robert Musil, cuya obra ha sido comparada a la de Proust y a la de Joyce, analizó perfectamente el estado intelectual de Alemania en el momento en que Horbiger se sintió iluminado y el cabo Hitler urdió el sueño de redimir a su pueblo.

«Los representantes del espíritu -escribe- no estaban satisfechos… Sus pensamientos no descansaban jamás, porque se aferraban a esta parte irreductible de las cosas que vaga eternamente sin poder integrarse jamás en el orden. Por esto acabaron convenciéndose de que la época actual en que vivían estaba predestinada a la esterilidad intelectual, y de que sólo podía salvarla un acontecimiento o un hombre excepcionales. Entonces nació, entre los llamados «intelectuales», la afición a la palabra «redimir». Estaban persuadidos de que la vida se acabaría si no llegaba pronto un mesías. Según los casos, sería un mesías de la Medicina, que debía salvar el arte de Esculapio de las investigaciones de laboratorio durante las cuales los hombres sufren y mueren sin ser atendidos; o un mesías de la poesía, capaz de escribir un drama que atrajese a millones de hombres a los teatros y que fuese, empero, perfectamente original en su nobleza espiritual. Aparte de esta convicción de que no había una sola actividad humana que pudiese salvarse sin la intervención de un mesías particular, existía, naturalmente, el sueño fútil y absolutamente torpe de un mesías de la talla de los fuertes, que habría de redimirlo todo.»

El caso es que no aparecerá un solo mesías, sino, permítaseme la expresión, una sociedad de mesías que tomará a Hitler por jefe. Horbiger es uno de ellos, y su concepto paracientífico de las leyes del Cosmos y de una historia épica de la Humanidad desempeñará un papel determinante en la Alemania de los «redentores». La Humanidad viene de más lejos y de más alto de lo que se cree, y le está reservado un prodigioso destino. Hitler, en su constante iluminación mística, tiene el convencimiento de que está allí para que se cumpla aquel destino. Su ambición y la misión de que se cree encargado rebasan infinitamente el campo de la política y del patriotismo. «He tenido que servirme -dice- de la idea de nación por razones de oportunidad, pero sabía ya que sólo podía tener un valor provisional… Llegará un día en que no quedará gran cosa, ni siquiera en Alemania, de lo que llaman nacionalismo. Lo que habrá en el mundo será una cofradía universal de dueños y de señores.» La política no es más que la manifestación externa, la aplicación práctica y momentánea de una visión religiosa de las leyes de la vida sobre la Tierra y en el Cosmos. Hay, para la Humanidad, un destino que no podrían concebir los hombres corrientes y cuya visión no podrían soportar. Esto está reservado a algunos iniciados. «La política -sigue diciendo Hitler- no es más que la forma práctica y fragmentaria de aquel destino.» Es el exoterismo de la doctrina, con sus eslóganes, sus hechos sociales, sus guerras. Pero también hay un esoterismo.

Al apoyar a Horbiger, Hitler y sus amigos alientan una extraordinaria tentativa de reconstruir, partiendo de la ciencia o de una seudociencia, el espíritu de las edades antiguas, según el cual el hombre, la sociedad y el Universo obedecen a las mismas leyes, según el cual el movimiento de las almas y el de las estrellas tienen mutuas correspondencias. La lucha entre el hielo y el fuego, de la que nacieron, morirán y renacerán los planetas, se desarrolla también en el hombre mismo.

Elmar Brugg escribe, con gran precisión: «El Universo, para Horbiger, no es un mecanismo muerto del que sólo una se deteriora poco a poco para sucumbir al fin, sino un o vivo en el sentido más prodigioso de la palabra, un ser vivo donde todo resuena en todo y que perpetúa, de generación en generación, su fuerza ardiente.»

Es el fondo del pensamiento hitleriano, según observó muy bien Rauschning: «No se pueden comprender los planes políticos de Hitler si no se conocen sus segundas intenciones y su convicción de que el hombre está en relación mágica con el Universo.»

Esta convicción, que fue la de los sabios de los siglos pasados, que rige la inteligencia de los pueblos que llamamos «primitivos» y a la que subtiende la filosofía oriental, no se ha extinguido en el Occidente de hoy, y aun es posible que la propia ciencia vuelva a prestarle, de un modo inesperado, cierto vigor. Mientras tanto, la encontramos en su estado bruto, por ejemplo, en el judío ortodoxo Welikovsky, cuya obra Mundos en colisión alcanzó un éxito mundial en los años 1956 y 1957. Para los fieles del hielo eterno, como para Welikovsky, nuestros actos pueden tener resonancia en el Cosmos, y así pudo el Sol inmovilizarse en el cielo en favor de Josué. Hitler tuvo sus razones para nombrar a su astrólogo particular «plenipotenciario de las matemáticas, de la astronomía y de la física». En cierta medida, Horbiger y los esoteristas nazis cambian los métodos y las direcciones mismas de la ciencia. La hacen reconciliarse por la fuerza de la astrología tradicional. Todo cuanto se haga después, en el plano de la técnica, en el inmenso esfuerzo de consolidación material del Reich, podrá hacerse, aparentemente al margen de aquel espíritu: el impulso ha sido dado, y hay una ciencia secreta, una magia en la base de todas las ciencias. «Hay -decía Hitler- una ciencia nórdica y nacionalsocialista que se opone radicalmente a la ciencia judeoliberal.»

Esta «ciencia nórdica» es un esoterismo, o mejor aún, bebe en la fuente de lo que constituye el fondo mismo de todo esoterismo. No fue por casualidad que se reeditaron cuidadosamente en Alemania y en los países ocupados las Enéadas, de Plotino. Durante la guerra, se leían las Enéadas en los grupitos de intelectuales místicos proalemanes, al igual que a los hindúes, a Nietzsche y a los tibetanos. Junio a cada línea de Plotino, junto a su definición de la astrología, por ejemplo, podría colocarse una frase de Horbiger. Plotino habla de los lazos naturales y sobrenaturales del hombre con el Cosmos, y de las partes del Universo entre sí:

«Este universo es un animal único que contiene dentro de sí a todos los animales… Sin estar en contacto, las cosas actúan y tienen necesariamente una acción a distancia… El mundo es un animal único, y por esto es absolutamente necesario que esté de acuerdo consigo mismo, no hay azar en su vida, sino una armonía y un orden únicos.»

Y en fin: «los acontecimientos de aquí abajo se producen de acuerdo con las cosas celestes».

Más próximos a nosotros, William Blake en su iluminación poeticorreligiosa, ve el Universo entero contenido en un grano de arena. Es la idea de la reversibilidad de lo infinitamente pequeño y de lo infinitamente grande, y de la unidad del Universo en todas sus partes.

Según el Zohar: «Todo aquí abajo ocurre como en lo alto.»

Y Hermes Trismegisto: «Lo que está arriba es lo que está abajo.»

Y la antigua ley china: «Las estrellas en su curso combaten por el hombre justo.»

Nos hallamos aquí en la base misma del pensamiento hitleriano. Y entendemos que es lamentable que este pensamiento no haya sido hasta hoy analizado de esta forma. Todos se han contentado con hacer hincapié en sus aspectos exteriores, en sus fórmulas políticas, en sus formas exotéricas. Naturalmente, reconoceréis sin dificultad que no intentamos revalorizar el nazismo. Pero aquel pensamiento se inscribió en los hechos. Influyó en los acontecimientos. Y creemos que estos acontecimientos sólo pueden ser realmente comprensibles bajo aquella Luz. Siguen siendo horribles, pero, alumbrados de esta suerte, se convierten en algo distinto de los dolores infligidos a los hombres por unos seres locos y malvados. Dan una cierta amplitud a la Historia; vuelven a colocar a ésta a un nivel en que deja de ser absurda y merece ser vivida, incluso en el dolor: el nivel espiritual.

Queremos dar a entender que una civilización totalmente unta de la nuestra apareció en Alemania y se mantuvo durante algunos años. Y, bien pensado, no es inverosímil que una civilización tan profundamente extraña a nosotros pudiese arraigar en tan poco tiempo. Nuestra propia civilización humanista descansa en un misterio. El misterio es que todas las ideas, en nosotros, coexisten, y que el conocimiento aportado por una idea acaba por aprovechar a la idea contraria. Es más, en nuestra civilización, todo contribuye a hacer comprender al espíritu que el espíritu no lo es todo. Una conspiración inconsciente de las fuerzas materiales reduce los riesgos, mantiene al espíritu en los límites en que, sin estar excluido el orgullo, la ambición aparece un tanto moderada por un poco de «¡y para qué!». Como dijo muy bien Musil: «Bastaría con que se tomase realmente en serio una cualquiera de las ideas que influyen en nuestra vida, de tal suerte que no subsistiera absolutamente nada de su contraria, para que nuestra civilización dejara de ser nuestra civilización.» Esto fue lo que ocurrió en Alemania, al menos en las altas esferas dirigentes del socialismo mágico.

Estamos en relación mágica con el Universo, pero lo hemos olvidado. La próxima mutación de la raza humana creará seres conscientes de esta relación, hombres-dioses. Y esta mutación hace sentir ya sus efectos en ciertas almas mesiánicas que se entroncan con un remoto pasado y se acuerdan del tiempo en que los gigantes influían en el curso de los astros.

Como ya hemos visto, Horbiger y sus discípulos imaginan épocas de apogeo de la Humanidad: las épocas de luna baja, a fines del secundario y a fines del terciario. Cuando el satélite amenaza con caer sobre la Tierra, cuando rueda a poca distancia del Globo, los seres vivos están en la cima de su poderío vital y sin duda de su poderío espiritual. El rey-gigante, el hombre-dios, capta y orienta las fuerzas psíquicas de la comunidad. Y dirige el haz de radiaciones de suerte que se mantenga el curso de los astros y se retrase la catástrofe. Ésta es la función primordial del gigante-mago. En cierta medida, mantiene en su sitio al sistema solar. Gobierna una especie de central de energía psíquica, y en ello está su realeza. Esta energía participa de la energía cósmica. Así, el calendario monumental de Tiahuanaco, erigido durante la civilización de los gigantes, no había ido construido para registrar el tiempo y los movimientos de los astros, sino para crear el tiempo y mantener estos movimientos. Se trata de prolongar hasta el máximo el período en que la Luna permanece a unos cuantos radios terrestres del Globo, y cabe en lo posible que toda la actividad de los hombres, bajo la dirección de los gigantes, se redujese a la concentración de la energía psíquica, a fin de conservar la armonía de las cosas terrestres y celestes. Las sociedades humanas, impulsadas por los gigantes, son una especie de dínamos. En éstas se producen fuerzas que desempeñan un papel en el equilibrio de las fuerzas universales. El hombre, y en especial el gigante, el hombre-dios, es responsable del Cosmos entero.

Hay un parecido singular entre este punto de vista y el de Gurdjieff. Sabido es que el célebre taumaturgo pretendía haber aprendido, en los centros de iniciación de Oriente, cierto número de secretos sobre los orígenes de nuestro mundo y sobre las altas civilizaciones extinguidas hace centenares de años. En su famosa obra All And Everything, y empleando las imágenes a que era tan aficionado, escribe:

«Esta Comisión (de los ángeles arquitectos creadores del sistema solar), después de calcular todos los hechos conocidos, llegó a la conclusión de que, aunque los fragmentos proyectados lejos del planeta Tierra podían mantenerse algún tiempo en su posición actual, sin embargo, en el futuro, y a causa de lo que se llama movimientos tastartoonarianos, tales fragmentos de satélites podrían abandonar su posición y producir un gran número de calamidades irreparables. Por esto, los altos comisarios decidieron tomar medidas para evitar esta eventualidad. Y el medio más eficaz, pensaron, era que el planeta Tierra enviase constantemente a sus fragmentos satélites, para mantenerlos en su sitio, las vibraciones sagradas llamadas askokinns.»

Los hombres están, pues, dotados de un órgano especial, emisor de fuerzas psíquicas destinadas a mantener el equilibrio del Cosmos. Es lo que llamamos vagamente el alma, y todas nuestras religiones no serían más que el recuerdo adulterado de esta función primordial: participar en el equilibrio de las energías cósmicas.

«En la primitiva América -recuerda Denis Saurat-, los iniciados realizaban una ceremonia sagrada con raquetas y pelotas: las pelotas trazaban en el aire el curso de los astros en el cielo. Si uno, por torpeza, dejaba caer o perdía (a pelota era causa de catástrofes astronómicas: entonces lo mataban y le arrancaban el corazón.»

El recuerdo de esta función primordial se pierde en leyendas y supersticiones, desde el Faraón que, por su mágico poder hace subir las aguas del Nilo todos los años, hasta los rezos del Occidente pagano para desviar los vientos o hacer cesar el granizo y las prácticas de hechicería de los brujos polinesios para provocar la lluvia. El origen de toda religión elevada estaría en esta necesidad, conocida por los hombres de las edades remotas y por sus reyes gigantes: mantener lo que Gurdjieff llama «movimiento cósmico de armonía general».

En la Tierra existen ciclos en la lucha entre el hielo y el fuego, que es la clave de la vida universal. Horbiger afirma que, cada seis mil años, sufrimos una ofensiva del hielo. Se producen diluvios y grandes catástrofes. Pero, en el seno de la Humanidad, se produce cada setecientos años una embestida de fuego. Es decir, cada setecientos años, el hombre recobra la conciencia de su responsabilidad en la lucha cósmica. Vuelve a ser religioso, en el sentido pleno de la palabra. Reanuda su contacto con las inteligencias extinguidas hace largo tiempo. Se prepara para las mutaciones futuras. Su alma adquiere las dimensiones del Cosmos. Recobra el sentido de la epopeya universal. De nuevo es capaz de distinguir entre lo que viene del hombre-dios y lo que viene del hombre-esclavo, y de arrojar de la Humanidad lo que pertenece a las especies condenadas. Vuelve a ser implacable y flamígero. Vuelve a ser fiel a la función hacia la cual lo elevaron los gigantes.

No hemos logrado comprender cómo justificaba Horbiger estos ciclos, cómo adoptaba esta afirmación al conjunto de su sistema. Pero Horbiger declaraba, igual que Hitler, que la preocupación de la coherencia es un vicio mortal. Lo que cuenta es lo que provoca el movimiento. El crimen es también movimiento: el crimen contra el espíritu es beneficioso. En fin, Horbiger había tenido conocimiento de esos ciclos por inspiración. Esto le daba más autoridad que el razonamiento. La embestida del fuego había coincidido con la aparición de los caballeros teutónicos. Ahora estábamos en una nueva embestida que coincidía con la fundación de «El Orden Negro» nazi.

Rauschning, que se azoraba porque no poseía la clave del pensamiento del Führer y seguía siendo un buen aristócrata humanista, destacaba las frases que Hitler se permitía a veces pronunciar en su presencia.

Constantemente introducía entre sus frases el tema de lo que él llamaba el «giro decisivo del mundo», o la bisagra del tiempo. Habría una conmoción en el planeta que nosotros, los no iniciados, no podíamos comprender en toda su amplitud74. Hitler hablaba como un vidente. Se había construido una mística biológica, o, si se prefiere, una biología mística, que era la base de sus inspiraciones. Se había fabricado una terminología personal. «La falsa ruta del espíritu» era el abandono por el hombre de su vocación divina. Tomaba como fin de la evolución humana la adquisición de la «visión mágica». Creía hallarse ya en los umbrales de este saber mágico, fuente de los éxitos presentes y futuros. Un profesor coetáneo, de Munich, había escrito, además de cierto número de obras científicas, algunos ensayos bastante extraños sobre el mundo primitivo, la formación de las leyendas, la interpretación de los sueños en los pueblos de las primeras edades, así como sobre sus conocimientos intuitivos y una parte de poder trascendente que habrían utilizado para modificar las leyes de la Naturaleza. Se hablaba también en aquella hojarasca del ojo del Cíclope, del ojo frontal que se había atrofiado en seguida para formar la glándula pineal. Tales ideas fascinaban a Hitler. Le gustaba sumergirse en ellas. Sólo por la acción de fuerzas ocultas podía explicarse la maravilla de su propio destino. Atribuía a estas fuerzas su vocación sobrehumana de anunciar a la Humanidad el nuevo evangelio.

«La especie humana -decía- sufría desde su origen una prodigiosa experiencia cíclica. De un milenio a otro, pasaba por pruebas de perfeccionamiento. El período solar del hombre tocaba a su término: ya se podían descubrir las primeras muestras del superhombre. Se anunciaba una nueva especie, que expulsaría a la antigua Humanidad. De la misma manera que, según la inmortal sabiduría de los antiguos pueblos nórdicos, el mundo debía rejuvenecerse continuamente por el derrumbamiento de las edades anticuadas y el ocaso de los dioses; de la misma manera que los solsticios eran, en las viejas mitologías, el símbolo del ritmo vital, que no sigue la línea recta y continua, sino la espiral, así la Humanidad progresaba por una especie de saltos y revueltas.

»Cuando Hitler se dirigía a mí -prosigue Rauschning-, intentaba explicar su vocación de anunciador de una nueva Humanidad en términos racionales y concretos. Decía:

»”La creación no ha terminado. El hombre llega claramente a una fase de metamorfosis. La antigua especie humana ha entrado ya en el estadio del agotamiento. La Humanidad sube un escalón cada setecientos años, y lo que se juega en esta lucha, a plazo más largo, es el advenimiento de los Hijos de Dios. Toda la fuerza creadora se concentrará en una nueva especie. Las dos variedades evolucionarán rápidamente en sentido divergente. Una de ellas desaparecerá, y la otra florecerá. Será infinitamente superior al hombre actual… ¿Comprende ahora el sentido profundo de nuestro movimiento nacionalsocialista? El que sólo comprende el nacionalsocialismo como movimiento político, no sabe gran cosa de él…”»

Rauschning, lo mismo que los demás observadores, no enlazó la doctrina racial con el sistema general de Horbiger. Sin embargo, el nexo existe, en cierto modo. Tal doctrina forma parte del esoterismo nazi; del que vamos a considerar seguida” mente otros aspectos. Había un racismo de propaganda: es e! que han descrito los historiadores y han condenado justamente los tribunales, interpretando la conciencia popular. Pero había otro racismo, más profundo y sin duda más horrible. Éste quedó fuera del alcance del entendimiento de los historiadores y de los pueblos; no podía existir un lenguaje común entre estos racistas, de una parte, y sus víctimas y sus jueces, de otra.

En el período terrestre y cósmico en que nos hallamos, esperando el nuevo ciclo que determinará en la Tierra nuevas mutaciones, una nueva clasificación de las especies y el retorno al gigante-mago, al hombre-dios, en este período, decimos, coexisten en el Globo especies procedentes de diversas fases del secundario, del terciario y del cuaternario. Ha habido fases de ascenso y fases de derrumbamiento. Ciertas especies muestran las señales de la degeneración; otras, son anuncio del futuro y llevan los gérmenes del porvenir. El hombre no es uno. Y así, los hombres no son descendientes de los gigantes, sino que aparecieron después de los gigantes. Fueron creados a su vez por mutación. Pero, ni siquiera esta Humanidad media pertenece a una sola especie. Hay una Humanidad verdadera, llamada a conocer el próximo ciclo, dotada de los órganos psíquicos necesarios para desempeñar un papel en el equilibrio de las fuerzas cósmicas y destinada a la epopeya, bajo la dirección de los Superiores Desconocidos venideros. Y hay otra humanidad, que no era más que una apariencia de tal, que no merece este nombre, y que, sin duda, apareció en el Globo en las épocas bajas y oscuras en que, a causa de la caída del satélite, inmensas regiones del mundo quedaron convertidas en cenagales desiertos. Indudablemente fue creada junto con los seres reptantes y odiosos, manifestaciones de una vida fracasada. Los gitanos, los negros y los judíos no son hombres, en el sentido real de la palabra. Nacidos después del hundimiento de la luna terciaria, por brusca mutación, como por un desgraciado tartamudeo de la fuerza vital castigada, estas criaturas «modernas» (y especialmente los judíos) imitan al hombre y le envidian, pero no pertenecen a la especie. «Están tan alejados de nosotros como las especies animales de la especie humana verdadera», dice literalmente Hitler a Rauschning, que descubre en el Führer una visión todavía más delirante que en Rosenberg y demás teóricos del racismo. «Y no es -precisa Hitler- que llame animal al judío. Éste está mucho más alejado del animal que nosotros.» Exterminarlo no es un crimen de lesa humanidad puesto que no forma parte de la Humanidad. «Es un ser extraño al orden natural.»

Por esto algunas sesiones del proceso de Nuremberg carecían de sentido. Los jueces no podían sostener ninguna clase de diálogo con los responsables, que, por otra parte, habían desaparecido en su mayoría, dejando sólo a los ejecutores en el banquillo. Se enfrentaban dos mundos, sin posible comunicación. Igual habría sido juzgar a unos marcianos en el plano de la civilización humanista. Porque eran marcianos. Pertenecían a un mundo separado del nuestro, del que conocemos desde hace seis o siete siglos. En unos años, y sin que nos diésemos cuenta, se había establecido en Alemania una civilización completamente distinta de lo que hemos convenido en llamar civilización. Sus iniciadores no tenían en el fondo la menor comunicación intelectual, moral o espiritual con nosotros. A despecho de las formas externas, nos eran tan extraños como los salvajes de Australia. Los jueces de Nuremberg se esforzaban en disimular que tropezaban con esta turbadora realidad. En cierto modo, se trataba, en efecto, de correr un velo sobre la realidad, a fin de hacerla desaparecer como en un truco de prestidigitación. Se trataba de defender la idea de la permanencia y la universalidad de la civilización humanista y cartesiana, y era preciso integrar a los acusados en el sistema, de grado o por fuerza. Era necesario. Se jugaba el equilibrio de la conciencia occidental, y queremos dejar bien sentado que no negamos que la empresa de Nuremberg fue beneficiosa. Pensamos simplemente que allí se enterró lo fantástico. Pero bien estaba enterrado, a fin de evitar que docenas de millones de almas se contagiaran. Nosotros sólo excavamos para algunos aficionados, apercibidos y provistos de máscara.

Nuestro espíritu se niega a admitir que la Alemania nazi encarnase los conceptos de una civilización sin relación alguna con la nuestra. Sin embargo, esto, y sólo esto, justifica la pasada guerra, una de las pocas de la Historia conocida en que se jugaba algo realmente esencial. Tenía que triunfar una de las dos visiones del hombre, del cielo y de la Tierra: la humanista o la mágica. No había coexistencia posible, mientras podemos imaginarla de buen grado entre el liberalismo y el marxismo, pues ambos descansan en el mismo suelo y pertenecen al mismo Universo. El Universo de Copérnico no es el de Plotino; ambos se oponen fundamentalmente, y esto es no sólo cierto en el terreno de la teoría, sino también en el de la vida social, política, espiritual, intelectual y pasional.

El motivo de que nos cueste admitir esta visión extraña de otra civilización establecida en un abrir y cerrar de ojos allende el Rin, es que conservamos una idea infantil de la distinción entre el «civilizado» y el que no lo es. Para ver esta distinción necesitamos cascos de pluma, tam-tams y chozas de paja. Ahora bien, hubiese sido más fácil «civilizar» a un hechicero bantú que atraer a nuestro humanismo a Hitler, Horbiger o Haushoffer. Pero la técnica alemana, la ciencia alemana, la organización alemana, comparables, si no superiores a las nuestras, nos ocultaban este punto de vista. La novedad formidable de la Alemania nazi fue que al pensamiento mágico se añadió la ciencia y la técnica.

Los intelectuales detractores de nuestra civilización, vueltos al espíritu de las edades antiguas, han sido siempre enemigos del progreso técnico. Ejemplo: René Guénon, Gurdjieff o los innumerables hinduistas. En cambio, el nazismo constituyó el momento en que el espíritu de la magia asió las palancas del progreso material. Lenin decía que el comunismo era el socialismo más la electricidad. En cierto modo, el hitlerismo era el guenonismo más las Divisiones blindadas.

Uno de los más bellos poemas de nuestra época lleva por titulo Crónicas marcianas. Su autor es un americano de unos treinta años, cristiano a la manera de Bernanos, temeroso de una civilización de autómatas; un hombre lleno de cólera y de caridad. Se llama Ray Bradbury. No es, como se creen en Francia, un autor de «ciencia-ficción», sino un artista religioso. Se vale de los temas de la imaginación más moderna, pero si pinta viajes en el futuro, es para describir el hombre interior y su creciente inquietud.

En el comienzo de las Crónicas marcianas, los hombres se disponen a lanzar el primer gran cohete interplanetario. Llegará a Marte y establecerá contactos, por primera vez, con otras inteligencias. Estamos en enero de 1999:

«Un momento antes, era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, los cristales cubiertos de escarcha y los tejados orlados de estalactitas… Después, una prolongada ola de calor barrió la pequeña ciudad. Una corriente de aire cálido, como si acabasen de abrir la puerta de un horno. El soplo caliente pasó sobre las casas, los árboles, los niños. Los carámbanos se desprendieron, se rompieron, empezaron a fundirse… El verano del cohete. La noticia corría de boca en boca en las grandes casas abiertas. El verano del cohete. El hábito ardoroso del desierto disolvía en las ventanas los arabescos de hielo… La nieve que caía del cielo frío sobre la ciudad se transformaba en lluvia caliente antes de llegar al suelo. El verano del cohete. Desde el umbral de sus puertas de marcos chorreantes, los moradores contemplaban cómo el cielo enrojecía…»

Lo que más tarde sucede a los hombres, en el poema de Bradbury, es triste y doloroso, porque el autor no cree que el progreso de las almas pueda estar ligado al progreso de las cosas. Pero a guisa de prólogo, describe este «verano del cohete» cargando el acento sobre un arquetipo del pensamiento humano: la promesa de una eterna primavera sobre la Tierra. En el momento en que el hombre toca la mecánica celeste e introduce en ella un motor nuevo, se producen grandes cambios aquí abajo. Todo repercute en todo. En los espacios interplanetarios, donde se manifiesta desde ahora la inteligencia humana, se producen reacciones en cadena que tienen su repercusión en el Globo, cuya temperatura se modifica. En el momento en que el hombre conquista, no sólo el cielo, sino «lo que está más allá del cielo»; en el momento en que se opera una gran revolución material y espiritual en el Universo; en el momento en que la civilización deja de ser humana para convertirse en cósmica, la Tierra recibe una especie de recompensa inmediata. Los elementos dejan de abrumar al hombre. Una eterna suavidad, un eterno calor envuelve el Globo. El hielo, signo de muerte, esta vencido. El frío retrocede. Se mantendrá la promesa de una eterna primavera, si la Humanidad cumple su misión divina. Si se integra en el Todo universal, la Tierra eternamente tibia y florida será su recompensa. Los poderes del frío, que son los poderes de la soledad y de lo caduco, serán vencidos por el poder del fuego.

Otro arquetipo es el que asimila el fuego a la energía espiritual. Quien posee esta energía, posee el fuego. Por extraño que parezca, Hitler estaba persuadido de que, por dondequiera que él avanzara, retrocedería el frío.

Esta convicción mística explica en parte su manera de conducir la campaña de Rusia.

Los horbigerianos, que alardeaban de prever el tiempo en todo el planeta, con meses e incluso años de antelación, habían anunciado un invierno relativamente benigno. Pero había más: por medio de los discípulos del hielo eterno, Hitler estaba persuadido de que había cerrado una alianza con el frío y de que las nieves de las llanuras rusas no entorpecerían su marcha. La Humanidad iba a entrar en el nuevo ciclo del fuego. Estaba entrando ya. El invierno cedería ante sus legiones portadoras de la llama.

Aunque el Führer, prestaba una atención especial al equipo material de sus tropas, sólo había hecho dar a los soldados de la campaña de Rusia un suplemento irrisorio de prendas de vestir: una bufanda y un par de guantes.

Y, en diciembre de 1941, el termómetro descendió bruscamente a menos de cuarenta grados bajo cero. Las previsiones eran falsas, las profecías no se cumplían; los elementos se rebelaban; los astros, en su carrera, dejaban de trabajar para el hombre justo. El hielo triunfaba sobre el fuego. Las armas automáticas se encallaron al helarse el aceite. En los depósitos, la gasolina sintética se descomponía, por la acción del frío, en dos elementos inutilizables. A retaguardia, se helaban las locomotoras. Bajo su capote y calzados con sus botas de uniforme, morían los hombres. La más leve herida los condenaba a muerte. Millares de soldados, al agacharse para hacer sus necesidades, se derrumbaban con el ano helado. Hitler se negó a creer este primer desacuerdo entre la mística y la realidad. El general Guderian, exponiéndose a la destitución y tal vez a la muerte, voló a Alemania para poner al Führer al corriente de la situación y pedirle que diese la orden de retirada.

-El frío -dijo Hitler- es cosa mía. ¡Atacad!

Y así fue como todo el Cuerpo de ejército blindado que había vencido a Polonia en dieciocho días y a Francia en un mes, los ejércitos de Guderian, de Reinhardt y de Hoeppner, la formidable legión de conquistadores a los que Hitler llamaba sus Inmortales, tronchada por el viento, quemada por el hielo empezó a disolverse en el desierto del frío, para que la mística fuese más verdadera que la tierra.

Los restos de este Gran Ejército tuvieron por fin que abandonar y dirigirse hacia el Sur. Cuando, durante la primavera siguiente, las tropas iniciaron su ofensiva hacia el Cáucaso, se desarrolló una ceremonia singular. Tres alpinistas de la SS escalaron la cumbre del Elbruz, montaña sagrada de los arios, hogar de antiguas civilizaciones, cumbre mágica de la secta de los «Amigos de Lucifer». Y plantaron la bandera de la cruz gamada, bendecida según el rito de la Orden Negra. La bendición de la bandera en la cima del Elbruz debía señalar el principio de una nueva era. A partir de entonces, las estaciones obedecerían y el fuego vencería al hielo por muchos milenios. El año pasado habían sufrido una grave decepción, pero no era más que una prueba, la última, antes de la verdadera victoria espiritual. Y, a despecho de las advertencias de los meteorólogos clásicos, que anunciaban un invierno más temible que el pasado, a despecho de mil señales amenazadoras, las tropas subieron hacia el Norte, en dirección a Stalingrado, para cortar Rusia en dos.

«Mientras mi hija entonaba sus cánticos inflamados, allá arriba, junto al mástil escarlata, los discípulos de la razón se mantuvieron apartados, con semblante tenebroso…»

Pero los «discípulos de la razón», con «semblante tenebroso» se salieron con la suya. Triunfaron los hombres materiales, los hombres «sin fuego», con su valor, su ciencia «judeoliberal» y su técnica sin prolongaciones religiosas; los hombres carentes de «sagrada desmesura», ayudados por el frío y por el hielo. Ellos hicieron fracasar el pacto. Ellos burlaron a 1a magia. Después de Stalingrado, Hitler deja de ser un profeta. Su religión se derrumba. Stalingrado no es sólo una derrota militar y política. El equilibrio de las fuerzas espirituales se modifica, la rueda gira. Los periódicos alemanes aparecen con recuadros negros y las descripciones que dan del desastre son más terribles que los comunicados rusos. Se decreta el luto nacional, pero este luto rebasa la nación: « ¡Daos cuenta! -escribe Goebbels-. ES todo un pensamiento, es toda una concepción del Universo que ha sufrido una derrota. Las fuerzas espirituales van a ser aplastadas, la hora del juicio, se acerca.»

En Stalingrado, no es el comunismo que triunfa del fascismo, o mejor dicho, no es sólo esto. Mirándolo desde más lejos, es decir, desde el lugar adecuado para abarcar el sentido de tan amplios acontecimientos, es nuestra civilización humanista que detiene el empuje formidable de otra civilización, luciferina, mágica, no hecha para el hombre, sino para «algo que es más que un hombre». No existen diferencias esenciales entre los móviles de los actos civilizadores de la URSS y de los Estados Unidos. La Europa de los siglos XVIII y XIX proporcionó el motor que sigue funcionando. No suena exactamente igual en Nueva York que en Moscú, pero esto es todo. Había un solo mundo en guerra contra Alemania, no una coalición momentánea de enemigos fundamentales. Un solo mundo que cree en el progreso, en la justicia, en la igualdad y en el silencio. Un solo mundo que tiene la misma visión del Cosmos, la misma comprensión de las leyes universales y que asigna al hombre, en el Universo, el mismo lugar, ni demasiado grande, ni demasiado pequeño. Un solo mundo que cree en la razón y en la realidad de las cosas. Un solo mundo que tenía que desaparecer entero para dejar sitio a otro, del que Hitler se creía anunciador.

Es el hombrecillo del «mundo libre», el habitante de Moscú, de Boston, de Limoges o de Lieja, el hombrecillo positivo, racionalista, más moralista que religioso, desprovisto de sentido metafísico, poco aficionado a lo fantástico, el hombre a quien Zaratustra tenía por apariencia de hombre, por criatura de nombre; el hombrecillo salido del muslo de M. Homais, quien va a aniquilar al Gran Ejército destinado a abrir camino al superhombre, al hombre-dios, dueño de los elementos, de los climas y de las estrellas. Y, por un curioso disentir de la justicia -o de la injusticia-, es este hombrecillo de alma limitada quien, años más tarde, lanzaría un satélite al espacio, inaugurando la era interplanetaria. Stalingrado y el lanzamiento del «Sputnik» son, como dicen los rusos, las dos victorias decisivas, que celebraron conjuntamente en 1957, a raíz del aniversario de su revolución. Sus periódicos publicaron una fotografía de Goebbels: «Creía que íbamos a desaparecer. Pero teníamos que triunfar para crear el hombre interplanetario.»

La resistencia desesperada, loca, catastrófica, de Hitler, en el momento en que, evidentemente, todo estaba perdido, sólo se explica por la espera del diluvio descrito por los horbigerianos Si no se podía volver la situación por medios humanos, quedaba la posibilidad de provocar el juicio de los dioses. Vendría el diluvio, como un castigo, para la Humanidad entera. La noche envolvería el Globo y todo se ahogaría entre tempestades de agua y de granizo. Hitler, dice Speer, horrorizado, «trataba deliberadamente de que todo pereciese con él. Ya no era más que un hombre para quien el fin de su propia vida significaba el fin de todas las cosas». Goebbels, en sus últimos editoriales, saluda con entusiasmo a los bombardeos enemigos que destruyen su país: «Bajo las ruinas de nuestras ciudades derrumbadas, quedan enterradas las realizaciones del estúpido siglo XIX.» Hitler entroniza a la muerte: prescribe la destrucción total de Alemania, hace ejecutar a los prisioneros, condena a su antiguo cirujano, hace matar a su cuñado, pide la muerte para los soldados vencidos, y él mismo bajó a la tumba. «Hitler y Goebbels – escribe Trevor Roper- invitaron al pueblo alemán a destruir sus ciudades y sus fábricas y el material rodado, y todo en favor de una leyenda, en nombre de un ocaso de los dioses.» Hitler pide sangre, envía sus últimas tropas al sacrificio: «Las pérdidas no parecen jamás bastante elevadas», dice. No son los enemigos de Alemania que ganan la partida; son las fuerzas universales que se ponen en marcha para ahogar la Tierra y castigar a la Humanidad, porque la Humanidad ha dejado que el hielo venciera al fuego, que las potencias de la muerte vencieran a las potencias de la vida y la resurrección. El cielo se vengará. Sólo Se cabe ya al moribundo impetrar el gran diluvio. Hitler hace un sacrificio al agua: ordena que se inunde el «Metro» de Berlín, donde perecen 300.000 personas refugiadas en los subterráneos. Es un acto de magia: su gesto provocara movimientos apocalípticos en el cielo y en la Tierra. Goebbels publica un último artículo antes de matar, en el bunker, a su mujer y a sus hijos y de matarse él mismo. Titula su editorial de despedida: «Y, a pesar de todo, será.» Dice que el drama no se representa a escala de la Tierra, sino del Cosmos. «Nuestro filial será el final de todo el Universo.» Elevaban su pensamiento delirante a los espacios infinitos, y murieron en un subterráneo.

Creían que preparaban el hombre-dios al que obedecerían los elementos. Creían en el ciclo del fuego. Tenían que vencer al hielo así en el cielo como en la Tierra, y sus soldados se morían al bajarse los calzones.

Alimentaban una visión fantástica de la evolución de las especies y esperaban formidables mutaciones.

Y las últimas noticias del mundo exterior les fueron dadas por el jefe de los guardias del «Zoo» de Berlín, que, encaramado en un árbol, telefoneaba al bunker.

Poderosos, orgullosos y fieros, profetizaban:

La gran edad del mundo renace.

Volverán los años de oro;

La tierra, como una serpiente

Muda sus vestiduras gastadas del invierno.

Pero sin duda hay una profecía más profunda que condena a los propios profetas y los condena a una muerte más que trágica: caricaturesca. En el fondo de su cueva, escuchando el creciente ronquido de los tanques, acababan su vida ardiente y malvada, entre las rebeldías, los dolores y las súplicas con que termina la visión de Shelley intitulada Helias:

¡Oh! ¡Deteneos! ¿Deben volver el odio y la muerte?

¡Deteneos! ¿Tienen los hombres que matar y morir?

¡Deteneos! ¡No apuréis hasta las heces

La copa de una amarga profecía!

El mundo está cansado del pasado.

¡Oh! ¡Que muera o que repose al fin!

VIII

Estamos en abril de 1942. Alemania vierte todas sus fuerzas en la guerra. Nada, al parecer, es capaz de desviar a los técnicos, a los sabios y a los militares de su tarea inmediata.

Sin embargo, una expedición organizada, con asentimiento de Göering, de Himmler y de Hitler, abandona el Reich con gran sigilo. Forman esta expedición algunos de los mejores especialistas del radar. Bajo la dirección del doctor Heinz Fisher, conocido por sus trabajos sobre los rayos infrarrojos, desembarcan en la isla báltica de Rugen. Van provistos de los aparatos de radar más perfeccionados. Estos aparatos son todavía raros en esta época, y están repartidos en los puntos neurálgicos de la defensa alemana. Pero las observaciones que van a realizarse en la isla de Rugen son consideradas, por el alto Estado Mayor de Marina, como de importancia capital para la ofensiva que Hitler se apresta a desencadenar en todos los frentes.

No bien hubieron llegado, el doctor Fisher apuntó los aparatos al cielo, en un ángulo de cuarenta y nueve grados. Salta a la vista que nada hay que detectar en la dirección elegida. Los otros miembros de la expedición creen que se trata de un ensayo Ignoran lo que se espera de ellos. Más tarde les será revelado el objeto de la expedición. Desconcertados, comprueban que los aparatos siguen apuntando en la misma dirección durante muchos días. Entonces se les da esta explicación: El Führer tiene buenas razones para creer que la Tierra no es convexa, sino cóncava. No habitamos en el exterior del Globo, sino en su interior. Nuestra posición es comparable a la de las moscas que andan por el interior de una esfera. El objeto de la expedición es demostrar científicamente esta verdad: Gracias a la reflexión de las ondas del radar, que se propagan en línea recta, se obtendrán imágenes de puntos extraordinariamente alejados en el interior de la esfera. El segundo objeto de la expedición es obtener, por reflexión, imágenes de la flota inglesa anclada en Scapaflow.

Martín Gardner relata esta loca aventura de la isla de Rugen en su obra In the Name of Science. El propio doctor Fisher aludiría a ella, después de la guerra. El profesor Gerard S. Kuiper, del Observatorio del Monte Palomar, consagró en 1946 una serie de artículos a la doctrina de la Tierra cóncava que había presidido aquella expedición. Escribía en Popular Astronomy: «En ciertos medios importantes de la Marina y de la Aviación alemanas, creían en la teoría de la Tierra cóncava. Pensaban que les resultaría particularmente útil para señalar la posición de la flota inglesa, y que la curvatura cóncava de la Tierra permitiría observaciones a gran distancia por medio de los rayos infrarrojos, menos curvados que los rayos visibles.» El ingeniero Willy Ley registra los mismos hechos en su estudio de mayo de 1947: Seudociencias en el país nazi.

Es extraordinario, pero es verdad: altos dignatarios nazis y expertos militares negaron pura y simplemente lo que parece evidente a un niño de nuestro mundo civilizado, a saber, que la Tierra es una bola llena y que nosotros estamos en la superficie. Encima de nosotros, piensa el niño, se extiende un universo infinito, con sus millones de estrellas y sus galaxias. Debajo de nosotros, está la roca. Sea francés, inglés, americano o ruso, el muchacho está en esto de acuerdo con la ciencia oficial y también con las religiones y las filosofías admitidas. Nuestra moral, nuestras artes, nuestra técnica, se fundan en esta visión que la experiencia parece demostrar. Si buscamos algo que pueda asegurar mejor que nada la unidad de la civilización moderna, lo encontramos en la cosmogonía. En lo esencial, es decir, en la situación del hombre y de la Tierra en el Universo, estamos todos de acuerdo, tanto si somos marxistas como si no lo somos. Sólo los nazis no estaban conformes.

Según los partidarios de la Tierra cóncava que organizaron la famosa expedición paracientífica de la isla de Rugen, habitamos en el interior de una bola apresada en una masa de roca que se extiende hasta el infinito. Vivimos pegados a la superficie cóncava. El cielo está en el centro de esta bola: es una masa de gas azulado, con puntos de luz brillante que tomamos por estrellas. No hay más que el Sol y la Luna, pero infinitamente más pequeños que lo que afirman los astrónomos ortodoxos. El Universo no es más que esto. Estamos solos y envueltos en roca.

Vamos a ver cómo nació esta visión: de las leyendas, de la intuición y de la iluminación. En 1942, una nación empeñada en una guerra en que la técnica es soberana, pide a la ciencia que apoye a la mística y a la mística que enriquezca a la técnica. El doctor Fisher, especialista del infrarrojo, recibe el encargo de poner el radar al servicio de los magos.

En París o en Londres, tenemos nuestros pensadores excéntricos, nuestros descubridores de cosmogonías delirantes, nuestros profetas de cosas chocantes. Escriben opúsculos, frecuentan la trastienda de las librerías de viejo, pronuncian discursos en Hyde Park o en «La sala de Geografía» del bulevar Saint-Germain. En la Alemania hitleriana, vemos a gentes de esta clase movilizando las fuerzas de la nación y el aparato técnico de un Ejército en guerra. Les vemos influyendo en los altos estados mayores, en los jefes políticos, en los sabios. Y es que estamos en presencia de una civilización completamente nueva, fundada en el desprecio a la cultura clásica y a la razón. En esta civilización, la intuición, la mística, la iluminación poética, están colocadas exactamente en el mismo plano que la investigación científica y el conocimiento racional. «Cuando oigo hablar de cultura, saco mi revólver», dice Göering. Esta frase amenazadora tiene dos sentidos: el literal, en que vemos a Göering-Ubu rompiendo la cabeza a los intelectuales, y otro más profundo y también más perjudicial a lo que llamamos cultura, en el que vemos a Göering lanzando balas explosivas que son la cosmogonía horbigeriana, la doctrina de la Tierra cóncava o la mística del grupo «Thule».

La doctrina de la Tierra cóncava nació en América a principios del siglo XIX. El 10 de abril de 1818, todos los miembros del Congreso, de los Estados Unidos, los directores de las Universidades y algunos grandes sabios recibieron la carta siguiente:

Saint-Louis, Territorio del Missouri. América del Norte, 10 de abril. Al mundo entero.

Declaro que la Tierra es cóncava y habitable interiormente. Contiene varias esferas sólidas, concéntricas, colocadas una dentro de otra, y está abierta en el polo de 12 a 16 grados. Me comprometo a demostrar la realidad de lo que anuncio y estoy dispuesto a explorar el interior de la Tierra si el mundo quiere ayudarme en mi empresa.

Jno. CLEVES SYNNES

Ex capitán de Infantería de Ohio.

Sprague de Camp y Willy Ley, en su hermosa obra De la Atlántida a Eldorado, resumen así la teoría y la aventura del ex capitán de Infantería:

«Symnes sostenía que, siendo hueco todo lo de este mundo como los huesos, los cabellos, los tallos de las plantas, etc., también lo eran los planetas, y que, en el caso de la Tierra, por ejemplo, se podían distinguir cinco esferas colocadas unas dentro de otras, todas ellas habitables, tanto en el interior como en el exterior, y todas provistas de grandes aberturas polares, por las cuales los habitantes de cada esfera podían pasar de cualquier punto del interior a otro, así como al exterior, de la misma manera que una hormiga recorría el interior y después el exterior de un tazón de porcelana… Symnes organizaba sus ciclos de conferencias como campañas electorales. Dejó al morir montañas de notas y, probablemente, el pequeño modelo en madera del «globo de Symnes», que se encuentra actualmente en la Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia. Su hijo, Americ Vespucius Symnes, era adepto suyo y trató, sin éxito de reunir sus notas en una obra coherente. Añadió una suposición según la cual, cuando se cumplieran los tiempos, se descubrirían las Diez Tribus perdidas de Israel, viviendo probablemente en el interior de la más externa de las esferas.» En 1870, otro americano, Cyrus Read Teed, proclama a su vez que la Tierra es cóncava. Teed era un espíritu de gran erudición, especializado en el estudio de la literatura alquimista. En 1869, mientras trabajaba en su laboratorio y meditaba sobre los Libros de Isaías, había tenido una inspiración. Había comprendido que habitábamos, no sobre la Tierra, sino en su interior. Como esta visión devolvía el crédito a antiguas leyendas, Teed fundó una especie de religión y difundió su doctrina por medio de un pequeño periódico: La espada de fuego. En 1894 había reclutado más de cuatro mil fanáticos. Su religión se llamaba koreshismo. Murió en 1908, después de anunciar que su cadáver no se descompondría. No obstante, sus fieles tuvieron que hacerlo embalsamar a los dos días.

La idea de la Tierra hueca está relacionada con una tradición que se encuentra en todas las épocas y en todos los lugares. Las obras más antiguas de literatura religiosa nos hablan de un mundo separado, situado debajo de la corteza terrestre y donde moran los muertos y los espíritus. Cuando Gilgamesh, héroe legendario de los antiguos súmenos y de las epopeyas babilónicas va a visitar a su antepasado Utnapishtim, desciende a las entrañas de la Tierra, y es también allí donde Orfeo va a buscar el alma de Eurídice. Ulises, al cruzar los límites del Occidente, ofrece un sacrificio con el fin de que los espíritus de los antiguos surjan de Jas profundidades de la Tierra y le aconsejen. Plutón reina en el fondo de la Tierra sobre los espíritus muertos. Los primeros cristianos se reúnen en las catacumbas y hacen de los abismos subterráneos la morada de las almas condenadas. Las leyendas germánicas exilian a Venus al centro de la Tierra. Dante sitúa el infierno en los círculos inferiores. Los folklores europeos alojan a los dragones bajo tierra, y los japoneses imaginan en las profundidades de su isla un monstruo cuyas sacudidas provocan los temblores de tierra. Hemos hablado ya de una sociedad secreta prehitleriana, la «Sociedad del Vril», que amasaba estas leyendas con la tesis sostenida por el escritor inglés Bulwer Lytton en su novela La raza que nos suplantará. Según los miembros de aquella sociedad, unos seres que poseen un poder psíquico superior al nuestro habitan en cavernas en el centro de la Tierra. Un día saldrán de ellas para reinar sobre nosotros.

Al terminar la guerra de 1914, un joven aviador alemán, prisionero en Francia, Bender, descubre unos viejos ejemplares del periódico de Teed La espada de fuego, así como unos folletos de propaganda de la Tierra hueca. Atraído por este culto, e inspirado a su vez, concreta y desarrolla esta doctrina. De vuelta en Alemania, funda un movimiento, el Hohl Welt Lehre. Prosigue los trabajos de otro americano, Marshall B. Gardner, que había publicado una obra, en 1913, para demostrar que el Sol no estaba encima de la Tierra, sino en el centro de ésta, y que emitía rayos cuya presión nos mantenía en la superficie cóncava.

Según Bender, la Tierra es una esfera de la misma dimensión que en la geografía ortodoxa, pero es hueca, y la vida se halla adherida a la superficie interna por efecto de ciertas radiaciones solares. Más allá, se extiende la roca hasta el infinito. La capa de aire, en el interior, tiene un grosor de sesenta kilómetros; después se enrarece hasta el vacío absoluto del centro, donde se encuentran tres cuerpos: el Sol, la Luna y el Universo fantasma. Este Universo fantasma es una bola de gas azulado, en el cual brillan unos granos de luz que los astrónomos llaman estrellas. Cuando esta masa azul pasa por delante del Sol, cae la noche sobre una parte de la concavidad terrestre, y la sombra de aquella masa sobre la Luna produce los eclipses. Creemos en un universo exterior, situado encima de nosotros, porque los rayos luminosos no se propagan en línea recta: son curvos, a excepción de los infrarrojos. La teoría de Bender llegó a ser popular en los alrededores de 1930. Ciertos dirigentes del Reich y oficiales superiores de la Marina y de la Aviación creían en la Tierra cóncava.

Nos parece absolutamente insensato que los hombres encargados de la dirección de una nación hayan podido fundar en parte su conducta sobre intuiciones místicas que niegan la existencia de nuestro Universo. Sin embargo, hay que darse cuenta de que, para el hombre sencillo, para el alemán de la calle cuyo espíritu había sufrido los efectos de la derrota y de la miseria, la idea de la Tierra cóncava, allá por el año 1930, no era más alocada que la teoría según la cual un grano de materia contenía fuentes de energía ilimitada, o que la idea de un Universo de cuatro dimensiones. La ciencia, después del fin del siglo XIX emprendía una ruta que no era la del sentido común. Para los espíritus primarios, desgraciados y místicos, toda rareza era admisible, y, sobre todo, las rarezas comprensibles y consoladoras, como la Tierra hueca. Hitler y sus camaradas, hombres salidos del pueblo y adversarios de la inteligencia pura, debían considerar más admisibles las ideas de Bender que las teorías de Einstein, que descubrían un Universo de infinita complejidad y lleno de infinitas sutilezas. El mundo de Bender era aparentemente tan loco como el mundo einsteniano, pero, para penetrar en él, bastaba con una locura de primer grado. La explicación del Universo de Bender, aunque fundada en premisas locas, se desarrolla de una manera razonable. El loco lo ha perdido todo, salvo la razón.

El Hohl Welt Lehre, que hacía de la Humanidad la sola presencia inteligente del Universo, que reducía este Universo a las dimensiones de la Tierra, que daba al hombre la sensación de hallarse abrigado, encerrado, protegido, como el feto en el claustro materno, satisfacía ciertas aspiraciones del alma desgraciada, replegada sobre su orgullo y llena de resentimiento contra el mundo exterior. Era, además, la única teoría alemana que podía oponerse al judío Einstein.

La teoría de Einstein se apoya en el experimento de Michelson y Morley, que demuestra que la velocidad de la luz que se desplaza en el sentido de la revolución terrestre es igual que la de la luz perpendicular a dicha revolución. Einstein deduce de ello que no existe, pues, un medio que «lleve» la luz, sino que ésta se compone de partículas independientes. Partiendo de esta base, Einstein advierte que la luz se contrae en el sentido del movimiento y que es una condensación de energía. Establece la teoría de la relatividad del movimiento de la luz. En el sistema Bender, la Tierra, al ser hueca, no se desplaza. No existe el efecto de Michelson. La tesis de la Tierra cóncava se adapta, pues, a la realidad tan bien como la de Einstein. En aquella época, ninguna verificación experimental había venido a corroborar el pensamiento de Einstein; la bomba atómica no había confirmado aún aquel pensamiento de un modo absoluto y terrorífico. Los dirigentes alemanes aprovecharon la ocasión de negar todo valor a los trabajos del genial judío, y empezó la persecución contra los sabios israelitas y contra la ciencia oficial.

Einstein, Teller, Fermi y otros muchos espíritus selectos tuvieron que emigrar. Fueron bien recibidos en los Estados Unidos, donde dispusieron de dinero y de laboratorios bien pertrechados. Aquí está el origen del poderío atómico americano. La marea de las fuerzas ocultas de Alemania dio la energía nuclear a los americanos.

El centro de estudios más importante del Ejército americano se encuentra en Dayton, Ohio. En 1957, se anunció que el laboratorio de este centro, consagrado a la domesticación de la bomba de hidrógeno, había logrado producir una temperatura de un millón de grados. El sabio que acababa de realizar este extraordinario experimento era el doctor Heinz Fisher, el mismo que dirigió la expedición de la isla de Rugen para verificar la hipótesis de la Tierra cóncava. Desde 1945, trabajaba libremente en los Estados Unidos. Interrogado por la Prensa americana sobre su pasado, declaró: «Los nazis me hacían realizar un trabajo de locos, lo que entorpecía considerablemente mis investigaciones.» Cabe preguntarse lo que habría ocurrido y cómo se habría desarrollado la guerra si las investigaciones del doctor Fisher no hubiesen sido interrumpidas en provecho del místico Bender…

Después de la expedición de la isla de Rugen, la autoridad de Bender, a los ojos de los dignatarios nazis, decreció a pesar de la protección de Göering, que sentía afecto por el antiguo héroe de la aviación. Los horbigerianos, los partidarios del gran universo en que reina el hielo eterno, se alzaron con el triunfo.

Bender fue arrojado a un campo de concentración, donde murió. La Tierra cóncava tuvo así a su mártir.

Sin embargo, ya mucho antes de aquella loca expedición los discípulos de Horbiger abrumaban a Bender con sus sarcasmos y pedían la prohibición de las obras favorables a la Tierra cóncava. El sistema de Horbiger conserva las dimensiones de la cosmología ortodoxa, y es imposible creer a la vez en un Cosmos en que el hielo y el fuego prosiguen su lucha eterna, y en un globo hueco y apresado en una roca que se extiende hasta el infinito. Se pidió el arbitraje de Hitler. Su respuesta es digna de reflexión:

«No necesitamos en absoluto -dijo Hitler- una concepción coherente del mundo. Los dos pueden tener razón.»

Lo que cuenta, no es la coherencia y la unidad de criterio; es la destrucción de los sistemas nacidos de la lógica y de los modos de pensar racionales, es el dinamismo místico y la fuerza explosiva de la intuición. En las tinieblas centelleantes del espíritu mágico cabe más de una centella.

IX

Después de la guerra vivía en Kiel un buen médico de la seguridad social, perito de los tribunales muy campechano, llamado Fritz Sawade. A fines de 1959, una voz misteriosa advirtió al doctor que la justicia se veía obligada a detenerle. El hombre huyó, anduvo ocho días errante y por fin se rindió. En realidad era el Obersturmbannführer SS Werner Heyde. El profesor Heyde había sido el organizador médico del programa de eutanasia que, desde 1940 a 1941, hizo 200.000 víctimas alemanas y sirvió de prólogo al exterminio de los extranjeros en los campos de concentración.

A propósito de esta detención, un periodista francés, que es al mismo tiempo un excelente historiador de la Alemania hitleriana, escribió:

«El caso Heyde, como tantos otros, se parece a los icebergs cuya parte visible es la menos importante… La eutanasia de los débiles y de los incurables, el exterminio masivo de todas las comunidades capaces de “contaminar la pureza de la sangre germánica”, se llevaron a cabo con encarnizamiento patológico, con una convicción de naturaleza casi religiosa que rayaba en la demencia. Hasta tal punto fue así, que numerosos observadores de los procesos alemanes de después de la guerra -autoridades científicas o médicas poco dispuestas a admitir pruebas adulteradas- acabaron por pensar que la pasión política ofrecía una explicación muy débil y que necesariamente tenía que existir, entre los ejecutores y los jefes, entre Himmler y el último guardián de campo de concentración, una especie de lazo místico.»

«La hipótesis de una comunidad secreta, en la base del nacionalsocialismo, se ha ido imponiendo poco a poco. Una comunidad verdaderamente demoníaca, regida por dogmas ocultos, mucho más complicados que las doctrinas elementales de Mein Kampf o de El mito del siglo XX, y servida por ritos de los que no se advierten huellas aisladas, pero cuya existencia parece indudable a los analistas (y repetimos que se trata de sabios y de médicos) de la patología nazi.» He aquí cómo viene el agua a nuestro horrible molino.

No creemos, sin embargo, que se trate de una sola sociedad secreta, sólidamente organizada y ramificada, ni de un dogma único, ni de un conjunto de ritos orgánicamente constituidos. La pluralidad y la incoherencia nos parecen, por el contrario, muy significativas en esta Alemania subterránea que tratamos de describir. La unidad y la cohesión en todo movimiento, incluso místico, parecen indispensables al occidental que se alimenta de positivismo y cartesianismo. Pero estamos fuera de este Occidente; se trata más bien de un culto multiforme, de un estado de sobreespíriíu (o de subespíritu) que absorbe ritos diversos y creencias mal conjugadas entre sí. Lo importante es alimentar un fuego secreto, una llama viva; y todo es bueno para alimentarla. En este estado, nada es ya imposible. Se interrumpen las leyes naturales, el mundo se hace fluido. Había jefes de las SS que declaraban que el canal de la Mancha es mucho menos ancho de lo que indican los mapas. Para ellos, como para los sabios hindúes de hace dos mil años, como para el obispo Berkeley en el siglo XVIII, el Universo no era más que una ilusión, y su estructura podía ser modificada por el pensamiento activo de los iniciados.

Nosotros consideramos probable la existencia de un rompecabezas mágico, de una fuerte corriente mística luciferina, sobre la cual hemos dado algunas indicaciones en los capítulos precedentes. Todo esto puede servir para explicar un gran número de hechos terribles, de manera más realista que la de los historiadores convencionales empeñados en ver únicamente detrás de tantos actos crueles y delirantes, la megalomanía de un sifilítico, el sadismo de un puñado de neuróticos, la obediencia servil de una multitud de cobardes.

Siguiendo nuestro método, vamos ahora a someteros informaciones y retazos de otros aspectos olvidados del «socialismo mágico»: la «Sociedad Thule», la cima de la Orden Negra y la «Sociedad Ahnenerbe». Hemos reunido a este respecto una documentación bastante copiosa, como de un millar de páginas. Pero esta documentación requeriría ser comprobada una vez más y abundantemente completada, si quisiéramos escribir una obra clara, sólida y completa. Por lo tanto, esto escapa a nuestras posibilidades. Además, no queremos hacer excesivamente pesado este libro, que sólo trata de la historia contemporánea a título de ejemplo del «realismo fantástico». He aquí, pues, un breve resumen de algunos datos iluminadores.

Un día de otoño de 1923, muere en Munich un personaje singular, poeta, dramaturgo, periodista, bohemio, que se hacía llamar Dietrich Eckardt. Con los pulmones quemados por la iperita, había hecho, antes de entrar en agonía, una oración muy Personal ante un meteorito negro del que solía decir: «Es mi Piedra de Kaaba». y que había legado al profesor Oberth, uno de los creadores de la astronáutica. Acababa de enviar un largo manuscrito a su amigo Haushoffer. Sus asuntos estaban en regla. Iba a morir, pero la «Sociedad Thule» seguiría viviendo y Pronto cambiaría el mundo y la vida que hay en el mundo.

En 1920, Dietrich Eckardt v otro miembro de la «Sociedad Thule», el arquitecto Alfred Rosenberg, conocen a Hitler. Le han citado por primera vez en la casa de Wagner, en Bayreuth, Durante tres años, escoltarán continuamente al pequeño cabo de la Reichswehr y dirigirán sus pensamientos y sus actos. Konrad Heiden escribe: «Eckardt emprende la formación espiritual de Adolfo Hitler.» Le enseña también a escribir y a hablar. Su enseñanza se desarrolla en dos planos: la doctrina «secreta» y la intriga de propaganda. Él mismo ha explicado, de pasada, alguna de las conversaciones que tuvo con Hitler, en un curioso folleto titulado: El bolchevismo desde Moisés a Lenin. En julio de 1923, este nuevo maestro, Eckardt, será uno de los siete miembros fundadores del partido nacionalsocialista. Siete: el número sagrado. En otoño, al morir, dice: «Seguid a Hitler. Él bailará, pero yo he compuesto la música. Le hemos dado los medios de comunicarse con Ellos… No me lloréis: yo habré influido en la Historia más que ningún otro alemán…»

La leyenda de Thule se remonta a los orígenes del germanismo. Se trata de una isla desaparecida, en algún lugar del extremo Norte. ¿En Groenlandia? ¿En el Labrador? Como la Atlántida, Thule habría sido el centro mágico de una civilización extinguida. Según Eckardt y sus amigos, no se habían perdido todos los secretos de Thule. Unos seres intermediarios entre el hombre y las inteligencias de Fuera tendrían a disposición de los iniciados un depósito de fuerzas donde abastecerse para devolver a Alemania el imperio del mundo, para hacer de Alemania la nación anunciadora de la superhumanidad venidera, de las mutaciones de la especie humana. Llegará un día en que las legiones se pondrán en marcha para aniquilar todo lo que se opone al destino espiritual de la Tierra, y serán conducidas por hombres infalibles, alimentadas en las mismas fuentes de la energía y guiadas por los Grandes Antiguos. Tales son los mitos contenidos en la doctrina aria de Eckardt y de Rosenberg, y que estos profetas de un socialismo mágico introducen en el alma de médium de Hitler. Pero la sociedad «Thule» no es. a la sazón, más que una maquinita, bastante poderosa, de mezclar sueños y realidades. Muy pronto se convertirá, bajo otras influencias y con otros personajes, en un instrumento mucho más extraño: un instrumento capaz de cambiar la naturaleza misma de la realidad. Al parecer, es Karl Haushoffer quien da al grupo Thule su verdadero carácter de sociedad secreta de iniciados en contacto con lo invisible, y que ha de convertirse en el centro mágico del nazismo.

Hitler nació en Braunau del Inn, el 20 de abril de 1889, a las 17,30, en el 219 de Salzburger Vorstadt. Ciudad fronteriza austrobávara, punto de contacto entre dos grandes Estados alemanes, fue más tarde para el Führer una ciudad símbolo. Posee una tradición singular: es un criadero de médiums. Es el pueblo natal de Willy y de Rudi Schneider, cuyos experimentos psíquicos causaron sensación hace una treintena de años. Hitler tuvo la misma nodriza que Willy Schneider. Jean de Pange escribía en 1940: «Braunau es un centro de médiums. Uno de los más conocidos es Madame Stokhammes, que, en 1920, se casó en Viena con el príncipe Joaquín de Prusia. Un espiritista de Munich, el barón de Schrenk-Notzing hacía venir de Braunau a sus médiums, uno de los cuales era precisamente primo de Hitler.»

El ocultismo enseña que, después de haberse atraído las fuerzas ocultas por medio de un pacto, los miembros del grupo no pueden evocar estas fuerzas más que por mediación de un mago, el cual no puede actuar sin un médium. Todo ocurre como si Hitler hubiese sido el médium y Haushoffer el mago.

Rauschning, al describir a Hitler, dice: «Forzoso es pensar en los médiums. Casi siempre son seres corrientes, insignificantes. Súbitamente, les caen como del cielo unos poderes que les elevan muy por encima del nivel común. Estos poderes son exteriores a su personalidad real. Son visitantes venidos de otros planetas. El médium es un poseso. Una vez liberado, vuelve a caer en la mediocridad. Indudablemente ciertas fuerzas llegan a Hitler de esta forma; fuerzas casi demoníacas de las cuales el personaje llamado Hitler no es más que la vestidura momentánea. Esta conjunción de lo vulgar y lo extraordinario constituye la insoportable dualidad que uno advierte desde que se pone en contacto con él. Es un ser que se diría inventado por Dostoievski. Tal es la impresión que da, en un rostro extraño, la unión de un desorden enfermizo con un turbio vigor.»

Strasser: «Quien escucha a Hitler ve surgir de pronto al Führer de la gloria humana… Aparece una luz detrás de una ventana oscura. Un señor con un cómico pincel por bigote se transforma en arcángel… Después, el arcángel levanta el vuelo ya no queda más que Hitler, que se sienta, bañado en sudor y con los ojos vidriosos.»

Bouchez: «Yo contemplaba sus ojos, que se habían convertido en ojos de médium… A veces parecía producirse un fenómeno de ectoplasma: algo parecía habitar en el orador. Se desprendía un fluido… Después volvía a ser el hombre pequeño, corriente, incluso vulgar. Parecía fatigado al agotarse sus acumuladores.»

François-Poncet: «Caía en una especie de trance de médium. Su rostro tenía una exaltación extática.»

Detrás del médium, no hay ciertamente un solo hombre, sino un grupo, un conjunto de energías, una central mágica. Y nos parece seguro que Hitler es impulsado por algo diferente de lo que expresa: por fuerzas y doctrinas mal coordinadas, pero infinitamente más temibles que la sola teoría nacionalsocialista. Un pensamiento mucho más grande que el suyo, que sin cesar le desborda y del que no da al pueblo, ni a sus colaboradores, más que retazos toscamente vulgarizados. Poderosa caja de resonancia, Hitler ha sido siempre el «tambor» que se jactaba de ser en el proceso de Munich y en tambor se ha quedado. Mas sólo retuvo y utilizó lo que, dependiendo de las circunstancias, servía a su ambición de conquista del poder, a su sueño de dominación del mundo y a su delirio: la selección biológica del hombre-dios80.

Pero tiene otro sueño, otro delirio: transformar la vida en todo el planeta. A veces lo confiesa, o mejor aún, el pensamiento oculto le desborda, filtrándose bruscamente por una rendija. Así, dice a Rauschning: «Nuestra revolución es una etapa nueva, o más bien la etapa definitiva de la evolución que conduce a la supresión de la historia…» O bien: «Usted no sabe nada de mí; los camaradas del Partido no tienen la menor idea de los sueños que me visitan a menudo ni del edificio grandioso cuyos cimientos, al menos, se habrán consolidado cuando yo muera… El mundo emprende un giro decisivo; estamos en el gozne de los tiempos… El planeta experimentará una conmoción que ustedes, los no iniciados, no pueden comprender… Lo que ocurre es más que el advenimiento de una nueva religión…»

Rudolf Hess había sido ayudante de Haushoffer cuando éste era catedrático de la Universidad de Munich. Él fue quien puso en contacto a Haushoffer y a Hitler. Huyó de Alemania en avión, en loca escapada, después de decirle Haushoffer que le había visto en sueños volando a Inglaterra. En los raros momentos de lucidez que le deja su inexplicable enfermedad, el prisionero Hess, único superviviente del grupo «Thule», declaró formalmente que Haushoffer era el mago, el amo oculto.

Después del fracasado levantamiento, Hitler es encerrado en la cárcel de Landshurt. Conducido por Hess, el general Karl Haushoffer visita diariamente a Hitler, pasa horas enteras a su lado, desarrolla sus teorías y extrae de ellas todos los argumentos favorables a la conquista política. Al quedarse solo con Hess, Hitler hace una mezcla, para la propaganda exterior, de las tesis de Haushoffer y los proyectos de Rosenberg, que después le sirvió para el Mein Kampf.

Karl Haushoffer nació en 1869. Pasó largas temporadas en la India y en el Extremo Oriente, fue enviado al Japón y aprendió su lengua. Según él, el origen del pueblo alemán se hallaba en el Asia Central, y la raza indogermánica aseguraba la permanencia, la grandeza y la nobleza del mundo. Se dice que Haushoffer, en el Japón, fue iniciado en una de las más grandes sociedades secretas budistas, y se obligó, si fracasaba su misión, a cumplir el suicidio ceremonial.

En 1914, Haushoffer, joven general, llama la atención por su extraordinaria facultad de predecir los acontecimientos: horas de ataque del enemigo, lugares en que caerán los obuses, tempestades, cambios políticos en países que le son desconocidos. ¿Tendría Hitler este mismo don de clarividencia, o le serían comunicadas por Haushoffer sus propias inspiraciones? Hitler predijo con exactitud la fecha de la entrada de sus tropas en París, la fecha de la llegada a Burdeos de los primeros que rompieron el bloqueo. Cuando decidió ocupar Renania, todos los expertos de Europa, incluso los alemanes, estaban persuadidos de que Francia e Inglaterra se opondrían. Hitler predijo lo contrario. También anunció la fecha de la muerte de Roosevelt.

Después de la Primera Gran Guerra Haushoffer reanuda sus estudios y parece orientarse exclusivamente hacia la geografía política, funda una revista de geopolítica y publica numerosas obras. Y, cosa curiosa, estas obras parecen fundarse en un realismo político estrechamente materialista. Este cuidado de todos los miembros del grupo en emplear un lenguaje exotérico puramente materialista, de hacer salir al exterior conceptos seudocientíficos, produce una incesante confusión.

El geopolítico se superpone a otro personaje, discípulo de Schopenhauer, inclinado al budismo, admirador de Ignacio de Loyola, tentado por el gobierno de los hombres, espíritu místico en busca de realidades ocultas, hombres de gran cultura y de gran psiquismo. Parece natural que fuese Haushoffer quien eligiese la cruz gamada por emblema.

En Europa, como en Asia, la cruz gamada ha sido tenida siempre por signo mágico. Se ha visto en ella el símbolo del sol, fuente de vida y de fecundidad, o del trueno, manifestación de la cólera divina que ha de conjurar. A diferencia de la cruz, del triángulo, del círculo o de la media luna, la cruz gamada no es un signo elemental que haya podido ser inventado y reinventado en todas las edades de la Humanidad y en todos los puntos del Globo, con un simbolismo cada vez diferente. Es el primer signo trazado con una intención precisa. El estudio de sus migraciones plantea el problema de las primeras edades, de los orígenes comunes a las diversas religiones, de las relaciones prehistóricas entre Europa, Asia y América. Su rastro más antiguo ha sido descubierto en Transilvania y se remonta a finales de la época de la piedra pulimentada. Se la vuelve a encontrar en centenares de husos del siglo XIV antes de J. C. y en los vestigios de Troya. Aparece en la India, en el siglo IV antes de J. C., y en China, en el siglo v después de J. C. Se la ve un siglo más tarde en el Japón, en el momento de la introducción del budismo, que hace de ella su emblema. Observación capital: es completamente desconocida o aparece sólo a título accidental en toda la región semítica, en Egipto, en Caldea, en Asiría y en Fenicia. Es un símbolo exclusivamente ario. En 1891, Ernest llama la atención del público germánico sobre esta circunstancia; en 1908, Guido List describe la cruz gamada como símbolo de la pureza de la sangre, más que como un signo de conocimiento esotérico revelado por el descifrado de la epopeya rúnica de Edda. La emperatriz Alexandra Feodorovna introduce la cruz gamada en la Corte de Rusia. ¿Sería por influencia de los teósofos? ¿O por la del médium Badmaiev, chocante personaje educado en Lhassa y que en seguida estableció numerosas relaciones con el Tibet? Ahora bien, el Tibet es una de las regiones en que la cruz gamada, dextrógira o levógira, es de uso más corriente. Y aquí viene a cuento una historia muy curiosa.

Se dice que la zarina, antes de su ejecución, dibujó en el muro de la casa Ipatiev una cruz gamada, acompañada de una inscripción. Se fotografió esta inscripción, que fue borrada después precipitadamente. Kutiepoff estaba en posesión de esta foto, sacada el 24 de julio, en tanto que la fotografía oficial lleva fecha 14 de agosto. Recibió también en depósito el icono que se descubrió sobre el cuerpo de la zarina, en el interior del cual dícese que se encontró otro mensaje, que aludía a la sociedad secreta del Dragón Verde. Según un agente de información, que fue misteriosamente envenenado y que empleaba en sus novelas el seudónimo de Teddy Legrand, Kutiepoff, que desapareció sin dejar rastro, fue raptado y asesinado en el yate de tres mástiles del barón Otto Bautemas, asesinado a su vez más tarde. Teddy Legrand escribe: «El gran barco se llamaba Asgärd. Había sido, pues, bautizado -¿por casualidad?- con el nombre con que las leyendas irlandesas designan el reino del rey de Thule.» Según Trebich Lincoln (que aseguraba ser en realidad el lama Djordi Den), la sociedad de los «Verdes», emparentada con la sociedad «Thule», tenía su origen en el Tibet. En Berlín, un monje tibetano, apodado «el hombre de los guantes verdes» y que anunció tres veces en la Prensa, con exactitud, el número de diputados hitlerianos enviados al Reichstag, recibía con regularidad a Hitler. Era, al decir de los iniciados, «detentador de las llaves que abren el reino de Agarthi».

Esto nos lleva de nuevo a Thule. En el momento en que se publica Mein Kampf, aparece también el libro del ruso Ossendovski, Hombres, bestias y dioses, en el cual se pronuncian públicamente y por primera vez los nombres de Schamballah y de Agarthi. Estos nombres volverán a sonar en labios de los responsables de la Ahnenerbe, en el proceso de Nuremberg.

Estamos en 1925. El partido nacionalsocialista empieza a reclutar sus miembros activamente. Horst Wessel, hombre de acción de Horbiger, organiza las fuerzas de choque. Es muerto por los comunistas al año siguiente. El poeta Ewers compone en su memoria un canto que se convertirá en el himno sagrado del movimiento. Ewers, que es un Lovecraft alemán, se inscribe lleno de entusiasmo en el partido, porque ve en él, en su origen, «la más fuerte expresión de los poderes negros».

Los siete fundadores, que sueñan con «cambiar la vida», están seguros, física y espiritualmente seguros, de que son empujados por aquellos poderes negros. Si nuestros informes son exactos, el juramento que los reúne y el mito a que se entregan para obtener energía, confianza y suerte, tienen su origen en una leyenda tibetana. Según ella, hace treinta o cuarenta siglos existía en el Gobi una importante civilización. Después de una gran catástrofe, tal vez atómica, el Gobi quedó convertido en un desierto, y los supervivientes emigraron, unos hacia el extremo norte de Europa y otros hacia el Cáucaso. El dios Thor, de las leyendas nórdicas, sería uno de los héroes de aquella migración.

Los «iniciados» del grupo «Thule» estaban persuadidos de que estos emigrados del Gobi constituían la raza fundamental de la Humanidad, el tronco ario. Haushoffer predicaba la necesidad del «retorno a las fuentes», es decir, la necesidad de conquistar toda la Europa Oriental, el Turkestán, el Pamir, el Gobi y el Tibet. Estos países constituían, a sus ojos, la «región-corazón», y los que los dominaran, dominarían el mundo.

Según la leyenda, tal como fue referida sin duda a Haushoffer allá por el año de 1905, y tal como la explica a su manera René Guénon en El rey del mundo, después del cataclismo de Gobi, los maestros de la alta civilización, los detentadores del conocimiento, los hijos de las Inteligencias de Fuera, se instalaron en un inmenso sistema de cavernas, bajo el Himalaya. En el corazón de estas cavernas se dividieron en dos puntos; el que siguió «el camino de la derecha», y el que siguió «el camino de la izquierda». El primer camino tendría su centro en Agarthi, lugar de contemplación, ciudad oculta del bien, templo de la no-participación en el mundo. El segundo pasaría por Schamballah, ciudad de la violencia y del poder, cuyas fuerzas gobiernan a los elementos y a las masas humanas, y apresuran la llegada de la Humanidad al «gozne de los tiempos». Los magos conductores de pueblos podrían celebrar un pacto con Schamballah, por medio de juramentos y sacrificios.

En Austria, el grupo Edelweiss anunciaba en 1928 que había nacido un nuevo mesías. En Inglaterra, Sir Musely y Bellamy proclamaban en nombre de la doctrina horbigeriana que la luz había tocado a Alemania. En América aparecían los Caminos de plata del coronel Ballard. Por el contrario, un cierto número de ingleses eminentes intentan poner en guardia a la opinión contra este movimiento, en el que ven ante todo una amenaza espiritual, el auge de una religión luciferina. Kipling hace borrar la cruz gamada que adorna la cubierta de sus libros. Lord Tweedsmuir, que emplea el seudónimo John Buchan, publica dos novelas con clave: El juicio del alba y Un príncipe en el cautiverio, que contienen la descripción de los peligros que una «central de energías» intelectuales, espirituales y mágicas, orientada hacia el gran mal, puede acarrear a la civilización occidental. Saint-Georges Saunders denuncia, en Los siete dormilones y en El reino escondido las sombrías llamas del esoterismo nazi y su inspiración «tibetana».

En 1926, se instala en Berlín y en Munich una pequeña colonia hindú y tibetana. Cuando los rusos entran en Berlín, encuentran, entre los cadáveres, a un millar de voluntarios de la muerte con uniforme alemán, sin documentos ni insignias, y de raza himalaya. En cuanto el movimiento empieza a disponer grandes medios económicos, organiza múltiples expediciones al Tibet, que se suceden prácticamente sin interrupción hasta 1943.

Los miembros del grupo «Thule» estaban destinados al dominio material del mundo, debían ser protegidos contra todos los peligros, y su acción se prolongaría durante millares de años, hasta el próximo diluvio. Se comprometían a darse la muerte con su propia mano si cometían cualquier falta que rompiese el pacto, y a consumar sacrificios humanos. El exterminio de los bohemios (750.000 muertos) parece haber obedecido sólo a razones «mágicas». Wolfram Sievers fue nombrado ejecutor, verdugo oficial, degollador ritual. En seguida volvemos sobre el asunto, pero es necesario iluminar, con la «luz prohibida» conveniente al caso, uno de los aspectos del espantoso problema planteado a la conciencia moderna por estos exterminios. En el espíritu de los más grandes responsables, se trataba de vencer la indiferencia de las Potencias, de llamar su atención. Desde los mayas hasta los nazis, en esto radica el sentido mágico de los sacrificios humanos. Mucho se ha asombrado la gente de la indiferencia de los jefes supremos del asesinato, durante el curso del proceso de Nuremberg. Una bella y terrible frase que pone Merrit en boca de uno de sus héroes, en la novela Los habitantes del espejismo, puede ayudarnos a comprender esta actitud: «Había olvidado a las víctimas del sacrificio, como las olvidaba cada vez, en la sombría excitación del ritual…»

El 14 de marzo de 1946, Karl Haushoffer mató a su esposa, Martha, y se dio muerte, según la tradición japonesa. Ningún monumento, ninguna cruz señala su tumba. Se había enterado, demasiado tarde, de la ejecución en el campo de Moabit de su hijo Albrecht, detenido junto con los organizadores del complot contra Hitler y del atentado fallido del 20 de junio de 1944. En el bolsillo del traje ensangrentado de Albrecht se encontraron unos versos manuscritos:

El destino había hablado por mi padre, de él dependía una vez más rechazar al demonio en su mazmorra. Mi padre rompió el sello. No sintió el aliento del maligno y dejó al demonio suelto por el mundo…

Toda esta exposición, necesariamente rápida e incoherente, sirve únicamente para expresar un haz de coincidencias, de cruzamientos, de signos y de presunciones. Ni qué decir tiene que los elementos que hemos reunido aquí siguiendo nuestro método no excluyen en absoluto las explicaciones del fenómeno hitleriano por la política y la economía. También está claro que, en el ánimo e incluso en el inconsciente de los hombres de que hablamos, no todo fue determinado por aquellas creencias. Pero las locas imágenes que hemos descrito, ya las tomaran por tales, ya por realidades, acuciaron sus cerebros en un momento u otro: esto, al menos, nos parece seguro.

Ahora bien, nuestros sueños no se desvanecen en el fondo de nuestro ser, al igual que no mueren las estrellas en el cielo cuando llega el día. Por el contrario, siguen brillando detrás de nuestros sentimientos, de nuestras ideas, de nuestros actos. Existen los hechos, y existe un subsuelo de los hechos: éste es el que estamos explorando.

Mejor dicho, señalamos, con los pocos elementos que tenemos a nuestra disposición, un terreno que puede ser explorado. No queremos y no podemos decir más que una cosa, y es que en este subsuelo hay mayor oscuridad de lo que se piensa.

X

Corría el crudo invierno de 1942. Los mejores soldados alemanes y la flor y nata de las SS, por primera vez, habían dejado de avanzar, bruscamente petrificados en los agujeros de la llanura rusa. Inglaterra, testaruda, se disponía a librar futuros combates, y América ya estaba lanzada a la contienda. Una mañana de aquel invierno, el gordo Kersten, el de las manos cargadas de fluido, encontró a su cliente, el Reichsführer Himmler, triste y abatido.

-Querido señor Kersten, estoy terriblemente desolado.

¿Empezaba a dudar de la victoria? De ninguna manera. Se desabrochó el pantalón para que el médico le diera masaje en el vientre, y se puso a hablar, estirado, con ios ojos fijos en el techo. Explicó: el Führer había comprendido que no podía haber paz en la Tierra mientras alentara un solo judío…

-Entonces -añadió Himmler-, me ha ordenado liquidar inmediatamente a todos los judíos que estén bajo nuestro poder.

Sus manos, largas y secas, descansaban en el diván, inertes, como heladas. Guardó silencio.

Kersten, estupefacto, creyó percibir un sentimiento de piedad en el jefe de la Orden Negra y, entre su terror, se filtró un rayo de esperanza.

-Claro, claro -dijo-; en el fondo de su conciencia, no aprueba usted esta atrocidad… Comprendo su profunda tristeza.

-¡Pero si no es esto! ¡En absoluto! -exclamó Himmler, incorporándose-. ¡No comprende usted nada!

Hitler le había llamado. Le pidió que liquidara en seguida a cinco o seis millones de judíos. Era un trabajo abrumador, y Himmler estaba fatigado y, además, tenía mucho que hacer en aquel momento. Era inhumano exigirle esta sobredosis de esfuerzo en los días venideros. Realmente inhumano. Se lo había dado a entender al jefe bienamado, pero éste había montado en cólera, y ahora Himmler estaba triste por haberse dejado llevar por el cansancio y el egoísmo83. ¿Cómo comprender esta formidable inversión de los valores? Imposible lograrlo invocando únicamente la locura. Todo pasa en un Universo paralelo al nuestro, cuyas estructuras y leyes son radicalmente diferentes. El físico George Gamov imagina un Universo paralelo al nuestro, en el cual, por ejemplo, la bola de un billar japonés entraría por dos agujeros al mismo tiempo. El Universo en que viven hombres como Himmler es, por lo menos, tan extraño al nuestro como el de Gamov. El hombre verdadero, el iniciado de Thule, está en comunicación con las Potencias, y toda su energía se orienta a un cambio de la vida sobre el Globo. ¿El médium pide al hombre verdadero que liquide a unos cuantos millones de hombres falsos? De acuerdo, pero ha elegido mal el momento. ¿Es absolutamente preciso? ¿En seguida? Está bien, se hará. Levantémonos un poco más por encima de nosotros mismos, sigamos sacrificándonos…

El 20 de mayo de 1945, unos soldados británicos detuvieron en el puente de Berwerde, a veinticinco millas al oeste de Lüneburg, a un hombre de cabeza redonda y estrechos hombros, que llevaba documentación a nombre de Hitzinger. Lo condujeron a la Policía militar. Vestía de paisano y llevaba un parche sobre el ojo derecho. Durante tres días, los oficiales británicos trataron de descubrir su verdadera identidad. Por fin, agotado, se quitó el parche y dijo: «Me llamo Heinrich Himmler.» No le creyeron. Insistió. Para probarle, le obligaron a desnudarse. Después le dijeron que eligiese entre un vestido americano o una colcha Uno de los inquisidores quiso asegurarse de que no ocultaba nada en la intimidad de su cuerpo. Otro le pidió que abriese la boca. Entonces, el prisionero rompió una ampolla de cianuro que llevaba disimulada en una muela y se derrumbó. Tres días más tarde, un comandante y tres suboficiales se hicieron cargo del cadáver. Se dirigieron a un bosque próximo a Lüneburg, cavaron una fosa, arrojaron el cadáver en ella y apisonaron cuidadosamente el suelo. Nadie sabe exactamente dónde reposa Himmler, bajo qué ramas frondosas acaba de descomponerse la carne del que se tenía por reencarnación del emperador Enrique I, llamado el Pajarero.

Si Himmler hubiese vivido y comparecido en el proceso de Nuremberg, ¿qué habría podido decir en su defensa? No podía haber un lenguaje común con los miembros del jurado. No vivía en este lado del mundo. Pertenecía por entero a otro orden de cosas y de espíritu. Era un monje guerrero de otro planeta. «Todavía no se ha podido explicar de manera satisfactoria -dice Poetel- las segundas intenciones psicológicas que engendraron Auschwitz y todo lo que este nombre puede representar. En el fondo, los procesos de Nuremberg tampoco han aportado mucha luz, y la abundancia de explicaciones psicoanalíticas, que declararon lisa y llanamente que naciones enteras podían perder el equilibrio mental de la misma manera que los individuos aislados, no ha hecho más que embrollar el problema. Nadie sabe lo que pasaba por el cerebro de personas como Himmler y sus semejantes, cuando daba las órdenes de exterminio.» Situándonos en el plano de lo que llamaremos realismo fantástico, nos parece que empezamos a saberlo.

Denis de Rougemont decía de Hitler: «Algunos piensan, por haber experimentado en su presencia una especie de escalofrío de horror sagrado, que en él se aloja una Dominación, un Trono o una Potestad, según denomina san Pablo a los espíritus de segundo orden, que pueden penetrar en el cuerpo de un hombre cualquiera y ocuparlo como una fortaleza. Yo le oí pronunciar uno de sus grandes discursos. ¿De dónde le viene el vigor sobrehumano que demuestra tener? Uno comprende bien que una energía de tal naturaleza no procede del individuo, e incluso no puede manifestarse mientras el individuo cuente para algo; éste no es más que el soporte de un poder que escapa a nuestra psicología. Lo que digo sería propio de un folletín de lo más vulgar si la obra realizada por este hombre -y por ello entiendo el poder que se manifestaba a través de él- no fuese una realidad que provoca el estupor del siglo.»

Ahora bien, durante su ascensión al poder, Hitler, que recibió las enseñanzas de Eckardt y de Haushoffer, parece haber querido usar los Poderes puestos a su disposición, o mejor, que se manifestaban en él, para los fines de una ambición política y nacionalista, a fin de cuentas bastante limitada. Al principio, es un hombrecillo agitado por una fuerte pasión patriótica y social. Se mueve en un plano inferior: su sueño tiene fronteras. Milagrosamente sigue adelante y todo le sale bien. Pero el médium a través del cual circulan las energías no comprende su amplitud y su dirección.

Baila al son de una música que no es suya. Hasta 1934, piensa que los pasos que ejecuta son los buenos. Pero no sigue en absoluto el ritmo. Cree que sólo tiene que servirse de los Poderes. Pero uno no se sirve de los poderes, sino que los sirve. Tal es el significado (o uno de los significados) del camino fundamental que se opera durante e inmediatamente después de la Purga de junio de 1934. El movimiento, que el propio Hitler creyó que debía ser nacional y socialista, se convierte en lo que debía ser, se casa más íntimamente con la doctrina secreta. Hitler no se atreverá jamás a pedir cuenta sobre el «suicidio» de Strasser, y se le hace firmar la orden que eleva a las SS al rango de organización autónoma, superior al Partido. Joachim Gunthe escribe en una revista alemana después del desastre: «La idea vital que animaba a la SA fue derrotada el 30 de junio de 1934 por una idea puramente satánica, la de las SS.» «Es difícil presar el día en que Hitler concibió el sueño de la mutación biológica», dice el doctor Delmas. La idea de la mutación biológica no es más que uno de los aspectos del aparato esotérico, al cual el movimiento nazi se adapta mejor a partir de esta época en que el médium se convierte, no en un loco total, según piensa Rauschning, sino en un instrumento más dócil, en el tambor de una marcha infinitamente más ambiciosa que la conquista del poder por un partido, por una nación e incluso por una raza.

Himmler es el encargado de la organización de las SS, no como compañía policíaca, sino como verdadera orden religiosa con sus jerarquías, desde los hermanos legos a los superiores. En las altas esferas se encuentran los responsables conscientes de una Orden Negra, cuya existencia, por otra parte, no fue jamás reconocida oficialmente por el Gobierno nacionalsocialista. En el propio seno del Partido, se hablaba de los que estaban «en el intríngulis del círculo interior», pero jamás se le dio una denominación oficial. Parece cierto que la doctrina, jamás plenamente explicada, descansaba en la creencia absoluta en poderes que rebasan los poderes humanos ordinarios. En las religiones, se distingue la teología, considerada como ciencia de la mística, intuitiva e incomunicable. Los trabajos de la sociedad «Ahnenerbe», de la que hablaremos más adelante, constituyen el aspecto teológico: la Orden Negra es el aspecto místico de la religión de los Señores de Thule.

Hay que comprender bien que, a partir del momento en que toda la obra de agrupación y de excitación del partido hitleriano cambia de dirección, o mejor, se orienta más severamente en el sentido de la doctrina secreta, más o menos bien comprendida, más o menos bien aplicada hasta aquel instante por el médium colocado en los estrados de la propaganda, dejamos de hallarnos en presencia de un movimiento nacional y político. Los temas seguirán siendo los mismos a grandes rasgos, pero ya no serán más que el lenguaje exotérico que se dirige a las muchedumbres, la descripción de los fines inmediatos, detrás de los cuales se ocultan oíros objetivos: «Nada tuvo ya importancia, salvo la persecución incansable de un sueño inaudito. A partir de entonces, si Hitler hubiese tenido a su disposición pueblo que hubiera podido serle más útil que el alemán para realización de su idea suprema, no habría vacilado en sacrificar al pueblo alemán.» No «su idea suprema», sino la idea suprema de un grupo mágico que actuaba por medio de él. Brasillach reconoce que «sacrificaría todo el bienestar humano, el suyo y 1 de su pueblo por añadidura, si el misterioso deber a que obedece se lo ordenase.»

«Voy a contarle un secreto -le dice Hitler a Rauschning- : estoy fundando una orden.» Menciona los Burgs, donde se celebrará la primera iniciación. Y añade: «De allí saldrá el segundo grado, el del hombre medida y centro del mundo, el del hombre-dios. El hombre-dios, la figura espléndida del Ser, será como una imagen del culto… Pero hay todavía otros grados de los que no me está permitido hablar…»

Central de energía levantada alrededor de la central matriz, la Orden Negra aísla a todos sus miembros del mundo, sea cual fuere su grado de iniciación. «Naturalmente -escribe Poetel- , sólo un pequeñísimo círculo de altos graduados y de grandes jefes SS estaba al corriente de las teorías y de las reivindicaciones esenciales. Los miembros de las diversas formaciones preparatorias no supieron nada de ellas hasta que se les impuso la obligación de pedir el consentimiento de sus jefes antes de casarse, o hasta que se les colocó bajo una jurisdicción especial, extraordinariamente rigurosa, cuyo objeto era sustraerlos a la competencia de la autoridad civil. Entonces vieron que, fuera de las leyes de la Orden, no tenían ningún otro deber, y que para ellos no existía la vida privada.»

Los monjes84 combatientes, las SS de la calavera (que no hay que confundir con otras agrupaciones, como las «Waffen SS», compuestas de hermanos conversos o terciarios de la Orden, o con mecanismos humanos construidos a imitación de las verdaderas SS, como reproducciones del modelo hechas con molde), recibirán la primera iniciación en los Burgs. Pero antes “habrán pasado por el seminario, la Ñapóla. Al inaugurar una de estas Ñapóla o escuelas preparatorias, Himmler reduce la doctrina a su mínimo común denominador: «Creer, obedecer, combatir; esto es todo.» Son escuelas donde, como dice el Schwarze Korp del 26 de noviembre de 1942, «se aprende a dar y a recibir la muerte». Más tarde, si son dignos de ello, los sacerdotes admitidos en los Burgs comprenderán que «recibir la muerte» puede ser interpretado en el sentido de «morir por sí mismo». Pero, si no son dignos, recibirán la muerte física en los campos de batalla. «La tragedia de la grandeza está en que hay que pisotear cadáveres.» Pero, ¿qué importa? No todos los hombres tienen una existencia, desde los cuasihombres, hasta el gran mago. Apenas salido de la nada, el cadete vuelve a ella después de entrever, para su bien, el camino que conduce a la figura espléndida del Ser…

En los Burgs se pronunciaban los votos y se entraba en un «destino sobrehumano irreversible». La Orden Negra traduce en actos las amenazas del doctor Ley: «Aquel a quien el Partido retire el derecho a la camisa parda, hay que entenderlo bien, no perderá únicamente sus funciones, sino que será aniquilado en sus personas, en las de su familia, de su mujer y de sus hijos. Tales son las duras leyes, las leyes implacables de nuestra Orden.»

Henos, pues, fuera del mundo. Ya no se trata de la Alemania eterna o del Estado nacionalsocialista, sino de la preparación mágica del advenimiento del hombre-dios, del hombre según el hombre que las Potencias enviarán a la tierra cuando hayamos modificado el equilibrio de las fuerzas espirituales. La ceremonia en que se recibía la runa SS debía de parecerse bastante a la que describe Reinhold Schneider cuando evoca a los miembros de la Orden Teutónica, en el gran salón del Remter de Marienburg, cuando se inclinaban para pronunciar los votos que hacía de ellos la Iglesia Militante. «Venían de países diversos y habían llevado una vida agitada. Entraban en la austeridad cerrada de este castillo y abandonaban sus escudos personales cuyas armas habían sido llevadas al menos por cuatro antepasados. Ahora, su blasón sería la cruz que llama al más grave de los combates y que asegura la vida eterna.» El que sabe, no habla. no existe ningún relato de la ceremonia de iniciación en los Burgs, pero se sabe que tal ceremonia existía. La llamaban «ceremonia del Aire Denso», aludiendo a la atmósfera de tensión extraordinaria que reinaba y que no se disipaba hasta que habían sido pronunciados los votos. Algunos ocultistas, como Lewis Spence, han querido ver en ella una misa negra de la más pura tradición satánica. Por el contrario, Willi Frieschaurer, en su obra sobre Himmler, interpreta al «Aire Denso» como el momento de atontamiento absoluto de los participantes. Entre estas dos tesis, cabe una interpretación más realista y al propio tiempo, y por ello mismo, más fantástica.

Destino irreversible: se concibieron planes para aislar al SS calavera del mundo de los «cuasihombres» durante toda su vida. Se proyectó crear ciudades, pueblos de veteranos repartidos en todo el mundo y que sólo dependerían de la administración y de la autoridad de la Orden. Pero Himmler y sus «hermanos» concibieron un sueño más vasto. El mundo tendría por modelo un Estado SS soberano. «En la conferencia de la paz -dice Himmler en marzo de 1934- el mundo presenciará la resurrección de la vieja Borgoña, que fue antaño el país de las ciencias y de las artes y que Francia ha relegado al rango de apéndice conservado en alcohol. El Estado soberano de Borgoña, con su Ejército, sus leyes, su moneda y su correo, será el Estado modelo SS. Comprenderá la Suiza romana, la Picardía, la Champaña, el Franco Condado, el Hainaut y el Luxemburgo. La lengua oficial será el alemán, naturalmente. El partido nacionalsocialista no tendrá allí ninguna autoridad. Sólo gobernarán las SS, y el mundo quedará a un tiempo estupefacto y maravillado ante este Estado, en el que se aplicará el concepto SS del mundo.»

El verdadero SS de formación «iniciática» se sitúa, a sus propios ojos, más allá del bien y del mal. «La organización de Himmler no cuenta con la ayuda fanática de sádicos que persiguen la voluptuosidad del crimen, sino que cuenta con hombres nuevos.» Fuera del «círculo interior», que comprende los «calaveras», los jefes que se aproximan más a la doctrina secreta cuanto más alta es su categoría y cuyo centro reside en Thule, que es el santo de los santos, hay el SS de tipo medio, que no es mas que una máquina sin alma, un servidor autómata. Éste se fabrica en serie, partiendo de «cualidades negativas». Su producción no depende de la doctrina, sino de simples métodos de doma. «No se trata de suprimir la desigualdad entre los hombres, sino, por el contrario, de ampliarla y de convertirla en ley protegida por barreras infranqueables… -dice Hitler-. ¿Qué aspecto tendrá el futuro orden social? Camaradas, os lo voy a decir: habrá una clase de señores; habrá la multitud de miembros del partido, clasificados jerárquicamente; habrá la gran masa anónima, la colectividad de los servidores, de los pequeños a perpetuidad, y, por debajo de éstos, la clase de los extranjeros conquistados, los esclavos modernos. Y, por encima de todo esto, una nueva nobleza de la cual no puedo hablar… Pero los simples militantes deben ignorar estos planes…»

El mundo es una materia susceptible de transformación para que se desprenda de ella una energía, concentrada por los magos, una energía psíquica capaz de atraer los Poderes de Fuera, los superiores Desconocidos, los Dueños del Cosmos. La actividad de la Orden Negra no responde a ninguna necesidad política o militar: responde a una necesidad mágica. Los campos de concentración proceden de una magia imitativa: son un acto simbólico, una maqueta. Todos los pueblos serán arrancados de raíz, convertidos en una inmensa población nómada, en una materia bruta sobre la que será posible actuar y de donde brotará la flor: el hombre en contacto con los dioses. Es el molde en hueco (Barbey d’Aurevilly decía: el infierno es el cielo en hueco) del planeta convertido en campo de operaciones mágicas de la Orden Negra.

En la enseñanza de los Burgs, parte de la doctrina secreta se expresa por la fórmula siguiente: «No existe más que el Cosmos, o el Universo, como ser vivo. Todas las cosas, todos los seres, comprendido el hombre, no son más que formas diversas que se amplifican en el curso de las edades del ser vivo universal.» Nosotros mismos, no vivimos tanto que no adquirimos conciencia de este Ser que nos rodea, nos engloba, y prepara otras formas valiéndose de nosotros. La creación no ha terminado, el Espíritu del Cosmos no ha hallado su descanso; estemos atentos a sus órdenes, que los dioses nos transmiten, nosotros, magos feroces, ¡panaderos de la sangrienta y ciega pasta humana! Los hornos de Auschwitz: ritual.

El coronel SS Wolfram Sievers, que se había limitado a una defensa puramente racional, pidió, antes de entrar en la cámara en que iba a ser ahorcado, que le permitieran celebrar por última vez su culto, recitar unas oraciones misteriosas. Después, entregó el cuello al verdugo, impasible.

Había sido administrador general de la «Ahnenerbe» y como tal fue condenado a muerte en Nuremberg. La sociedad de investigación de la herencia de los antepasados, «Ahnenerbe» había sido fundada a título privado por el maestro espiritual de Sievers, Friedrich Hielscher, místico, amigo del explorador sueco Sven Hedin, el cual estaba en estrecha relación con Haushoffer. Sven Hedin, especialista del Extremo Oriente, había vivido largo tiempo en el Tibet y desempeñó un importante papel de intermediario en el establecimiento de las doctrinas esotéricas nazis. Friedrich Hielscher no fue nunca nazi, e incluso sostuvo relaciones con el filósofo judío Martin Buber. Pero sus tesis profundas tenían contacto con las posiciones «mágicas» de los grandes maestros del nacionalsocialismo. Himmler, en 1935, dos años después de su fundación, hizo de la «Ahnenerbe» una organización oficial, relacionada con la Orden Negra. Los fines declarados eran: «Investigar la localización, el espíritu, los actos, la herencia de la raza indogermana y comunicar al pueblo, bajo una forma interesante, los resultados de estas investigaciones. Esta misión debe ejecutarse empleando métodos de exactitud científica.» Toda la organización racional alemana puesta al servicio de lo irracional. En enero de 1939, la «Ahnenerbe» fue pura y simplemente incorporada a las SS, y sus jefes, integrados en el Estado Mayor personal de Himmler. En aquel momento, disponía de cincuenta institutos dirigidos por el profesor Wurst, especialista en textos sagrados antiguos y que había enseñado el sánscrito en la Universidad de Munich.

Parece ser que Alemania gastó más en las investigaciones de la «Ahnenerbe» que América en la fabricación de la primera bomba atómica. Estas investigaciones iban desde la actividad científica propiamente dicha hasta el estudio de prácticas ocultas, desde la vivisección practicada en los prisioneros hasta el espionaje de las sociedades secretas. Hubo conversaciones con Skorzeny para organizar una expedición cuyo objeto era el robo santo Grial, y Himmler creó una sección especial, un servicio de información encargado del «terreno de lo sobrenatural».

La lista de las relaciones establecidas con no pocos gastos por la «Ahnenerbe» confunde la imaginación: presencia de la cofradía Rosacruz, simbolismo de la supresión del arpa en el Ulster, significación oculta de las torres góticas y de los sombreros de copa de Eton, etc. Cuando las tropas se disponen a evacuar Ñapóles, Himmler multiplica las órdenes para que no se olviden de llevarse la gran losa sepulcral del último emperador Hohenstoffen. En 1943, después de la caída de Mussolini el Reichsführer reúne en una villa de las afueras de Berlín a los seis ocultistas más célebres de Alemania, para descubrir el lugar en que el Duce se encuentra prisionero. Las conferencias de Estado Mayor comienzan por una sesión de concentración yogui. En el Tibet, y por orden de Sievers, el doctor Scheffer establece múltiples contactos con los monasterios de los lamas. Lleva a Munich, para estudios «científicos», caballos «arios» y abejas «arias», cuya miel tiene virtudes especiales. Durante la guerra, Sievers organiza, en los campos de deportados, los horribles experimentos que después han dado tema a muchos libros negros. La «Ahnenerbe» se «enriquece» con un «Instituto de investigaciones científicas para la defensa nacional», que dispone de «todas las posibilidades dadas a Dachau». El profesor Hirt, que dirige estos institutos, hace colección de esqueletos típicamente israelitas. Sievers encarga al Ejército de ocupación de Rusia una colección de cráneos de comisarios judíos. Cuando en Nuremberg se recuerdan estos crímenes, Sievers permanece ayuno de todo sentimiento normal, extraño a toda piedad. Está en otra parte. Escucha otras voces. Hielscher desempeñó sin duda un papel importante en la elaboración de la doctrina secreta. Fuera de esta doctrina, la actitud de Sievers, como la de los otros grandes responsables, sigue siendo incomprensible. Los términos «monstruosidad moral», «crueldad mental», locura, no explican nada. Poco sabemos del maestro espiritual de Sievers. Pero Ernest Jünger habla de él en el Diario que llevó durante sus años de ocupación en París. A nuestro entender, el traductor francés no dio a su versión el tono adecuado. Y es que, en efecto, su sentido no resplandece más que con la explicación «realista-fantástica» del fenómeno nazi. Jünger escribe el 14 de octubre de 1943: «Por la noche, visita a Bogo. (Por prudencia, Jünger pone seudónimos a los altos personajes. Bogo es Hielscher, como Kniebolo es Hitler.) En una época tan pobre en fuerzas originales, lo considero como uno de mis conocidos en quien más he reflexionado sin lograr formarme una opinión. Antes pensé que entraría en la historia de nuestra época como uno de esos personajes poco conocidos, pero que tienen una extraordinaria agudeza de ingenio. Ahora pienso que desempeñará un papel más importante. Muchos, si no la mayoría, de los jóvenes intelectuales de la generación que llegó a la edad adulta después de la Gran Guerra, han experimentado su influencia y a menudo han pasado por la escuela… Ha confirmado una sospecha que yo tenía hace mucho tiempo, y es que ha fundado una iglesia. Ahora se sitúa más allá de la dogmática y ha avanzado ya mucho en el terreno de la liturgia. Me ha mostrado una serie de cánticos y un ciclo de fiestas, “el año pagano”, que comprende todo un reglamento de dioses, de colores, de animales, de comidas, de piedras, de plantas. Ha advertido que la consagración de la luz se celebra el 2 de febrero…» Y Jünger añade, confirmando nuestra tesis: «He podido comprobar en Bogo un cambio fundamental que me parece característico de toda nuestra élite: se lanza a los terrenos metafísicos con todo el impulso de un pensamiento modelado por el racionalismo. Esto me había chocado ya en Spengler y significa un presagio favorable. Podría decirse en términos generales que el siglo XIX ha sido un siglo racional, y que el siglo XX es el de los cultos. Kniebolo (Hitler) vive también de esto, y de aquí la total incapacidad de los espíritus liberales de comprender siquiera la posición que adopta.» Hielscher, que no había sido molestado, prestó declaración a favor de Sievers en el proceso de Nuremberg. Ante los jueces, se perdió en consideraciones políticas y frases deliberadamente absurdas sobre las razas y las tribus ancestrales. Pidió la merced de acompañar a Sievers al cadalso, y el condenado rezó con él las oraciones particulares de un culto del que jamás hablara en el curso de los interrogatorios. Después, entró en la sombra. Querían cambiar la vida y mezclarla con la muerte de una manera nueva. Preparaban la venida del Superior Desconocido. Tenían un concepto mágico del mundo y del hombre. Habían sacrificado toda la juventud de su país y ofrecido a los dioses un océano de sangre humana. Lo habían hecho todo para captarse la Voluntad de las Potencias. Odiaban la civilización occidental moderna, fuese burguesa u obrera; de aquí su humanismo insulso, y de allí su materialismo limitado. Debían vencer, pues eran portadores de un fuego que sus enemigos, capitalistas o marxistas, habían dejado apagar en sus países mucho tiempo atrás, por dormirse en la idea de un destino llano y estrecho. Serían los señores por mil años, pues estaban del lado de los magos, de los sumos sacerdotes, de los demiurgos… Y he aquí que se encontraban vencidos, aplastados, juzgados, humillados, por gentes vulgares, chupadores de goma de mascar o bebedores de vodka; gentes sin ninguna clase de delirio sagrado, de creencias cortas y de objetivos a ras de tierra. Gentes del mundo de la superficie, positivos, racionales, morales, hombres sencillamente humanos. ¡Millones de hombrecitos de buena voluntad dando jaque a la Voluntad de los caballeros de las tinieblas centelleantes! Los zopencos mecanizados, en el Este, y los puritanos de huesos blandos, en el Oeste, habían construido una cantidad superior de tanques, de aviones, de cañones. Y poseían la bomba atómica, ellos, ¡que no sabían lo que eran las grandes energías ocultas! Y ahora, como los caracoles después del chaparrón, salidos de la lluvia de hierro, unos jueces de antiparras, profesores de derecho humanitario, de virtud horizontal, doctores en mediocridad, barítonos del Ejército de Salvación, camilleros de la Cruz Roja, ingenuos vocingleros del «mañana que canta», venían a Nuremberg a dar lecciones de moral primaria a los Señores, a los monjes guerreros que habían sellado el pacto con las Potencias, a los Sacrificadores que leían en el espejo negro, a los aliados de Shamballah, ¡a los herederos del Grial! ¡Y los enviaban al cadalso, tratándolos de criminales y de locos rabiosos! Los acusados de Nuremberg y sus jefes que se habían suicidado no podían comprender que la civilización que acababa de triunfar era, también y con mayor seguridad, una civilización espiritual, un formidable movimiento que, desde Chicago a Tashkent, arrastraba a la Humanidad hacia un más alto destino. Ellos habían puesto en duda a la razón y la habían sustituido por la magia. Y es que en efecto, la Razón cartesiana no abarca la totalidad del hombre, la totalidad de su conocimiento. Ellos la habían hecho dormir. Y el sueño de la razón engendra monstruos. Lo que ocurría del otro lado era que la razón no dormida sino, al contrario, presionada hasta el extremo, encontraba las fuentes de la energía, las armonías universales. Gracias a las exigencias de la razón aparece lo fantástico, y los monstruos engendrados por el sueño de la razón no son más que su negra caricatura. Pero los jueces de Nuremberg, los portavoces de la civilización victoriosa, ignoraban ellos mismos que la guerra hubiese sido una guerra espiritual. No tenían una visión lo bastante elevada de su propio mundo. Creían solamente que el Bien vencería al Mal, pero sin ver la profundidad del mal vencido ni la altura del bien triunfante. Los místicos guerreros alemanes y japoneses creían ser mejores magos de lo que eran en realidad. Los civilizados que los habían derrotado no comprendían aún el sentido mágico superior que adquiría su propio mundo. Hablaban de la Razón, de la Justicia, de la Libertad, del Respeto a la Vida, etc., en un plano que no era ya el de la segunda mitad del siglo XIX y en el cual se había transformado el conocimiento y se había hecho perceptible el paso a otro estado de conciencia. Cierto que los nazis habrían tenido que ganar, si el mundo moderno no hubiese sido más que lo que aún cree la mayoría de nosotros: la herencia pura y simple del siglo XIX materialista y científico, y del pensamiento burgués que considera a la Tierra como un lugar que hay que arreglar para gozar mejor de él. Hay dos diablos. El que transforma el orden divino en desorden, y el que transforma el orden en otro orden no divino. La Orden Negra debía triunfar sobre una civilización que juzgaba caída al nivel de los solos apetitos materiales, envueltos en una moral hipócrita. Pero era algo más que esto. Una figura nueva aparecía en el curso del martirio que le infligirían los nazis, como la Faz en el Santo Sudario. Desde el crecimiento de la inteligencia en las masas a la física nuclear, desde la psicología de las cumbres de la conciencia a los cohetes interplanetarios, se operaba un fenómeno de alquimia, se dibujaba la promesa de una transmutación de la Humanidad, de una ascensión del ser vivo. Esto no aparecía tal vez de un modo evidente, y algunos espíritus de mediana profundidad añoraban los antiguos tiempos de la tradición espiritual, atándose así al enemigo por lo más ardiente de su alma, irritados contra este mundo en el que no distinguían más que una mecanización creciente. Pero, al propio tiempo otros hombres, como Teilhard de Chardin, tenían los ojos bien abiertos. Los ojos de la más elevada inteligencia y los ojos del amor descubren las mismas cosas, pero en planos diferentes. El impulso de los pueblos hacia la libertad, el cántico confiado de los mártires contenían en germen la gran esperanza arcangélica. Esta civilización, tan mal juzgada desde el interior por los progresistas primarios, tenía que salvarse. El diamante raya el cristal. Pero el corazón, que es un cristal sintético, raya al diamante. La estructura del diamante está mejor ordenada que la del cristal. Los nazis podían vencer. Pero la inteligencia despierta puede crear, en su ascensión, figuras de orden más puras que las que brillan en las tinieblas. «Cuando me pegan en una mejilla, no presento la otra y tampoco levanto el puño; sino que lanzo el rayo.» Era preciso que esta batalla entre los Señores de las profundidades y los hombrecillos de la superficie, entre las Potencias oscuras y la Humanidad en progreso, terminase en Hiroshima bajo el signo claro de la Potencia indiscutible.

Para saber más: Ankh Ancient Archaeology Podcast:

http://www.ivoox.com/colin-bloy-hitler-el-tercer-reich-audios-mp3_rf_3285598_1.html

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